06 abr 2020

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SISTEMA EDUCATIVO

El 45% de los alumnos subsaharianos en Catalunya no consigue el graduado escolar

Los hijos de inmigrantes africanos acumulan la tasa más alta de fracaso escolar desde hace diez años

La falta de motivación y los pocos ingresos de las familias, algunos factores que dificultan el aprendizaje

Elisenda Colell

Una alumna de secundaria del instituto Domus d’Olivet de Canovelles lee un libro en clase.

Una alumna de secundaria del instituto Domus d’Olivet de Canovelles lee un libro en clase. / Anna Mas

Prácticamente, la mitad de estudiantes de origen subsahariano, un 45% para ser más exactos, no terminan el graduado escolar en Catalunya, mientras que entre el resto de estudiantes esta realidad solo afecta uno de cada cinco alumnos. Una cifra muy superior al de la media del alumnado, donde solo un 20% no lo logra, y también más alta entre estudiantes de orígen magrebí, asiático o sudamericano ya que los que no se gradúan suponen un tercio de ellos. El dato lo publicó la federación de Entitats Catalanes d'Acció Social (ECAS) hace un mes, facilitado por la propia Generalitat. La pobreza, la precariedad laboral y el poco nivel académico de los padres hace mella en estos niños, mientras los institutos se confiesan "sobrepasados". Una entidad catalana, la Fundació Guné, trata de acompañar a los alumnos, padres e institutos para que tener el graduado escolar a los 16 deje de ser una utopía y se convierta en una realidad.

"Mi hijo tuvo que dejar de estudiar y se puso a trabajar en el Burger King, no me gusta, ya sé que no está bien, pero es que yo no podía pagarle los estudios y en casa necesitábamos dinero", sostiene Mousou Cissokho, una mujer senegalesa que lleva más de 20 años viviendo en Catalunya. Su realidad es la de tantas madres que no pueden ayudar a sus hijos a hacer los deberes, porque apenas saben leer y escribir. Tampoco pueden renunciar a su trabajo para poder llevar a los niños a la escuela, ni atender al tutor cuando pide una reunión. 

Lo mismo le pasa a Diodio Ndao, que llegó a España en patera desde Marruecos y que ahora, embarazada de su sexto hijo y en el paro, tiene graves problemas para llegar a final de mes. A partir del día 20 finge haberse olvidado de comprar la leche ante sus hijos para no tener que admitir que es un lujo que no se puede permitir.

Diodio Ndao es madre de seis hijos en edad escolar aunque ve muy difícil que la mayor pueda seguir estudiando sin trabajar  / Anna mas

Diodio estudió hasta los 11 años, poco después la forzaron a casarse con su primo y decidió que su futuro y el de sus hijos pasaba por una vida mejor en Europa. Ahora sabe que ellos tampoco lo tendrán fácil. Logra pagar los libros y los ordenadores porque la escuela se lo deja hacer a plazos. Y tiembla al pensar que su hija de 18 años quiere estudiar en la universidad. "No tenemos dinero para costearlo", sostiene. Aunque no le gusta la idea de que sus hijos tengan que renunciar a las aulas, opta por encogerse de hombros. Antes de quedarse en el paro, Diodio era auxiliar de una residencia durante el turno de noches. Era su hija quien se hacía cargo de acostar y dar la cena a los otros hermanos. "Me gustaría que no tuviera estas cargas, pero yo no puedo renunciar al trabajo y menos aún pagar una canguro", explica.  

"Habría que obligar a las madres a ir a la escuela, tendríamos que crear comités de mujeres…", sueña en voz alta Diankimba Sylla, una mujer que aunque sí pudo estudiar en Senegal, nunca llegó a la universidad. Su tarea era otra, la de cuidar de sus hermanos. "Yo no quiero que mi historia se repita", explica. En Catalunya, lo que le ha costado es que su hija no abandonara. "Sacaba malas notas, y no quería estudiar más, he tenido que estar muy encima para que acabara la ESO”, expone. Reconoce que no todas las familias pueden hacer este esfuerzo. "Son madres que jamás han estudiado, no saben lo que es". 

Diankimba Sylla, fotografiada en su tienda de alimentación / Anna mas

Estas tres mujeres viven en Canovelles, una ciudad del Vallès Oriental donde la población procedente del Africa subsahariana se multiplica por cinco respecto la media catalana. Así que la Fundación Guné ha decidido montar aquí su centro de operaciones para tratar de crear alianzas entre familias y escuelas. "Por un lado convencemos a los padres, que entiendan que sus hijos tienen que seguir estudiando, y por el otro insistimos a las escuelas que no les pongan deberes y les escuchen más", expone Anna Aliè, la técnica encargada del proyecto.

Uno de los institutos dispuestos a sumarse a la iniciativa es Domus d’Olivet. Un centro construido en barracones desde hace 10 años y donde el 20% de su alumnado es de origen subsahariano. En las aulas de primero de la ESO el 60% de los niños tiene necesidades educativas especiales: o bien acaban de llegar a España o bien provienen de hogares muy humildes. "Son niños que cargan con unas mochilas emocionales… que si te las miras te da miedo. Yo a veces doy gracias de que vengan al instituto", sostiene Jaume Muriel, el director del centro.

Es habitual que la familia no se presente a los encuentros con los tutores, o que "no entiendan nada" de lo que les dicen los profesores de sus hijos. "Aunque muchas veces el problema es que los padres no ven la necesidad de que los hijos estudien", señala también la coordinadora pedagógica, Miriam Rico.

