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RESTAURACIÓN FUTURISTA

Hay un robot en la sala

Un restaurante asiático de Valencia incorpora a su plantilla a dos androides para servir las mesas

El propietario del local asegura que la idea no es sustituir a los camareros sino librarles del trabajo más pesado

Nacho Herrero

Los dos androides llamados Mulán, sirviendo mesas en el restaurante Crensa de Valencia. 

Los dos androides llamados Mulán, sirviendo mesas en el restaurante Crensa de Valencia.  / MIGUEL LORENZO (El Periódico)

Que aproveche, cariño”, dice Mulán cuando lleva a la mesa de un nuevo restaurante de València la comida y la bebida que le han pedido. Con esa misma frase y un ritmo lento pero constante, esta camarera llevará cada comanda durante todo el servicio sin sombra de cansancio. Los clientes cogerán ellos mismos los platos de la bandeja y avisarán, tocándole en el costado, que se puede retirar. Puede que antes se hagan un ‘selfie’ con esta trabajadora de rasgos redondeados, ojos pequeños y sonrisa tímida. Porque Mulán es un robot y tiene una gemela con la que comparte hasta el nombre.

Ambas son las estrellas de un local que ha abierto esta misma semana en la capital valenciana. Y, de momento, atraen más público que la propia comida asiática que se sirve en el Crensa, que es como se llama el restaurante. “De momento, todos los días tenemos lleno, hay colas y los clientes están contentos con Mulán y con mucha curiosidad. Hacen muchas preguntas, quieren saber cómo funcionan. Vienen niños con sus padres pero hay muchos adultos a los que les gustan tanto como a los niños”, explica Zhijie Jan, el dueño del restaurante. 

De hecho, Jan ha limitado la cháchara de los robots con los clientes. “Pueden hablar más, ahora dicen sólo un par de frases, pero no les hemos puesto la función de conversación porque si no la gente querría estar todo el rato hablando con Mulán y tienen trabajo que hacer”, recuerda. 

Debate abierto

Asentado desde hace años en España, este joven chino descubrió a estos camareros en un local de su ciudad, Fujian, cuando regresó hace poco en unas vacaciones y pensó que podría funcionar también aquí. Pero, además de curiosidad, las gemelas Mulán también han abierto el debate sobre si son una amenaza para el empleo. “Por supuesto que no queremos sustituir a los camareros”, apunta Jan, que presume de tener una plantilla de ocho personas para un local que en su interior tiene unas quince mesas y en la terraza algunas pocas más. 

“En el servicio es importante el trato, por eso tenemos tres camareros que son los que se ocupan de hablar con los clientes. Los robots lo que hacen es quitarles el trabajo pesado, el de llevar las bandejas. Los camareros están muy contentos, cobran igual y hacen menos trabajo”, recalca. A los que cuestionan este modelo Jan les dice “que en realidad el robot está creando puestos de trabajo, está permitiendo que trabajen los cocineros, los camareros y en este caso también técnicos, ahora hago yo ese trabajo de programación pero si va bien, tendré que tener un equipo”. Pero sabe que la batalla será larga. Por eso eligió para sus androides el nombre de la heroína de una antigua fábula china cuya lucha contra los prejuicios llevó Disney al cine y a Occidente. 

Funciones limitadas... por ahora

La clave de los robots es la programación. “He pasado mucho tiempo aquí en el local, trabajando con ellas, haciendo planos, colocando mesas porque tiene que haber 100% de seguridad”, explica. “Siempre he sido fan de la tecnología, siempre me ha gustado la novedad las cosas avanzadas. Siempre he jugado a estas cositas”, sonríe divertido. 

Insiste en que su función es sólo ayudar a los camareros, de igual manera que los seis robots tradicionales de cocina que tienen ayudan a los cocineros a preparar los platos. “Mulán solo saca la comida, es un trabajo muy limitado. Solo saben llevar las comanda a la mesa. Si algunos clientes les dejan los platos y las botellas vacías en las bandejas los llevan de vuelta a la cocina”, añade. Pero Jan admite que es posible que en una década este modelo de robots pueda extenderse y que puedan aumentar sus funciones. De hecho, los suyos ya podrían hacer más. “Si se programan podrían hacer más cosas, pero no queremos que tenga muchas funciones”, señala. 

Para empezar podrían moverse por el local sin seguir la guía de cinta imantada que actualmente marca su camino. “Ahora no quiero que sean más inteligentes porque este local es pequeño, no hay espacio para que lo sean y si se les cruza alguien y no hay guía en el suelo se pueden ir hacia otro lado”, explica. Por eso la otra frase que se le oye a Mulán cuando alguien se detiene en su camino es “Déjame pasar, por favor”.

Los costes y el futuro

Aunque estos robots no cobren una nómina, ni horas extras ni coticen a la Seguridad Social, Jan remarca que también tienen su coste. “Los robots no son gratis, hay que traerlos, mantenerlos, programarlos”, recuerda. No quiere decir el precio, “por un  acuerdo de confidencialidad, pero es costoso”. ¿Unos diez mil euros por unidad? “Más o menos”, dice.

Su plan es ampliar la plantilla en un par de años, la de trabajadores humanos, pero admite que el ‘modelo Mulán’ puede extenderse. “Quién sabe, a lo mejor dentro de 10 años un restaurante con robots es algo habitual”, desliza.