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RIESGO DE EXCLUSIÓN

Mil 'menas', en la calle y sin trabajo tras cumplir los 18 años

Migrantes tutelados salen de los centros de menores sin permiso laboral y apenas ayudas sociales al cumplir la mayoría de edad

La Generalitat y el tercer sector piden cambios en la ley de extranjería para garantizar la inserción de estos jóvenes

Elisenda Colell

Dos chicos magrebís a punto de cumplir los 18 años, que viven en un piso de inserción en Sabadell.

Dos chicos magrebís a punto de cumplir los 18 años, que viven en un piso de inserción en Sabadell.

Solo en Catalunya, este año 1.100 menores inmigrantes tutelados por la Generalitat van a cumplir los 18 años. Son las previsiones que maneja la Conselleria d'Afers Socials a las que ha tenido acceso EL PERIÓDICO. Unos datos provisionales que seguramente aumentarán con las llegadas que se produzcan a lo largo del 2019. A estas cifras se les tienen que sumar los 700 chicos que alcanzaron la mayoría de edad el año pasado y los centenares que harán lo mismo en el resto de España. Ninguno tendrá acceso a un trabajo legal y una gran mayoría tampoco optará a ayudas sociales. Vienen a trabajar, pero no pueden. Su inserción pende de un hilo. Corren el riesgo de acabar durmiendo en la calle.

Según la ley de extranjería, solo pueden trabajar legalmente en España los adultos que logran un contrato de un año entero a jornada completa. "No lo consiguen los universitarios, ¿cómo van a lograrlo ellos? Les estamos obligando a vivir en la miseria o a delinquir", afirma Lluís Vila, vicepresidente del Col·legi d'Educadors Socials de Catalunya. La Generalitat pide al Gobierno central un cambio en la ley estatal: "Catalunya es tierra de destino y la legislación no puede ser un obstáculo para su inserción", afirman fuentes del Ejecutivo catalán. "Se nos da muy poco tiempo, poco más de un año, para conseguir que los chicos pasen de ser recién llegados a tener una plena autonomía", apunta Ferran Rodríguez, patrón de la fundación Eveho, especializada en la emancipación social de jóvenes tutelados.

Formación en entredicho

Mientras los catalanes de 16 años ya pueden trabajar, los inmigrantes tutelados no pueden hacer ni una formación homologada. Son hijos del Govern y simpapeles al mismo tiempo. Para inscribirse necesitan un permiso de residencia, que la Oficina de Extranjería admite que suele tardar hasta 10 meses. El motivo, "hay que demostrar que es imposible retornar a los chicos a su país". Y si los jóvenes no tienen pasaporte, el caso se alarga porque entra el juego el consulado de Marruecos.

Son hijos del Govern y simpapeles al mismo tiempo

A los menores sin papeles sí se les permite trabajar si tienen alguna oferta laboral, aunque sea precaria. "Las empresas no pueden esperar a que se resuelva el trámite", explica Rodríguez. "Solo hemos logrado contratos cuando las empresas están muy implicadas y aguardan. No hay muchos casos". Además, este permiso "se extingue al cumplir los 18 años", critican fuentes del Govern. "La única alternativa son los cursos del Servei d'Ocupació de Catalunya (SOC)", explica Miriam Mascato, directora de un piso de inserción social. Muchos chicos pasan el día haciendo cursos de catalán y castellano, a veces impartidos por voluntarios.

La máxima exclusión

Por un lado, hay chicos que cumplen los 18 y abandonan los centros en la irregularidad total. Y sin documentación no hay rentas sociales. Para evitar este efecto, la Generalitat está facilitando prórrogas de estancia en los centros tutelados que lo piden hasta que llegan los papeles. "¿Hasta cuándo nos lo dejarán hacer?", se preguntan algunas entidades sociales, que temen que la Administración no sea tan cautelosa cuando haya una nueva ola de menores en verano.

Sin papeles, no pueden recibir ingresos

En algunos casos al retraso de Extranjería para dar los papeles se le tiene que sumar el del propio centro de menores al inciar el procedimiemto, o el nulo seguimiento que tienen los chicos que cumplen penas judiciales. "Los trabajadores no están formados sobre cómo funciona el trámite", explica el abogado Albert Parés, que acusa la Generalitat de "incompetencia" tras visitar centros de menores y otorgar formación jurídica por su cuenta. 

