01 nov 2020

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La lucha por la igualdad

¿Cómo educamos a nuestros hijos para que no sean los machistas de mañana?

Mientras el imaginario de las niñas se ha actualizado con princesas rebeldes como Brave, el de los niños sigue siendo casi el mismo que en los años 60

Los niños que se desmarcan del rol de género estereotipado, los que hacen ballet o gimnasia rítmica, siguen siendo objeto de mofa y marginación

Helena López

Varios niños juegan a fútbol en una pista del Raval, en Barcelona.

Varios niños juegan a fútbol en una pista del Raval, en Barcelona. / FERRAN NADEU

Es acercarse el 8 de marzo y cualquier colegio, instituto e incluso guardería se tiñe de lila y se llena de fotografías de referentes femeninos muy influyentes para las niñas. Rosa Parks, Frida, Virginia Woolf, Montserrat Roig... Un momento dulce fruto de años de lucha desde los márgenes de un movimiento feminista que ha logrado conquistar la centralidad. "Las niñas se ven con el poder suficiente, con la legitimidad de soñar ser presidentas o alcaldesas. Estamos construyendo identidades de niñas muy poderosas y eso es fantástico, pero es inadmisible que hayamos abandonado a los chicos. Si una niña no nace con la voluntad de ser peluquera, secretaria o enfermera, que se trataba de una construcción cultural, como dijo Simone de Beauvoir, la dominación del hombre sobre la mujer es también una construcción cultural", pone sobre la mesa Ritxar Bacete, antropólogo y padre, autor de ‘El poder de los chicos’ (Destino). "Si nos importan las niñas, nos tienen que importar, y mucho, los niños -prosigue-; los niños no son culpables del patriarcado. Los niños tienen derecho a ser libres y felices, y el sexismo no se lo permite". El antropólogo va más allá y alerta de que hay un espacio que queda baldío, "y ese abandono del trabajo con los chicos lo pueden aprovechar los grupos de extrema derecha". Ahí está el pin parental.

"La niña del siglo XXI es Brave, pero... ¿quién es el niño? ¿Bob Esponja? ¿Patricio?", bromea Bacete. Para los que no convivan con criaturas, Brave es una de las princesas más empoderadas de Disney, tan indomable y rebelde como su melena pelirroja. Bob Esponja es una esponja de mar con pinta de esponja de cocina sintética que trabaja en un restaurante de comida rápida y Patricio, su mejor amigo, una estrella de mar barrigona y perezosa. Un par de pusilánimes, vaya. "Necesitamos referentes para los chicos. Hombres buenos. No se está trabajando el impacto que el sexismo tiene en los chicos. Los chicos necesitan acompañamiento para ser tiernos. Compasivos. Un agresor machista no nace. Se ha ido construyendo en base a miles de estímulos. Es ahí dónde hay que ir. Hay que cambiar los cerebros", argumenta Bacete.

Y pone ejemplos. Las niñas que juegan a fútbol ya no son tildadas de marimachos, sino de campeonas, pero a los niños que hacen gimnasia rítmica se les sigue señalando. Abrazar el poder gusta. Ver a tu hija disfrazada de Super Woman es guay, pero ver a tu hijo disfrazado de Frozen, no.  "Hay contextos que no están preparados para los chicos. No tienen permiso social. Seguimos premiando la competitividad en los chicos. Se sigue relacionando la sensibilidad en los chicos con la debilidad.

Superar a Hulk

Una de las principales derivadas del problema de fondo es que esas chicas poderosas del siglo XXI, si son heterosexuales, se relacionarán con esos chicos cuya identidad se ha construido con referentes no de finales del XX, sino de los años 60. "Los niños se siguen disfrazando de Hulk. Tenemos que generar rebeldía, ilusión y optimismo por trabajar con los chicos. Cambiar las masculinidades. Los hombre de dentro de 15 años son los niños de ahora. Los violadores de aquí 15 años están en el colegio hoy. Igual que los enfermeros, los futbolistas de élite o los maestros…", subraya lo obvio Bacete, quien cita también a Paulo Freire y su famoso "nadie se libera solo; nos liberamos en comunidad". "Los niños a los que les gusta jugar a portear a un bebé deben saber que no están solos, que hay muchos otros niños que también juegan a cocinitas en sus casas, aunque después en el patio del colegio no lo hagan porque socialmente no está bien visto. Hay que desterrar los estereotipos tóxicos que contaminan sus vidas. Si no lo hacemos, habremos fracaso como sociedad", asegura. "La idea es que los niños también pueden ser lo que quieran ser. Las niñas no serán libres si los niños no lo son", concluye.