La pobreza que viven en casa les pasa factura en su expediente académico. "Los padres tienen trabajos muy precarios y los niños tienen que asumir tareas de adultos. No pueden hacer extraescolares, ni tan siquiera refuerzo escolar", sostiene Muriel.  Para atajarlo, el instituto ha conseguido fondos de un proyecto europeo para que estos niños hagan repaso, pero la convocatoria marca que sea por las tardes. "No todos podrán venir", dice cabizbajo Muriel.

Según este centro, el problema con estos alumnos no es que abandonen los estudios antes de tiempo, sino que no logran el graduado escolar a pesar de haber estado 4 o 5 años en la ESO. "Las familias nos piden que repitan, pero llega un punto que deben ir a la escuela de adultos", expone el director. 

Este instituto no se resigna. Tratan de no poner deberes a los niños, de tener dos profesores en cada clase, de no expulsarlos a casa "porque no les estamos haciendo ningún favor", y de coordinarse con unos "colapsados" servicios sociales para enterarse de las órdenes de desahucios o los cortes de luz. También reciben el apoyo de los servicios territoriales de Educació, pero, a sus ojos, "son insuficientes". "Yo creo que este problema se resolverá en generaciones futuras, cuando estos niños tengan hijos y no quieran que su historia se repita", augura Rico.

“Los estudios eran secundarios”

Adama Sylla, una joven catalana hija de padres senegaleses, explica las trabas y problemas que ha encontrado para poder estudiar. "Es una lucha a contracorriente, y muchas veces te faltan fuerzas", relata.

Adama Sylla ha sufrido en primera piel las dificultades que tienen los hijos de inmigrantes subsaharianos para poder estudiar / Ricard cugat

Estudia contabilidad y finanzas en la UAB, y su sonrisa aparenta una vida de éxito y felicidad. Sin embargo, Adama Sylla ha sudado (y mucho) para poder conseguir un asiento en una universidad pública. Nacida en un hogar marcado por la precariedad y la pobreza, es la auténtica excepción de su familia. Una catalana hija de padres senegaleses que quiere relatar su lucha por aprender para que nadie más tenga que pasar por su sufrimiento. "El sistema escolar no está preparado, opta por sacarse los niños de encima", critica.

"Mil veces he empezado el curso escolar sin libros porqué mis padres no lo podían pagar, y a los profesores no les ha importado, no he tenido la suerte de hacer extraescolares, de ir de colonias ni a las excursiones de la escuela… son factores que van sumando y que hacen que mucha gente abandone los estudios". Adama nació en un hogar donde sus padres, ambos analfabetos, no la podían ayudar en hacer los deberes, ni le revisaban la agenda. "Lo principal era que pudiéramos comer, los estudios siempre han sido secundarios".

Los padres de Adama hacían "los trabajos que los españoles no querían hacer, los más precarios" y los que primerio se extinguieron cuando estalló la crisis.  En aquel momento ella tenía 14 años y estudiaba en una escuela concertada de Canovelles. "Mis hermanos y yo éramos la tasa de niños de Servicios Sociales de la escuela, y con suerte íbamos aprobando", dice tajante. Pero a diferencia de sus compañeros de clase, a las cinco de la tarde ella no se iba a inglés, ni a la piscina. "Me ponía a vender cacahuetes por la calle" que previamente había cocido su madre en casa. Las vacaciones las pasaba en el campo de Lleida, recogiendo fruta junto a su madre para recolectar 3.000 euros que "tenían que dar para todo el año. 

La familia estuvo un año sin pagar el alquiler y la factura de la luz. Su padre enfermó y su hermano mayor, a punto de terminar la ESO, lo dejó todo en el aire. "Empezó a robar para que en casa pudiéramos comer, era un dinero que necesitábamos", reconoce. La historia acabó mal. Y ahora cumple condena en la prisión de Quatre Camins.

Tras los impagos, llegó la orden de desahucio. "Yo recuerdo que hice un bajón de notas, pero a ningún profesor le sonó ninguna alarma, nadie me preguntó si yo estaba bien". Al fin, los Servicios Sociales encontraron un piso para la familia de Adama en Manresa. "Decidí quedarme en Canovelles para acabar el bachillerato". Así que a los 17 años Adama se puso a trabajar para pagarse una habitación y poder ir a clase.

Su hermano pequeño, en cambio, se fue para el Bages con los padres. "Él tenía mal comportamiento porque necesitaba llamar la atención en el instituto". La respuesta del profesorado siempre fueron las expulsiones, hasta que no volvió, y optó por buscarse la vida en una fábrica. "Me parece tan mala decisión, ese instituto se quiso sacar un problema de encima, la expulsión era lo último que él necesitaba". Años más tarde, Adama ha tratado para que su hermano asista a una escuela de adultos y se saque el graduado. "Está en ello", dice.

Y con todo este panorama, Adama empezó a doblar ropa en una tienda en la Roca del Vallès y a servir menús en un restaurante. Mientras tanto, iba "pagando facturas, ayudando en casa, y aprobando como podía". Primero se sacó el bachillerato, después un grado superior, y ahora, a los 23 años, ha logrado llegar a la Universidad. "Sufro pensando pagaré el curso que viene, porqué como trabajo no me dan beca", explica.

Ella se siente excepción. "Conozco mucha gente que ha estado en mi situación, esto es una lucha contracorriente y dan muchas ganas de abandonar".  Describe los docentes con los que se ha encontrado como "incompetentes". "Yo he llegado a clases sin libros y la respuesta ha sido 'espabílate'", critica. "He tenido que luchar mil veces más que cualquier blanco, estoy haciendo malabares para poder estudiar, y no entiendo el porqué", añade. "La escuela debe cambiar, el sistema debe cambiar, la solución no está en sacarse estos niños de encima, sino en ayudar a estas familias que también pagan impuestos: da igual de donde vengan".