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MENORES INMIGRANTES

De ser niño protegido a dormir en la playa

Z.M. es un joven inmigrante que la Generalitat ha expulsado a la calle al cumplir los 18 años. Ahora malvive en Calella sin ninguna oportunidad

Elisenda Colell

Z. M., en un túnel cercano a la estación de metro de Calella, ciudad donde ha estado durmiendo en la playa después de ser expulsado del sistema de protección.

Z. M., en un túnel cercano a la estación de metro de Calella, ciudad donde ha estado durmiendo en la playa después de ser expulsado del sistema de protección.

Hace poco más de dos meses Z. M. (prefiere no revelar su identidad por miedo a que su familia se entere de como vive) estaba alojado en un centro de menores de la Generalitat. Tenía una cama, ropa, comida caliente y un equipo de educadores que le acompañaba y le ayudaban a hacerse un hueco en la sociedad catalana. El 20 de agosto cumplió 18 años, y ahora no tiene nada. Duerme en la calle de Calella, y vive de la solidaridad de sus compañeros del centro. Como él, centenares de jóvenes migrantes sobreviven en Catalunya sin ninguna alternativa más que la calle y la miseria.

Se levantó, se hizo la maleta, se despidió de sus compañeros, comió y… puerta. "Te tienes que ir del centro, ya lo sabes", le espetó un educador. Así fue el miércoles 28 de agosto para este joven marroquí con 18 años que llevaba cinco meses tutelado por la Generalitat. Huyó de Marruecos en patera hace menos de un año. Vivía en Tinjdad (Marruecos), pero con el dinero que habían ahorrado él y su hermano logró pagar 1.500 euros para irse a Europa en patera. "Buscaba dinero, trabajo y estudios, una vida mejor para mí y mi familia", explica.

Al llegar a Barcelona, fue tutelado por la Generalitat, y trasladado hasta el hotel Mirasol de Calella (Maresme), que se ha reconvertido en un centro de menores tutelados por el Govern. El día que le tocó irse, una semana después de cumplir la mayoría de edad, fue abandonado a su suerte. Ha estado varias semanas malviviendo en la playa de Calella, entre dos barcas. Cuando llovía, se trasladaba a un parque para soportar mejor el frío. Ahora ha encontrado un hueco en una casa okupa de la localidad.

Tras una semana en la calle, su cara es de desasosiego. “¿Qué hago ahora?”, se pregunta. “No me imaginaba que aquí tendría que dormir en la calle”, dice con los ojos vidriosos. Aunque según la Generalitat es un hombre adulto que tiene que sobrevivir solo, su incipiente bigote y sus ojos esperanzados hablan más bien de un niño desorientado. No es que no tenga vivienda, es que ha sido expulsado del centro, sin papeles ni pasaporte. Es un inmigrante irregular, que no puede trabajar, ni estudiar, ni hospedarse en ningún sitio. Ni la DGAIA, que hasta ahora ejercía de padre, ni el ayuntamiento de Calella, responsable de las personas sintecho de su ciudad, le han dado salida alguna.

El día de su expulsión, los educadores de su centro trataron de vincularle a Dar Chabab, un centro de Barcelona que trata de dar una alternativa a los jóvenes migrantes que viven en la calle. El problema, que el centro cierra de día. “Allí me están tramitando los papeles, y me gustaría que me consiguieran algún curso de castellano, de catalán o de lo que sea, pero por la noche prefiero dormir en Calella que en Barcelona, me siento más protegido”, explica el jóven, que quiere alejarse de la cola y otras drogas.

Z. M.ha tratado de conseguir una vivienda en Barcelona. Ha picado a la puerta de varias casas ocupadas. “Estamos llenos”, le respondieron. Llenos, algunos, de jóvenes como él. Fue al CUESB (Centre d’Urgències i Emergències Socials de Barcelona), pero no tiene padrón ni una orden de desahucio. “No es una emergencia”, explica que le respondieron. Los albergues de la ciudad están llenos. Y, aunque tuviera todo el dinero del mundo, sin pasaporte no se puede hospedar en ningún hotel, pensión, o hostal. Así que, una vez más, regresó a Calella. A la playa.

“Al menos aquí tengo ropa y comida”, explica. No es que la solidaridad de los vecinos del Maresme le haya ayudado mucho. Es que los chicos que aún viven en el hotel Mirasol se guardan parte de su comida, y se la dan después. También hacen lo mismo con la ropa. Chanclas, pantalones cortos y alguna camiseta. Y así va pasando los días. ¿Estás dispuesto a robar, si lo necesitaras? “No, yo no soy un delincuente, mi familia me ha enseñado buenos valores, no lo voy a hacer”, responde contundente.

El problema es que su familia no sabe nada de esto. Él les miente, les dice que está en el centro, estudiando. “No quiero que mi madre sufra”. Harto de mentiras, ha decidido desconectarse del Whatsapp para evitar las llamadas de su madre. Ya no quiere ni responder, no sabe que más inventar. “No le pienso decir que estoy en la calle”. De momento sus padres no le piden que traiga dinero, pero está convencido que al cabo de uno o dos años será inevitable tener que aportar algo a su casa. “Son muy pobres”, añade.

El problema no es que un niño de 18 años esté en la miseria, consentida por las administraciones. El problema es que como él hay centenares de jóvenes que de menores están tutelados pero de adultos son unos ‘sintecho’. Psicólogos, educadores y entidades sociales llevan tiempo alertando de la gravedad de la situación. Por el deterioro mental que supone, y por los problemas de convivencia y delincuencia que puede llevar acarreado. Mientras tanto, Z. M. se estira en la arena de la playa de Calella, y, con un cartón, se prepara para pasar otra noche.