Unos niños juegan a pelota en un parque del Poblenou. / ferran nadeu

Amat Molero Borràs es educador social, facilitador y miembro de Ulleres per esquerrans. Como Bacete, le ha dado muchas vueltas al asunto, llegando a conclusiones similares. "Hay patrones mayoritarios, patrones dominantes que tienen más valor social. El hombre heroico, el hombre que rompe las normas, que es violento… eso son valores positivos en un hombre, frente al hombre que pueda mostrar la vulnerabilidad, que tenga miedo, esos valores quedan relegados o suprimidos", resume. Pone también ejemplos aún muy presentes en la sociedad: "A un niño que llora le dices no llores, no seas niña; generamos unas normas que se acaban naturalizando; unos patrones. En el colegio, si te ven vestido de según qué manera recibirás lo que llamamos sanciones de género. Un castigo por saltarte el estereotipo; una broma, un chiste, una mirada rara...", argumenta.

Molero Borràs explica como ya desde recién nacido, incluso antes de nacer, los niños y las niñas están marcados. La propia percepción del llanto: "En un bebé, si llora muy fuerte: 'mira cómo llora, qué machote, tendrá genio', una niña, en cambio, llora como una histérica..". Eso tiene mucho que ver con el androcentrismo: poner en el centro todo lo masculino y a lo que le damos valor social. Lo masculino es lo bueno, lo triunfador. 

"A nivel de discurso eso sí se está trabajando: pegar es malo, todos somos iguales… pero otra cosa es acompañar a los niños para que crezcan libres de patrones machistas de género, de patrones racistas… Patrones que están muy presentes desde cómo están organizadas las escuelas, en las que la pista de fútbol es el centro. La propia arquitectura del colegio ya marca qué es lo importante", prosigue el educador social, quien apunta también la importancia de las canciones que cantamos, las asignaturas que hacemos, dónde ponemos el foco... 

Consejos prácticos

En los talleres que este facilitador organiza para tratar sobre el asunto con adolescentes usa un truco: Mostrar los costes de la masculinidad. "Si tú, como hombre, ves que tienes muchísimos privilegios, seguirás por ese camino. Por eso usamos la baza de mostrarles como el patriarcado también les perjudica. Con los jóvenes nos funciona bastante", señala. Les explican cosas como que los hombres viven una media de siete años menos que las mujeres, que un 93% de las personas en las cárceles son hombres o que el 80% de los accidentes mortales de tráfico los provocan hombres. "Les mostramos también con números que la forma en la que nos están diciendo que tenemos que ser hombres nos hace daño a nosotros mismos y les intentamos ensañar a desobedecer ese patrón de masculinidad", concluye.

Comisiones de género en los colegios

Carteles por un Carnaval no sexista en la escuela Fructuós Gelabert.   

Se trataba simplemente de mostrar los números. No hacía falta mucho más. La campaña Participa-hi, home! consistía simplemente en colgar unas estadísticas en el colegio en las que se mostraba que el 77% de las personas que participan en el afa son mujeres (o, lo que es lo mismo, que solo un 23% de las personas que lo hacen son hombres). "No sé si fue por la campaña, pero sí se apuntaron algunos padres. De hecho la comisión de género es en la que hay más hombres", explica Marga Julià, miembro de esta comisión en la escuela Fructuós Gelabert, en Barcelona, desde la que esta Navidad hicieron viral el vídeo Fuig, fuig, fuig ("quan et diguin que es de nena, fuig, fuig, fuig"), con el mismo objetivo: dejar claro tanto a niñas como a niños que pueden ser lo que quieran. Todos, ellas y ellos. La campaña por la participación de los hombres tiene también un trasfondo educativo. Los niños reproducen lo que ven: que las tareas relacionadas con los cuidados son cosa de ellas.

Ramon Crespo es padre de la escuela Patronat Domènech, también en el distrito de Gràcia. Pone dos asuntos sobre la mesa: la necesidad de propiciar espacios donde los niños puedan mostrar las emociones de forma desacomplejada y la participación de las familias. "Al menos en nuestra escuela ha pasado una cosa. Tenemos muchas comisiones en el afa. De biblioteca, de solidaridad, de género… la única en la que hay hombres, la única, es la de género. De nuevo,  los espacios más sexys copados por hombres y los espacios más vinculados a los cuidados están ocupados por mujeres. Sería un buen momento para que los hombres dejáramos los sitios con más visibilidad y ocupar los trabajos menos sexys. Hay mucho trabajo sobre género por hacer en la comisión de biblioteca", reflexiona este padre, quien pone también sobre la mesa los usos del espacio. 

"La plaza de delante de la escuela la ocupan durante una hora y media los niños que juegan a pelota. El resto ocupan posiciones periféricas. Si te pasas la infancia ocupando una posición periférica puedes llegar a creer que la posición periférica es la que te corresponde", reflexiona.

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