Ir a contenido

sueño y rendimiento escolar

Dormir es un superpoder

Pediatras y científicos recuerdan a los padres que un sueño insuficiente perjudica a todos los órganos

Piden al sistema escolar que los institutos retrasen una hora la entrada para que los adolescentes rindan más

Olga Pereda

Un adolescente de 15 años trata de conciliar el sueño.

Un adolescente de 15 años trata de conciliar el sueño. / DAVID CASTRO

“Dormir es una pérdida de tiempo, ya lo haré cuando esté muerto” es una frase que destila ignorancia. Dormir es un “superpoder”, afirma el científico Matthew Walker, toda una autoridad que acaba de publicar 'Por qué dormimos' (Capitán Swing), demoledor e impactante ensayo que deja claro que dormir es el pilar fundamental del bienestar humano, junto con la alimentación saludable y la actividad física.

No dormir mata. No hacerlo las suficientes horas (una media entre siete y nueve horas en los adultos) afecta a todos los órganos: destroza el sistema inmunitario, alterna los niveles de azúcar en sangre, bloquea las arterias coronarias y daña la concentración, entre otros muchos problemas de salud. Muchos científicos, como Walker, están presionando a los médicos para que “receten a sus pacientes dormir” (no confundir con prescribir pastillas para dormir).

Si dormir es vital para los adultos (a pesar de ello dos tercios de la población de los países desarrollados no llegan a las ocho horas recomendadas) ¿qué pasa con los niños y los adolescentes? Lo mismo. Los pediatras alertan a los padres y las madres y les piden que sean conscientes de que el sueño de sus hijos es más importante que la alimentación. “Muchos padres están preocupados por cada cosa que comen sus hijos y, sin embargo, les tienen en pie a las diez de la noche o les ponen dibujos animados a esas horas. O se los llevan con ellos porque tienen una cena tarde. Incluso a conciertos nocturnos. Eso no puede ser”, sentencia la médico, pediatra y neuropediatra María José Mas, autora de 'La aventura de tu cerebro' (editado por Next Door).

Un niño que cursa Infantil (2-5 años) debería dormir entre 11 y 13 horas diarias. Uno de primaria (6-12 años) debería dormir entre 10 y 11 horas. Y los adolescentes, 10 horas. No hacerlo implica que el cerebro no está capacitado para consolidar lo aprendido. Además, se perjudica todo el organismo de los críos, desde el sistema inmune hasta el endocrino.

Epidemia silenciosa

“Estamos delante de una epidemia silenciosa de pérdida de sueño, el reto de salud pública más importante del siglo XXI”, sentencia Walker, profesor de Neurociencia y director del Centro para la Ciencia del Sueño Humano. Sus investigaciones relaciona la falta de sueño con problemas de conducta entre los escolares, incluido el 'bullying'.

Dormir es esencial para el correcto desarrollo y crecimiento del niño (se secreta la hormona del crecimiento). “El cerebro crece, madura y aprende mientras sueña. Dormir permite consolidar lo aprendido, nos permite aprender”, explica la doctora Mas, responsable del área de Neuropediatría de la Xarxa Sanitaria i Social de Santa Tecla.

Siempre refiriéndose a niños sanos, la neuropediatra recomienda a los padres llevar una rutina diaria para preservar el buen sueño de sus hijos. Esa rutina incluye hacer una serie de cosas siempre después de cenar (por ejemplo, preparar la mochila del día siguiente, lavar los dientes y leer un cuento), así como mantener un horario regular para ir a la cama, tener la habitación en penumbra y huir de cualquier tipo de pantallas.

Los adolescentes y las hormonas

El sueño de los adolescentes preocupa mucho también a los expertos. Sus cuerpos y sus cerebros experimentan cambios brutales y necesitan dormir, de media, 10 horas. “El problema -apunta la neuropediatra- es que debido a los cambios hormonales relacionados con la madurez sexual se produce una alerta cerebral que provoca que necesiten irse a dormir más tarde”. “Pedirle a tu hijo adolescente que se vaya a la cama a las diez de la noche es el equivalente de pedirte a ti, su padre, que te vayas a dormir a las siete u ocho de la tarde”, añade Walker.

Tanto Walker como Mas son partidarios de cambiar el horario de entrada a los institutos, cuyas puertas suelen abrir a las ocho de la mañana. “A esa hora, los adolescentes están prácticamente dormidos. No rinden, pero no es su culpa. Es que no son capaces. Es una cuestión de sus propios cuerpos”, explica Mas.

Mientras estaba en la Universidad de Harvard, Walker preguntó a sus alumnos cuántos pasaban la noche en vela para estudiar un examen. El 85% contestó afirmativamente. El científico propuso realizar un experimento. Dividió una clase en dos grupos. A un grupo les permitió dormir por la noche y al otro no. Al día siguiente, ambos grupos durmieron con normalidad. Walker comprobó que a los alumnos privados de sueño tenían un déficit de atención del 40% en la capacidad par introducir nuevos datos en el cerebro. La conclusión estaba clara: dormir o no dormir es la diferencia entre aprobar un examen o suspenderlo. Walker publicó una artículo en el periódico de Harvard pidiendo un cambio de modelo en los exámenes. La comunidad universitaria se le echó encima y aseguraron que el problema era la falta de planificación en el estudio por parte de los alumnos “irresponsables”. Walker no cambió de criterio. De hecho, en sus clases no hay exámenes finales al término de cada semestre

La doctora Mas también aconseja a los estudiantes que no tomen bebidas estimulantes. “No lo deberían hacer nunca, pero si lo hacen que sea antes del mediodía para que no interfiera en el sueño”.

Walker concluye que dormir es un proveedor universal de salud y que numerosas funciones del cerebro se restauran con el sueño y dependen de él. Ninguna faceta del cuerpo humano se salva del daño irreparable y nocivo de la pérdida de sueño. “No existe ningún medicamento que tenga la capacidad comprobada de reemplazar los beneficios que toda una noche de sueña brinda al cerebro y al cuerpo”.

Un gen raro, raro

Hay un tipo muy raro de inviduos que parecen poder sobrevivir con seis horas de sueño mostrando un deterioro mínimo. Parte de la explicación reside en la genética. El gen, recuerda Matthew Walker, en ‘Por qué dormimos’, es notablemente raro. “Solo un 0,1% de la población es realmente resistentes a los efectos de la restricción crónica del sueño en todos los niveles de la función cerebral. Tienes más probabilidades de que te caiga un rayo a lo largo de la vida (1 ente 12.000) que de ser verdaderamente capaz de sobrevivir con un sueño insuficiente gracias a un gen raro”.

 

► Más informaciones de Mamás, papás y niños