20 feb 2020

Ir a contenido

UN OFICIO ANCESTRAL

Las puertas del paraíso de Menorca

Cada vez menos artesanos se dedican a construir las típicas barreras de la isla

Tan solo quedan seis talleres de 'araders' y en dos décadas más de la mitad estarán jubilados

Diego Sánchez

Los ’araders’ en Menorca. Las barreras del paraíso. / FOTO Y VÍDEO: DIEGO SÁNCHEZ

Para muchos amantes de la piel tostada por el sol, con sabor a sal, y de las calas remotas de aguas transparentes, las barreras menorquinas son las puertas antes de llegar a su particular paraíso. Están hechas de 'ullastre' (acebuche), muy extendido en Menorca. Se encuentran en el resurgido Camí de Cavalls (camino de circunvalación de la isla utilizado desde el siglo XIV para vigilar y defender las costas), hoy ruta para senderistas. También como cierre de fincas agrícolas, y de las famosas paredes secas, muros de piedra que separan los campos.

"Yo siempre digo que la pared seca con las barreras, es la imagen de Menorca", asegura Miquel Gomila Carreres, uno de los últimos 'araders' que quedan en la isla. Él es hijo, nieto y bisnieto de 'arader'. "La palabra viene de la arada, de cuando los antiguos artesanos las hacían de madera para labrar y sembrar los campos. También fabricaban azadas, yugos, carros y barreras, para mantener vacas y cerdos cerrados", explica desde su taller de Es Mercadal.

Enzarzado con una barra de madera, el padre de Miquel, -Miquel Gomila Salom-, a sus de 89 años, jubilado y con el título de maestro artesano honorífico, todavía acude cada día a echar una mano. "En mi época no teníamos máquinas, todo lo hacíamos a mano, con hachas, barrenas y sierras. No teníamos taller, iba con mi padre al terreno del 'pagés' y allí trabajábamos una semana entera, pasábamos mucha pena", recuerda.

Talar en luna vieja

"Hay que talar el ullastre en luna vieja (menguante) de agosto, y dejarla reposar al menos un verano al sol", repone Miquel hijo. A las dos barras verticales que hacen las veces de marco se las llama 'batedors'. Las que se instalan en horizontal -ocho en total- varían de forma. Más juntas y rectas las inferiores, para evitar, originariamente, que algún animal pudiera escaparse, y más separadas y "abombadas" las superiores, para otorgar carácter propio. "En la parte de arriba de la barrera hay un trozo de Tramuntana, por la forma que le da el viento a la rama", resume.

Tesón y martillazos

Todas las barras se ajustan en los agujeros a base de tesón y martillazos. El tirant es la pieza con remaches, que se superpone en diagonal, en la parte frontal. Las barreras salpican armoniosamente toda la isla. Las hay individuales -conllevan todo un día de trabajo, como la que da acceso a la solitaria y pedregosa cala de Els Alocs, al norte. Además esta lleva una 'pestallera', un recuperado ingenio de madera, que hace las veces de cerrojo automático. Las hay dobles, -o 'jocs', en el argot del 'arader'-, de casi cuatro metros de largo, -y que están unidas por una pieza metálica llamada 'armella'. La barrera doble de Favàritx custodia los 33 metros de altura que tiene el mágico faro. 

"Es como un símbolo de protección, da igual si están abiertas o cerradas, siempre que haya una barrera significa que el campo de Menorca está cuidado", explica Magda Triay, pintora menorquina que ha retratado como nadie estas insignias. Su acuarela de la barrera de Son Vidal de Granada es la más aclamada por los turistas. "Las barreras son un 'bocinet' (trocito) de la Menorca rural, de la auténtica", sostiene.

Hoy en día ya no es necesario reparar herramientas de madera y los 'araders' se dedican casi exclusivamente a fabricar barreras por encargo. El Consell Insular da algunas subvenciones para mantener las del Camí de Cavalls, y las paredes secas. "Prácticamente vivo del turismo, ahora estoy haciendo una para colgar como un cuadro, otra la envié a Alemania como cabezal, tres se fueron a Suecia. En el Pirineo hay muchas, los clientes nos envían fotos con las barreras nevadas, eso es algo que nunca veremos en Menorca", ríe Gomila hijo. 

Trabajo no falta, asegura Miquel. Lo que escasea es la vocación. "En mi época había ocho 'araders' solo en Es Mercadal, hoy quedan cuatro en toda la isla", cuenta con tristeza el padre. El último Inventario del Patrimonio Cultural Inmaterial de Menorca (IPCIME) recoge que actualmente tan solo quedan seis talleres.

Según datos oficiales, en 15 o 20 años la mitad de los araders como Miquel (59 años) se jubilarán. "Tengo una hija que es doctora y un hijo que está estudiando. Les gusta el oficio, serían la quinta generación, pero no los veo trabajando en esto", asume Miquel con resignación. Aunque no evita guardarse para si un ápice de esperanza. Piensa, ¿quién sabe?, el mundo da muchas vueltas. Tantas vueltas como da la Tramuntana, que sopla del norte.

Temas Baleares