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Impulso a la integración en los barrios humildes para frenar a la ultraderecha

Entidades sociales y ayuntamientos intentan romper los guetos en los barrios más obreros que crecen en diversidad

A falta de fondos públicos, estructruras privadas como los bancos son de quienes acaban dependiendo estos proyectos

Elisenda Colell

La plaza Espanyola, en l’Hospitalet de Llobregat, espacio clave de convivencia entre los vecinos del barrio

La plaza Espanyola, en l’Hospitalet de Llobregat, espacio clave de convivencia entre los vecinos del barrio / FERRAN NADEU

Hace 50 años los “barrios obreros” se llenaron de familias inmigrantes venidas de otros puntos de España. El distrito de La Torrassa y Collblanc, en L'Hospitalet de Llobregat es uno de ellos. Zonas de casas baratas que hoy lo siguen siendo. En tan solo un kilómetro cuadrado viven 52.000 personas de 120 nacionalidades distintas. Y es que los inmigrantes han dejado de ser murcianos, extremeños o andaluces, para venir de los cinco continentes. Familias recién llegadas conviven puerta a puerta con personas mayores que llevan ya más de 40 años en el mismo lugar, junto a la pobreza, el paro crónico y los desahucios como emblema del estigma. La línea fina entre la ignorancia y el recelo dificulta la convivencia. Ante la falta de proyectos de la Administración, ayuntamientos y entidades sociales se abrazan a las donaciones privadas para luchar contra el odio al inmigrante que ya propone sin complejos la ultraderecha.

“Los inmigrantes roban y nos quitan las ayudas sociales o el trabajo” y “los españoles son unos racistas que nos quieren fuera”. Son rumores o eslóganes que, si se repiten mucho, pueden desembocar en graves problemas sociales y vecinales. “Antes los vecinos eran una gran familia: compartían la crianza de los hijos y las redes vecinales eran fortísimas, porque también todos provenían de sitios muy similares, no había recelos”, explica el concejal de Bienestar de L'Hospitalet, Jesús Husillos, que constata que ahora la realidad no es la misma: “Los padres envejecen y se encierran más en casa, los hijos se han ido del barrio, y llegan personas muy distintas a ellos”. Un panorama social difícil de gestionar, que los expertos definen como “coexistencia”. No te quiero echar del barrio, sé que existes, pero te ignoro, no formas parte de mi gente: tu con los tuyos y yo con los míos. 

“Con una chispa se puede encender el conflicto, el 'fuera inmigrantes del barrio'.  Nuestro objetivo es llegar al estadio de la convivencia, lograr que los vecinos se relacionen, se ayuden y se entiendan", asegura Francesc Ventura, director de Intercultural y Cohesión Social de La Caixa que financia el proyecto de Intervención Comunitaria Intercultural (ICI). La profesional que coordina el proyecto en la Torrassa es Roberta Vasallo. “Nadie se ha acercado a los inmigrantes para preguntarles qué barrio quieren, qué necesitan. Porque también es su barrio, aunque no se lo digamos”, explica. Entre sus tareas está la de mediar para conseguir la convivencia en la única plaza del barrio, la Espanyola. “Las personas mayores se quejaban porque las familias inmigrantes jugaban con los niños a pelota y molestaban a las terrazas”, explica el concejal. Ahora se van acostumbrando a las exhibiciones culturales como el iftar, la celebración de la comunidad islámica cuando culmina el Ramadán.

Pero la intervención social va más allá. “Es esencial que la administración conozca al diferente. Sí que faltan recursos, es obvio, pero tenemos que aprovechar los que tenemos al máximo y no siempre lo hacemos”, lamenta Vassallo. El año pasado, los profesionales del CAP y docentes participaron de talleres y encuentros para entender e interactuar con las distintas comunidades de inmigrantes. “Tenemos que cambiar la forma como nos miramos, que las miradas de desconfianza se transformen en guiños de complicidad”, explica Felipe Campos, responsable de la Asociació Educativa Itaca, que también desarrolla el proyecto en el barrio.  

En realidad, el caso de la Torrassa es solo uno más. El proyecto ICI lleva cuatro años presente en 37 zonas del Estado. Por ejemplo, en Salt, en Girona; El Ejido, en Almería; Bailén, en Málaga; San Cristóbal de la Laguna, en Tenerife.... En Andalucía, tras cruzar los resultados electorales, los datos indican que aún queda mucho trabajo por hacer.

