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EMPIEZA EL ESTÍO

Un verano de más calor y menos playa

Los meses de canícula empiezan con una larga ola de calor que multiplica el riesgo de incendios

La crisis climática achica los arenales metropolitanos en un 25% y BCN pierde cuatro banderas azules

Carlos Márquez Daniel

Tres mujeres en la playa 

Tres mujeres en la playa  / RICARD CUGAT

El verano va por generaciones. Los niños abren casi tres meses de locura. Empiezan bien, con la disciplina escolar aún fresca, pero terminan martilleando el umbral de la paciencia paterna. Los jóvenes viven sus primeros viajes, en tren, o en un coche compartido, descubriendo Catalunya, España, o quién sabe si Europa. Los adultos que tienen la suerte de trabajar contarán los días para irse de vacaciones. Las playas se llenarán de propios y extraños, blandiendo su sello de calidad de agua “excelente” en prácticamente todo el litoral, en el 99% de los arenales. A la montaña irán los listos, los que huyen de las hordas. Helados, piscinas, horchatas, sombrillas, crema solar, paseos, bicicletas. Y petardos. Porque todo empieza la noche del 23 de junio con la verbena de Sant Joan, cuando cualquier precaución es poca. Este año, le seguirá además una ola de calor que empieza en el peor momento posible, en el albor del verano, minando la humedad y multiplicando el riesgo de incendios.

La Barceloneta, el viernes, con la playa a reventar / RICARD CUGAT

Dice la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) que los termómetros subirán en julio y agosto algo más de lo previsible. En torno al medio grado. Es lo que cabría esperar después de la primavera más cálida del siglo XXI, según datos de la propia Aemet. Esto supondría un verano muy parecido al del 2018 en lo que respecta a temperaturas. El año pasado fueron 0,6 los grados por encima de la media del periodo de referencia (1981-2010), aunque el mercurio osciló por debajo del sofocante trienio 2015-2017. Esas son las previsiones, pero lo que ya puede darse por seguro es la ola de calor que llegará tras la noche más larga del año, con temperaturas, en el interior de Catalunya, de entre 35 y 38 grados. Como de costumbre, se tratará de una bolsa de aire procedente del norte de África.

Xavier Castro, técnico de prevención de incendios del Departament d’Agricultura, no esconde su pesimismo. «El mensaje es de franca preocupación, puesto que empezar el verano con una ola de calor tan prolongada, de siete días o más, es lo peor que podía pasarnos». La parte buena es que se ha avanzado mucho en materia de prevención y extinción. También la sociedad, quizás a base de golpes, como el sufrido por la muerte de cinco bomberos en Horta de Sant Joan en julio del 2009, ha tomado mayor conciencia. Pero eso no quita que esta canícula vaya a ser catastrófica para la temporada. Por dos razones. «La humedad del bosque bajará en picado y las plantas, para mantener el máximo de agua posible, empezarán a expulsar hojas». Ese sobrante natural es un auténtico caramelo para los incendios. Por algo las barbacoas suelen encenderse con hojas secas. 

Tareas de extinción del incendio del Perelló, el 11 de junio / jaume sellart (efe)

En lo que llevamos de año ya se han quemado 588 hectáreas, casi el triple que en todo el año pasado (202). Tiene trampa, ya que el 2018 fue el que menos fuegos registró en los últimos 15 años. Castro recuerda que solo el 10% de los incendios se originan por causas naturales, por eso se atreve a invitar a la ciudadanía a evitar los bosques durante la próxima semana. «Si sumamos la ola de calor con el hecho de que van a quedar muchos petardos por tirar, sin duda van a ser unos días de un riesgo extraordinario». Aun así, desliza algo de optimismo: «Hemos conseguido reducir los incendios en los meses de verano, y lo hemos hecho en situaciones desfavorables».

Por aquello de comparar, a modo de contexto, en Barcelona, según el anuario municipal de 1918, la temperatura media de la ciudad en agosto de aquel año fue de 24 grados. El observatorio estaba entonces en la Universitat de Barcelona. En el mismo mes, 100 años después, y según las mediciones realizadas en la estación del Raval, la media fue de 27,1 grados. Si tomamos como referencia la temperatura media máxima, en 1918 fue de 29 grados y el año pasado, de 30,3º. En la temperatura mínima media, la diferencia es todavía mayor: de 18,6 a 24,4 grados. También existe un buen trecho en cuanto a la máxima detectada (de 33,5 a 36,9). Resulta curioso comprobar cómo ese documento histórico define el clima veraniego de entonces: "Entrada la noche de los días 5 y 22 de agosto, fuertes tormentas eléctricas. Durante el último día mencionado, algunas granizadas. Se repitieron durante la noche".

Banderas azules, aguas cristalinas 

Todo el que tenga ocasión podrá aliviar el calor en alguna de las playas catalanas. La Asociación de Educación Ambiental y del Consumidor (ADEAC-FEE) ha otorgado este año 97 banderas azules a sendos arenales del litoral de Catalunya. Han caído de la lista la playa de la Kalima (Caldes d'Estrac), Aiguadolç y Terramar (Sitges), Les Gavines (Cubelles) y la del Coco (Badalona). Por contra, en la lista ha logrado colarse la de la BarcelonetaNova Icària, también en Barcelona, la perdió el año pasado a consecuencia de las fuertes lluvias, pero no lo ha podido recuperar. Por demarcaciones, la zona más agraciada es Tarragona (32), seguida de Girona (28), Barcelona (26) y las Terres de l'Ebre (11). 

En cuanto a la calidad del agua, todas las playas excepto una han recibido la calificación de ‘excelente’ por parte de la Agència Catalana del Aigua (ACA). La única que tiene que conformarse con la nota ‘buena’ es la playa del Serrallo, en el término municipal de Sant Jaume d’Enveja. Este arenal está al lado de la desembocadura del Ebro, lo que implica que por ahí sale y se reparte todo lo que el agua ha arrastrado a lo largo de más de 900 kilómetros. Según la ACA, llevamos 15 años con más de un 90% de playas con excelente calidad de agua, a diferencia de la década de los 90, cuando solo el 26% estaban limpias. Esta gran mejora se debe a que hace 30 años no había depuradoras en muchos municipios costeros. Es decir, que todas las aguas residuales terminaban en el mar sin ningún tipo de filtro.

El mar rompe en los arenales de Gavá, el viernes / Ricard cugat

Más allá de la belleza y la calidad, hay un dato inquietante sobre las playas, o como mínimo, las que afectan al Área Metropolitana de Barcelona (AMB). Según un informe suyo, las playas de esta zona han perdido el 25% de la arena en tan solo cuatro años. Las causas están más que identificadas: crisis climática, falta de sedimentos naturales procedentes de los ríos y temporales cada vez más virulentos. El ente metropolitano ya trabaja con el Gobierno en una plan para "estabilizar" la situación. La idea es colocar, como alternativas a los espigones, tubos sumergidos y no visibles desde la superficie que se llenan de arena del fondo marino y reducen la fuerza del oleaje. Estas playas tendrán también un 17% menos de superficie. Sinónimo de más apretones. Y con todo sobre la mesa, un mensaje claro: la emergencia climática no son los padres. 

Temas: Verano Sant Joan