Sin ayudas sociales

Tampoco tienen mucha alternativa los jóvenes que salen del sistema con permiso de residencia. Legalmente, la Generalitat debe pagarles 660 euros mensuales durante tres años como jóvenes extutelados que son. Sin embargo, si han estado menos de tres años tutelados, esta paga culmina a los seis meses. Como la mayoría de menores extranjeros que llegan solos lo hacen con 16 o 17 años, en medio año la calle es su única alternativa. "Se quedan sin nada hasta los 23. No pueden acceder ni a la renta garantizada de ciudadanía. Hay que cambiar esta situación urgentemente", pide Ana Villa, responsable de la Federació d'Entitats de Pisos Asistits. Además, el tiempo les va a la contra. Al cabo de un año tendrán que renovar el permiso de residencia y corren el riesgo de volver a la casilla de salida y quedarse en situación irregular.

"Se quedan sin ayudas hasta los 23 años. Hay que cambiar esta situación"

Ana Villa

 responsable de la Federació d'Entitats de Pisos Asistits (FEPA) 

Además, acceder a un piso de emancipación es una lotería: el Govern dispone de poco más de 500 plazas para atender los más de 2.000 chicos extutelados de toda Catalunya, también los nacidos aquí. Algunas entidades intentan alquilar pisos por su cuenta para evitar el desastre, conscientes que van a perder dinero. "Si están durmiendo en la calle, es imposible que se impliquen en proyectos o vayan a cursos", lamenta Villa.

Municipios "superados"

Al final los ayuntamientos son quienes deben afontar el drama. Ciudades como Barcelona, Girona, Manresa o Santa Coloma de Gramenet han visto aumentar el número de jóvenes magrebís extutelados que duermen en la calle, en los albergues municipales o en pisos ocupados. Otras, como Vilafranca del Penedès, se están empezando a preparar para dar acogida.

No obstante, hay casos en los que las administraciones se quedan al margen, pues muchos chicos acaban acudiendo a mezquitas a pedir ayuda. Fuentes de la comunidad islámica insisten sin embargo en que, a diferencia de lo que ocurre en Marruecos, aquí los templos de culto no permiten la pernocta y solo les pueden dar de comer.

Mesquita de Al Riduan, en Badalona / DANNY CAMINAL

"La demanda de personas sin hogar ha crecido y no podemos aumentar la partida presupuestaria", explica Carme Santolària, regidora de Servicios Sociales en Manresa. En esta ciudad se ofrecen cursos y apoyo jurídico para tramitar los papeles a 50 chicos magrebís. La mayoría ocupan pisos tras salir de los centros de alrededor de la capital del Bages. En Girona, con el albergue municipal lleno, unos 20 chicos reciben un apoyo similar, aunque el consistorio calcula que al menos unos 200 malviven ocupando viviendas entre Girona y Salt. "Ellos quieren trabajar, el problema es que no pueden, y tramitar los papeles cuando son mayores es más complicado", dice la concejala Eva Palau.

En Barcelona, la alta demanda ha llevado al ayuntamiento abrir un albergue especializado para jóvenes y se ha duplicado la presencia de jóvenes sin hogar. "Necesitamos una respuesta de país a este fenómeno. Barcelona no podrá resolverlo por sí sola, y la Administración que tutela a los menores no puede generar sinhogarismo", apunta la teniente de alcalde de Derechos Sociales, Laia Ortiz

Soumia: “Necesito un milagro”

"Marruecos es un país muy malo, hay hombres muy malos. Ya sea el rey, Mohammed VI, como cualquier vecino". Así es como Soumia habla de su país. Hace dos años logró salir de casa para no volver. Ahora, con los 18 recién cumplidos, vive en un albergue de Barcelona para personas sin hogar y no tiene permiso para poder trabajar legalmente.

Ella nació en Kenitra, cerca de Rabat, pero la mayoría de su vida la ha pasado en Castillejos (Marruecos), al lado de la frontera con Ceuta. Le cuesta mucho leer en árabe, y la escritura le es imposible. "A los 12 dejé de ir a la escuela, mi madre es muy pobre y me pidió que le ayudara a vender ropa en la frontera". A su hermano mayor le tocó probar suerte en Europa. En el 2000, con solo 13 años, se lanzó al mar de Alborán. Ahora vive en Benalmádena, no tiene trabajo y se ha quedado sin papeles.