“Las mujeres paquistanís están muy solas. Tenemos que salir a la calle”

Saida Saheer, vino del Pakistán hace 10 años. Fundó la primera (y única) mezquita del barrio de la Torrassa.

Miembros del Centre Cultural Islàmic Camí de la Pau. Imrah, el imán, Saida, Ayesha y Mohamed Soufi. / FERRAN NADEU

Saida se ha convertido, sin quererlo, en la referente de la comunidad pakistaní de la Torrassa. Gracias a ella, los técnicos de integración consiguen conocer estos vecinos y lograr su implicación. Y es que, esta es una de las comunidades que se detectan con mayor problemática en L'Hospitalet. Entre los vecinos pakistanís del barrio, las enfermedades metabólicas, especialmente la diabetes, se puede llegar a duplicar respecto al resto del vecindario. “Nos proponían recetas de comida de aquí, pero nosotros lo ignorábamos, seguíamos cocinando los platos paquistanís”, explica Saida. Y claro, el problema de salud, lejos de mejorar, empeoraba.

Junto a los técnicos del ICI, los médicos del CAP conocieron los platos típicos de esta comunidad. Crearon juntos un recetario saludable con consejos de salud. Máximo dos paratha a la semana, substituirla por pan integral, hacer txapati con garbanzos, y comer más karela, una verdura típica de su tierra. “Ahora sí que podemos hacer la dieta”, asegura Saida.

Otro problema grave de esta comunidad es el alto número de mujeres pakistanís con depresión. Se calcula que hay alrededor de 300. “Casi todas”, lamenta Saida. Esta circunstancia se dá porque en Pakistán suelen vivir varias familias en la misma vivienda. Los hombres se van a trabajar y ellas se encargan de la crianza de los hijos. “Aquí se pasan el día solas en casa, no saben qué hacer, tampoco entienden el idioma, y caen en la depresión”. No es el caso de Saida, que se puso a trabajar desde el primer día, pero reconoce que lo suyo no es muy habitual. “Normalmente, las mujeres suelen venir después con los niños, el marido ya se ha adaptado”. Por ello, desde el proyecto están intentando implicar a estas mujeres, sacarlas de casa y enseñarles catalán, castellano y facilitarles formación. “Tienen que salir a la calle”, insiste Saida.

Tampoco es fácil llegar a un país totalmente distinto y darte cuenta que te ven como un terrorista. “Un señor me dijo: quítate esta manta de la cabeza. Te juro que esto te duele”. Se refería al hiyab, la pieza de ropa que le cubre la cabeza, pero que deja libre el resto de la cara. A los cuatro años de llegar a España, fundaron la mezquita. No fue fácil. “A la gente le da miedo estar con nosotros, tenernos cerca. Es durísimo que nos vean como a terroristas”. En el marco del proyecto, hace un par de años decidieron hacer un iftar popular, que consiste en compartir con los vecinos los platos típicos del país justo cuando rompen el ayuno del ramadán. “Me daba mucho miedo, pensaba… ¿y si nos tiran huevos?”. Pero no pasó nada. La gente vino, comió y les conoció. “Nos faltó comida”, recuerda con una sonrisa. Y añade: “Nosotros también tenemos estigmas que romper, no todos los españoles son racistas”.

“Nos dá miedo que nuestros hijos caigan en la delincuencia”

Berenice Peralta vino de República Dominicana en 2006. Estudió márquetin pero lleva 11 años trabajando en una peluquería y cuidando sola de sus dos hijos.

Beranice Peralta, dominicana. / FERRAN NADEU

“Parece que tenemos menos barreras que la comunidad paquistaní. Por el idioma y por la cultura, pero no os verdad”, señala Berenice, una de las primeras dominicanas del barrio de La Torrassa. Se ha convertido también en la interlocución de la comunidad, que en general, no está muy bien vista. A raíz del tráfico de drogas, son habituales las redadas policiales en el barrio a la búsqueda de delincuentes nacidos en República Dominicana. “Para mucha gente de la Torrassa, ser dominicano es ser un narco. Y no es verdad”, dice.

Pero el racismo toca de otras formas. “Será la forma en la que hablo, será el pelo, que soy negrita. No lo sé pero a mí me miran mal”. Y pone de ejemplo una cola del súper donde le llamaron la atención. A ella sola. “Cuando yo estaba esperando, en orden”. Consciente de ello, cuando pudo traer a España a su hijo ya le preparó. “Le estuve diciendo durante mucho tiempo que él era negro, que tenía que estar orgulloso”. afirma.

