ANIVERSARIO DE LA TRAGEDIA DE LA TERRA ALTA

Horta de Sant Joan: 10 años de espera

El pueblo en el que murieron cinco bomberos teme que el abandono rural recrudezca los incendios en la zona

El fuego del 2009 marcó la región, por el dolor de la pérdida y por la sensación de haber sido engañados

La base quemada de un pino, 10 años después del incendio en Horta de Sant Joan. Al fondo, a la derecha, la roca bajo la que perecieron los bomberos.

La base quemada de un pino, 10 años después del incendio en Horta de Sant Joan. Al fondo, a la derecha, la roca bajo la que perecieron los bomberos. / C.M.D.

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Carlos Márquez Daniel
Carlos Márquez Daniel

Periodista

Especialista en Movilidad, infraestructuras, política municipal, educación, medio ambiente, área metropolitana

Escribe desde Barcelona

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 “Estaban aquí cenando, eran unos 100 en esta misma sala, en silencio; solo se escuchaba el ruido de las cucharas. Alguno de ellos lloraban, porque habían perdido a sus amigos y porque sabían que habían escapado del fuego a través de un pequeño agujero”. Salvador Miralles, propietario de dos hoteles en Horta de Sant Joan, tiene muy presente la comida que sirvió a esos bomberos que durante todo el día, un martes de julio del 2009, estuvieron luchando contra un incendio que había matado a cuatro de sus compañeros tras un repentino cambio de viento. Un quinto fallecería en el hospital a los cuatro días, y un sexto se salvó de milagro. Diez años después, aquel desastre sigue muy presente en el pueblo, y no solo porque el nombre del municipio ha quedado unido a la tragedia, como pasa con Alcàsser, Puertourraco, Biescas o Alfacs, sino porque los vecinos temen que vuelva a repetirse por culpa del progresivo abandono del campo, que está convirtiendo su montaña en un polvorín. Con ellos justo en el epicentro.

Monolito en homenaje a los bomberos fallecidos, en el mirador de las Roques de Benet / JOAN REVILLAS

 La imagen infunde respeto aunque haya pasado una década. La base del árbol, con la corteza quemada, contrasta con la copa, rebosante de vida. Es la seña de un fuego atroz y veloz. A su alrededor, comunidades de pequeños pinos de apenas un metro, de un verde reluciente que irá oscureciendo con el tiempo y que intentan sobrevivir en el descontrol vegetal que sigue a cualquier desastre natural. Justo encima, la pared de roca que atrapó a Ramón Espinet, Jaume Arpa, Pau Costa, Jordi Moré y David Duaigües, los cinco jóvenes bomberos del Grupo de Actuaciones Forestales (Graf) que no pudieron burlar al infierno. También estaba con ellos Josep Pallàs, el único que se salvó. A la zona se llega a través de incómodas pistas que comunican las masías (Don Pedro, Silvestre, Andill, Pixantó, Fondos, Sotorres, Lluà, Moreno, Franqueta…) que tiempo atrás estaban habitadas por vecinos que trabajaban la tierra, que cuidaban de su ganado, que, en definitiva, formaban la primera línea de prevención de cualquier fuego. La última, cuenta Salvador, la abandonaron hace unos siete años. 

Cisco Subirats es de los pocos que sigue con la agricultura y la ganadería en la zona. Atiende a este diario en una de las 40 hectáreas que gestiona, con el mercurio en los 34 grados, sin sombra y con la ayuda de dos tractores y un sombrero de paja. No todas las tierras son suyas, y ahí está el problema: “Cada vez menos personas abarcamos más terreno; eso es muy peligroso”. Recuerda cómo las llamas se quedaron a los pies del pueblo, cómo el fuerte viento hizo que el fuego saltara carreteras y ríos. “De verdad que no sé qué demonios hacían esos chicos ahí arriba”, lamenta. A sus 45 años, está convencido de que forma parte de la última generación que se va a dedicar a la agricultura. “Y eso es fatal para el campo, porque en tres o cuatro años de abandono ya tienes formado el bosque, un caramelo para cualquier incendio”. El reciente desastre de Ribera d’Ebre, donde el fuego arrasó más de 5.000 hectáreas, fue un buen ejemplo: las llamas orillaron las praderas cultivadas. “Lo del 2009 fue muy duro, pero debemos hacernos a la idea de que esto será cada vez más habitual”.

