05 ago 2020

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COLISIÓN EN EL VATICANO

Guerra papal entre Francisco y Benedicto XVI

El actual pontífice y su antecesor en el cargo mantienen diferencias relevantes

Bergoglio y Ratzinger encarnan respectivamente al sector progresista y al más ortodoxo de la Iglesia

Rossend Domènech

El papa Francisco saluda al Pontífice emérito Benedicto XVI en el monasterio Mater Ecclesiae, en diciembre del 2013.

El papa Francisco saluda al Pontífice emérito Benedicto XVI en el monasterio Mater Ecclesiae, en diciembre del 2013. / AFP

Dos papas en el Vaticano, aunque uno sea  jubilado y pacíficamente sumiso al Papa reinante, parecen demasiados. Siglos atrás, llegó a haber hasta cuatro papas disputándose el trono de san Pedro, aunque entonces iban a punta de espada y los romanos se encerraban en sus casas cuando las familias aristocráticas de Roma, caído el Imperio Romano, se peleaban para alcanzar el liderazgo en El Vaticano.

Sin embargo, desde el 2013 se están produciendo muchos roces entre Francisco y Benedicto XVI, quien dimitió en el 2003, por lo que probablemente, a causa de la mayor duración de la vida en la actualidad, será necesario que El Vaticano regule legalmente cuál debe ser el papel de un papa dimitido, un asunto no previsto por el Derecho Canónico. Benedicto XVI se ha prestado a quienes se oponen a la visión de Francisco sobre la modernidad. Antes de ser elegido, Ratzinger frecuentó universidades, escribió libros y dio conferencias en los círculos más rancios de los republicanos estadounidenses, mientras Bergoglio viajaba en metro a las periferias de Buenos Aires y vivía en un pisito donde se cocinaba la cena.

Obediencia peculiar

 “Le prometo mi total obediencia y oraciones”, dijo Ratzinger a Francisco tras la designación del segundo.  Sin embargo, esta semana se ha producido un cortocircuito entre el jubilado y su sucesor. No es el primero, sino el último de una serie. La causa ha sido un libro titulado Desde las profundidades de nuestros corazones, de dos editoriales francesas (Fayerd e Ignatius Press), vinculadas a la parte más conservadora de la Iglesia, en el que sus autores, el cardenal africano Bernard Sarah y el propio Ratzinger, defienden el mantenimiento del celibato de los curas. 

La aparición de la obra llega antes de que  Francisco apruebe el documento final del llamado Sínodo de Amazonia, celebrado en octubre, en el que tres cuartos de los participantes dieron luz verde a una excepción para aquella remota región del mundo, donde los católicos ven a un cura una vez al año, porque los sacerdotes no dan abasto. Los diáconos “con una familia estable” podrán ser ordenados curas, según decidieron los participantes.  

En el 2009, el mismo Benedicto XVI no encontró reparos en aprobar, como excepción,  la admisión de sacerdotes anglicanos, que huían de aquella confesión religiosa porque decidió aceptar como curas a homosexuales y mujeres. Eran varios centenares y viven como católicos, con esposas e hijos.

El celibato, a debate

Antes y después de aquella aprobación del Sínodo de Amazonía se desataron toda suerte de intervenciones por parte del sector más conservador de la Iglesia, insinuando incluso que se podría producir un cisma entre unos y otros. “El Papa no puede suprimir el celibato de los curas”, afirmó Gerhard L. Müller, antiguo  prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ‘ministro’ de la ortodoxia católica, nombrado por Ratzinger en el 2012 y defenestrado por Francisco en el 2017.

En lenguaje laico se diría que es una estupidez, porque el celibato de los curas no se decidió hasta el 692 en el Concilio Trullano, pero siguió sin aplicarse hasta mucho después del Concilio de Trento (1545-1563), mientras en Europa  había curas casados y no casados.

El celibato es una disciplina de la Iglesia y no un dogma (principio), por lo que, en teoría, se puede suprimir cuando un Papa o la Iglesia quieran. El temor actual es que si se acepta una excepción para Amazonía la norma pueda extenderse a toda la Iglesia. De hecho, el cardenal Reinhard Marx, presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, aseguró al respecto: “También nosotros lo queremos”. “Poneos todos los obispos de acuerdo y lo hablamos”, respondió Francisco, sin cerrarse en banda a esa posibilidad.

Los porqués de Ratzinger

A pesar de que, a raíz de las polémicas,  Ratzinger haya retirado su nombre del libro Desde las profundidades de nuestro corazones, el volumen representa el último episodio de una convivencia a menudo polémica. En Roma muchos se preguntan ¿Por qué Ratzinger decidió retirarse con la sotana blanca, como si aún fuera Papa? ¿Por qué se deja llamar Su Santidad? ¿Por qué se presta a firmar textos que ponen en discusión cuanto está haciendo su sucesor? A sus 93 años es difícil que responda, pero a buen seguro contribuye a dar argumentos a quienes soportan mal el aperturismo de Jorge Bergoglio.

La lista de discrepancias es larga y aunque podría haber contribuido a estas el carácter de Bergoglio, en realidad parecen enfrentarse dos modelos de Iglesia: la que por simplificación se puede llamar ortodoxa, anclada en un doctrina inmutable, y la que considera que el catolicismo es una religión en evolución, tesis sostenida desde siempre por los jesuitas, de los que Bergoglio forma parte.

La sintonía con China

En los últimos meses, el argentino ha sido atacado por su apertura hacia China -país con una iglesia oficial y otra llamada clandestina-, después de que firmara con Pekín el acuerdo de que el Papa elegiría entre una terna de candidatos a obispo presentada por el gobierno, igual a como hacía Franco en España. Francisco ha reconocido cuanto dijo Ratzinger en 2007, que en China no hay dos iglesias, sino una sola. Sin embargo, la actitud aperturista hacia China produce malestar entre las potencias occidentales, EEUU la primera. En cambio, la gran novedad del acuerdo de 2019 -circunstancia poco subrayada- es que, por primera vez, Pekín reconoce que una organización activa en China tenga un jefe en el extranjero, algo que nunca había aceptado.  

Ha habido otros ataques a la línea de Bergoglio. El borrador de la gran reforma de la Curia o gobierno central de la iglesia, está siendo torpedeado por una parte de los obispos del mundo y por la Curia. A Domenico Giani, guardaespaldas del Papa y jefe de la policía vaticana se le jugaron cuando alguien le acusó de filtrar el nombre de cinco empleados de El Vaticano supuestamente acusados por irregularidades financieras. No lo había hecho, pero dimitió igualmente. Más tarde, se filtró a la prensa que entre 90 y 200 millones de euros –la cantidad variaba según las fuentes- parte de las limosnas de los fieles, el llamado Óbolo de San Pedro, habían sido invertidos en la compra de un inmueble de lujo en Londres. Desde hace un año, toda la batería de centros de análisis, webs y blogs conservadores han aumentado su actividad, recogiendo acusaciones de todo tipo contra el Papa: que si el Vaticano está por declarar la quiebra, que Bergoglio padece de un cáncer en el cerebro, que le falta un pulmón y que su cadera no resiste más.

Bergoglio sigue en su línea, destituyendo a cardenales y obispos, a responsables de la lucha contra el blanqueo de dinero a y otros cargos financieros, algunos de los cuales vinculados a la extrema derecha del Partido Republicano estadounidense, que no aceptan a un Papa que no pierde ocasión para criticar a una “economía que mata”, que crea “desechos humanos”, “priva de derechos a otros y organiza guerras para enriquecerse”. Tal vez peor que los venenos y espadas de los que los romanos se escondían en sus casas. Tal vez.