Aunque el problema detectado aquí por los técnicos es el alto absentismo escolar que presentan los adolescentes dominicanos, mucho por encima que el resto de niños del barrio. Básicamente, porque vienen a media adolescencia con la reunificación, y su nivel académico es muy diferente. “Si dejan la escuela pero se ponen a aprender un oficio vale, el problema es que pasen el día en la calle sin hacer nada. De aquí al robo… cruzar la línea es muy fácil”, suspira. ¿Cómo se consigue atajar el problema? Es lo que están tratando de resolver con los profesores.

En primer lugar, las circulares de la escuela serán en castellano y catalán, para que los padres las entiendan. Además, han propuesto cambiar el horario de las reuniones escolares hasta las siete de la tarde. Normalmente los padres no suelen asistir por incompatibilidad con el trabajo. De momento profesores y dominicanos se han sentado y se han conocido, "que ya es algo", dice. "De lo que sí que nos estamos dando cuenta son los roles de género, los tenemos mucho más integrados de lo que me pensaba", asegura Berenice. Es algo que plantea que su comunidad debe cambiar, también para poder ayudar a sus hijos.

Berenice sí coincide en la soledad que sienten los inmigrantes al llegar a España. “A la que te miran mal un par de veces, o te hacen un mal comentario, prefieres encerrarte y como mucho estar solo con dominicanos". Ella lo ha notado mas con la crianza de sus hijos. "No sabes lo que he echado de menos a mi madre, para que me ayude con los niños”. Quizá cerca suyo alguna persona desconocida estaba dispuesta a hacerlo. Pero para ello se tenían que abrir dos puertas.

“Sería un desastre que VOX sacara votos aquí”

Mari Ángeles, jubilada y nacida en Valladolid, lleva más de 40 años viviendo en La Torrasa. Participa en un curso de cocina saludable intercultural.

Mari Ángeles (de frente con pelo corto) participa en una sesión de debate del grupo de cocina intercultural / FERRAN NADEU

“De verdad que no entiendo porqué les tenemos miedo, bueno les tienen. Yo no les tengo miedo”, mantiene Mari Ángeles, de 68 años cuando habla de la inmigración. Ahora esta mujer disfruta de su jubilación en un buen estado de salud pero ha trabajado muchos años en la hostelería. También emigró de algún modo, a los 30 años, cuando dejó Valladolid y vino a Barcelona a buscar trabajo.  

Ella es consciente que la inmigración no gusta. "Lo escocho cada día", dice. “Que si roban, que si son unos machistas, cerrados de mente… No lo entiendo, de verdad. La mayoría de la gente que dice estas cosas no se ha sentado nunca a hablar con un inmigrante”. Pero Mari Ángeles sí lo ha hecho. Cada semana participa de un curso de cocina, nacido de los talleres de comida saludable en el CAP. Se empezaron a apuntar vecinos, y de esto ya hace tres años. Ahora, una vez a la semana se reúnen en el instituto Marius Torres, donde elaboran distintos platos. La mitad de los asistentes han nacido en otros continentes.

Ella ha probado la multiculturalidad, y le ha encantado. Mantiene que se aprenden muchas cosas, de mucha gente. ¿Un ejemplo? “Jamila me enseñó a cocinar cuscús. Y me gusta muchísmo. Lo como una vez al mes, aunque lo preparo con menos especias porque a mis nietos no les gusta el picante”, explica.

A nadie se le escapa que es posible que la ultraderecha gane terreno en su barrio. “Si Vox saca buenos resultados en el barrio me podré muy triste. Sería un desastre, porqué les estaremos diciendo a los inmigrantes que no les queremos, y no es verdad- A mí me gusta que estén aquí”, dice.

El miércoles pasado, entre todos los miembros de su grupo de cocina, propusieron las actividades que iban a hacer durante el año. Una de las ideas, unirse al iftar popular de la comunidad musulmana con una clase magistral de cocina marroquí in situ. También hay quien sugirió conseguir un espacio muy grande donde enseñar a cocinar diversos platos de distintas culturas. “Pero ojo, que la gente se tiene que mezclar, tenemos que evitar que los marroquís estén con el plato marroquí, los peruanos con el peruano y los españoles con el español”, dice Miguel, un miembro del grupo. Mari Ángeles comparte esta visión. “Hombre claro, es que si no ¿qué gracia tendría? Lo bonito de que seamos diferentes es esto, que podemos aprender los unos de los otros”.

Temas: Inmigración