Ciscu, en una de sus tierras, señala la roca bajo la que murieron los bomberos / joan revillas

A todo ello hay que sumarle la crisis climática. En Horta de Sant Joan solían tener un año de fuerte sequía cada cuatro o cinco años, señala el alcalde, Jordi Martin, con el cargo recién estrenado. Topógrafo de profesión, advierte de que aquí apenas ha llovido desde noviembre, lo que ha obligado a imponer restricciones de agua. Por ahora, solo en las explotaciones agrícolas, entre las 21 y las 7 horas. Cisco tampoco entiende esta mala racha meteorológica, aunque tiene una teoría: “Cuando parece que viene tormenta, unos aviones tiran un producto que deshace las nubes. Creo que tiene que ver con Port Aventura y los arrozales, a ellos no les interesa que llueva…”.

"Cada vez se trabaja menos la tierra y eso es muy peligroso, porque en tres años tienes formado el bosque, un caramelo para el fuego"

Ciscu Subirats

Agricultor y ganadero

En julio del 2009, el hoy alcalde era un joven de 29 años recién llegado desde El Prat de Llobregat. “Nos estábamos haciendo la casa con mi pareja, que es de aquí. La estábamos pintando cuando empezó el incendio; el impacto fue inmenso”. Cuenta que el día 21, cuando se cumplan 10 años exactos de la tragedia, se celebrará un homenaje en el monolito colocado en el mirador de las Roques de Benet que queda frente a la zona que se quemó, en la estrecha carretera PR-C 185. También se organizará una marcha atlética a la que se espera que se apunten muchos bomberos y se montará una exposición en la antigua prisión que podrá visitarse hasta el 5 de agosto.

Un anciano pasea por Horta de Sant Joan a media tarde / JOAN REVILLAS

Con una población de 1.180 personas, Horta de Sant Joan, según advierte el concejal, ha perdido un 10% de población desde principios de siglo. Dice que es un problema de toda la comarca de la Terra Alta, donde -comparte con Ciscu- cada vez hay menos explotaciones agrícolas y ganaderas. La Catalunya vacía, lo llaman, un fenómeno global. La cosa, asegura, está basculando hacia el turismo familiar, de la mano de las rutas verdes en bicicleta, el vino, el aceite o el Centro Picasso de Horta, un homenaje a las dos ocasiones en las que el genial pintor malagueño recaló en el pueblo. A Salvador le gusta que vengan visitantes, pero es consciente de que el pueblo necesita mantener sus raíces para sobrevivir.

Antes que hotelero, trabajó como pastor desde los 13 hasta los 17 años en la masía familiar. Ahí vivía solo la mayor parte del año, en medio de la montaña, y se arreglaba con lo poco que tenía. Dice que era muy feliz, que entonces el campo estaba lleno de animales que lo mantenían todo limpio. Sobre el fuego, lamenta que las autoridades les dejaran al margen, que no les permitieran actuar sobre un terreno que conocen a la perfección. Recuerda que las llamas se quedaron a pocos metros de su otro hotel, que la vaca que ahí tenía no había manera de sacarla. "Parecía que tuviera que quemarse el pueblo entero, era terrible, las llamas no llegaban a quemar la raíz de los árboles, solo arrasaban la superficie y avanzaban con mucha rapidez. En las calles flotaban pequeñas brasas ardiendo".

Pueblo engañado 

En la plaza de Catalunya, bajo un sol de justicia pero parapetados en una sombra, toman algo Jaume, Martí y Ramon, tres veteranos del lugar. Una caña y el 'Sport' sobre la mesa. Uno de ellos tiene unas 20 hectáreas que ha cedido a un conocido. Él no saca tajada porque la cosa no da margen. Ahondan en el tema del abandono de las tierras, y tienen claro lo que les quita el sueño: "No es lo que pasó, sino lo que puede pasar porque cada vez hay más bosque". De aquello días coinciden en la sensación de "engaño", porque, dicen, nadie les dijo la verdad sobre lo que había pasado". "A aquellos chicos los mataron en el momento en el que los mandaron tan arriba. Lo mínimo que podrían hacer es admitir que se equivocaron". El ánimo del pueblo, sostienen, "quedó muy tocado", por la muerte de los bomberos "y por la sensación de estafa". En otra de las terrazas, Miquel cuenta que pasó cuatro días sin dormir en la masía, con su hijo Jordi. Salvaron la finca. "Los bomberos nos dijeron que nos fuéramos. Pero ni hablar, no nos movimos de ahí". 

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En estos 10 años, Horta de Sant Joan no ha vuelto a registrar un solo incendio. Pero sus vecinos destilan el miedo propio de quien vive encima de dos placas tectónicas que cualquier día volverán a colapsar. Aunque en su caso, más que una amenaza natural, se trata de un cambio radical de sociedad, de modelo económico y de prioridades. Un cambio de vida.