29 oct 2020

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UNA MIRADA AL SUR DE CATALUNYA

Resignada resiliencia en Tarragona

Los vecinos de la petroquímica son conscientes de los peligros que les rodean y admiten un cierto miedo

«Si la explosión es tóxica no hace falta que corras porque te pilla seguro», dice una vecina de Constantí

Carlos Márquez Daniel

Resignada resiliencia en Tarragona

Fermín llegó a Tarragona procedente de Ceclavín, provincia de Cáceres. Vino a finales de los años 60, poco antes de que empezara a levantarse el entramado de empresas dedicadas a los productos químicos y derivados del petróleo. Se puso a trabajar en un matadero de pollos y pronto se metió en la construcción. «Me ha tocado hacer un montón de remiendos en la petroquímica y nunca he pasado ni mijita de miedo. O te lo echas todo a la espalda o estás perdido». También levantó los pilares sobre los que se sustenta el reactor nuclear de Vandellòs 1. «De momento no ha petado», celebra. Ahora, con 72 años, vive en Constantí. Soltero. Feliz de envejecer en la zona que muchos describen como el vertedero de Catalunya. Opinión aquí compartida por muchos, pero con matices.  

Fermín construyó los pilares del reactor nuclear de Vandellòs I y celebra que todavía no hayan petado

Del mismo modo que en las tierras de Ponent sienten como muy propia la niebla que hace bueno el dicho Lleida tiene cuatro estaciones: verano, invierno, la de trenes y la autobuses, en Tarragona también abunda un cierto apadrinamiento industrial. Salvando las distancias, porque pesa tanto o más el temor que la dependencia económica. Por las calle del Morell, cerca de un peculiar concesionario repleto de coches de lujo, Albert, ingeniero y empleado de la zona, entiende que el accidente de la empresa Iqoxe haya generado –o reactivado– el miedo entre los vecinos. «Pero no se puede generalizar porque los controles son extremos». ¿Pero se puede garantizar la seguridad de los pueblos al 100%? Se da unos segundos antes de responder. «Al 100%, no». Por qué está concentrada aquí toda esta actividad industrial, precisamente esta, contaminante y con un plus de peligrosidad, es algo para lo que este profesional no tiene respuesta. Ni él ni las decenas de ciudadanos consultados, que sin embargo coinciden en que, conscientes que les ha tocado convivir con chimeneas y materiales de alto riesgo, más vale sacarle el máximo partido posible que estar todo el día lamentándose. «Los sueldos están bien pero sí es verdad que falta transparencia laboral y en cuanto a cómo afecta la contaminación al aire que respiramos», demanda Albert.

La estación del AVE del Camp de Tarragona, un páramo ferroviario / JOAN REVILLAS

Los polígonos suelen ser suelos industriales asidos o cercanos a una gran concentración urbana. A vista de pájaro, los dos campus químicos y petrolíferos del entorno de Tarragona se comen, literalmente, los municipios que tienen casi pegados. La Pobla de Mafumet, el Morell, Constantí, Vilallonga del Camp, la Canonja o Vila-Seca resultan simples urbanizaciones al lado de estas más de 1.200 hectáreas en las que laboran compañías como Repsol, Basf o Ercros. El efecto visual parece ser uno de los termómetros del malestar local: mayor en los municipios desde cuya ventana se divisan las torres humeantes; menor desde la cercana lejanía, como por ejemplo, la capital, Tarragona. No es un canguelo gratuito, pues al margen de la reciente tragedia, en mayo un trabajador murió a consecuencia de una fuga de amoniaco en una planta de Carburos Metálicos y a principios de década se sucedieron una serie de vertidos que pusieron a la petroquímica en la picota. Hidrocarburo, ácido nítrico, petróleo...; junto a muchas playas que beben del turismo veraniego flotó de todo. Y nada bueno. Cuatro parches y arreglado.

Madres con hijos

«Claro que se pasa mal. Las dos tenemos a nuestros chiquillos trabajando en el polígono». Ana y Teresa son amigas y vuelven a casa después de realizar la compra. la primera llegó desde Galicia hace 30 años. La segunda vino desde Zamora en 1987. Ana habla de «convivencia forzada pero bien llevada» con la petroquímica, y de una «lotería que le puede tocar a cualquiera», en referencia a la pérdida de un ser querido, y en recuerdo de la tercera víctima, el herido crítico que murió en Vall d’Hebron el miércoles, al que todos conocían en Constantí. Cuenta Teresa que el padre también había trabajado en el sector. Es una constante, de cómo en todas las familias hay un pariente directo vinculado a los polígonos. «Este es un medio de vida y conocemos los riesgos, pero no puede fallar nada». Se refieren, por ejemplo a las sirenas de alerta, que sí dan la lata en los dos simulacros anuales pero el martes no sonaron y todo el mundo fue enterándose por redes sociales, por una llamada, un mensaje, o porque sintieron la explosión, con un temblor de ventanas que transitó ágil hacia las piernas.

Campo de fútbol de Bonavista, con la industria en versión nocturna  / JOAN REVILLAS

Teresa, que llegó desde Zamora en 1974, se acuerda del atentado de ETA de 1978 en la planta de Repsol. «La gente se volvió loca. Todo se colapsó y los coches chocaban entre ellos sin saber a dónde ir. Todo por la falta de información». Pura supervivencia. Ella se quedó en casa junto a su suegra. «Si va a ser tóxico, no hace falta que corras; te va a pillar».  

Josep, nacido en la Vall Fosca pero en Tarragona desde los 70, también trabajó en la industria e incluso resulto herido en una ocasión. Pero si se trata de hablar de vertederos, prefiere fijarse en el AVE, en esa estación sita en tierra de nadie, entre la Secuita y Perafort. «Alguien pensó que se forraría con la venta de tierras y al final ha terminado siendo una estación fantasma». Está claro que la locomotora de la comarca está en otra parte.