Soumia tiene 18 años y vive en un albergue de Barcelona / ALBERT BERTRAN

Pero la adolescencia de Soumia no ha sido nada fácil. Un año después de dejar la escuela tuvo que vivir la peor experiencia de su vida. Un hombre, amigo de su tío, abusó de ella. "Me tapó la boca y me arrancó el pantalón. Lo que viene después ya te lo puedes imaginar". Con 14 años muchas de sus amigas consiguieron un trabajo fácil. "Te ibas con hombres a cambio de 20 euros, te compras ropa buena, móvil, puedes hacer tu vida". Ella, dice, siempre se negó a hacerlo. "Antes me muero de hambre". Desde entonces tuvo clarísimo que su futuro, si lo había, estaba fuera de Marruecos. Y al final consiguió convencer a su madre para salir de allí.

"El truco es muy fácil: cruzas la frontera con tu madre, luego ella se va y tú te quedas". Así es como se convirtió en 'mena' en territorio español. Entró en un centro de menores de Ceuta, y aprendió a leer y escribir en castellano. "Muchas chicas se escapan, fuman… yo siempre me he portado bien". Hace apenas un mes que los educadores le enseñaron la puerta del centro. Había cumplido 18 años: "Ahora ya te puedes ir a la Península". Y ella lo tuvo claro. Destino: Barcelona.

"Quiero aprender catalán, estudiar y trabajar. De lo que sea. "

Soumaia

joven marroquí de 18 años

Cogió un ferri hasta Algeciras y de allí un autobús hasta la capital catalana. Dice que el trayecto lo afrontó con la paga semanal que daban en el centro de menores. "Los últimos tres meses conseguí ahorrar los 100 euros que cuesta el billete". Con 18 años y dos días se plantó en la capital catalana. "No he dormido en la calle de milagro". Una compañera suya de Ceuta hizo el mismo recorrido  en verano y le dijo exactamente lo que tenía que hacer. Primero entró en los centros de acogida de emergencia, previstos para la 'operación frío'. Ahora está en un albergue municipal, pero sabe que el tiempo le va a la contra. En cuatro meses le caduca el permiso de residencia y no tiene permiso para trabajar legalmente en España. "Necesito un contrato de trabajo pero las empresas no me lo pueden hacer porque soy simpapeles. En realidad necesito un milagro". Lo que tiene clarísimo es que a Marruecos no va a volver. Está convencida que en Europa le espera una vida mucho más segura. "Quiero trabajar en la limpieza, de camarera, o lo que sea. Me gustaría estudiar, aprender catalán y tener un sitio donde vivir. Tampoco pido tanto, ¿no?"

“No somos delincuentes, venimos a estudiar y trabajar”

Hace tres años, en el 2016, Mohamed dejó la escuela de Marruecos y se puso a trabajar. El objetivo, pagarse un asiento en una patera dirección Europa. Con su padre, un humilde panadero de Alzalkibir, planeó su huida a España. “En Marruecos estaba condenado a ser pobre”. Él es el mayor de una familia de 5 hijos.

A mediados de junio, era uno de los adolescentes obligado a pasar la noche en la sala de espera de la Fiscalía de Menores de Barcelona, en la Ciudad de la Justicia ante la falta de plazas de la Generalitat, saturada por la llegada de chicos como él. En aquel momento, se sentía en Eldorado, la tierra prometida. Había llegado a Barcelona y estaba preparado para convertirse en un gran jugador de fútbol. Extasiado, solo podía pronunciar dos palabras en castellano: “centro” y “Barça”.

"La patera se llenó de agua, estuvimos sacándola toda la noche para no ahogarnos"

Mohamed

Menor estrangero tutelado 

Medio año después, empieza a asimilar lo vivido. Desde el piso tutelado de la Generalitat, que gestiona la fundación Eveho, recuerda la noche que cruzó el estrecho en una barcaza. Dos mil euros para estar a punto de morir ahogado. “Éramos 40 chicos como yo, todos menores. El agua nos llegaba hasta el cuello. Estuvimos sacando agua como podíamos toda la noche”. Sobrevivieron. En cuanto llegó a Andalucía, un contacto les dio un billete de autobús hasta Barcelona: “El paraíso donde llovía el dinero y el trabajo”. Ríe.

Hoy ve que la cosa va para largo. Lo primero, lo tiene clarísimo: “aprender catalán”. También estudia inglés. De hecho, se levanta cada día a las siete de la mañana para ir de Sabadell a Canyelles, Barcelona, donde aprende el idioma. “Claro que quiero trabajar, hacer un curso, pero si no sé hablar ni escribir… qué haré?”. Lo de ser el nuevo Leo Mesi, lo deja para más adelante, “me veo de entrenador o trabajando de árbitro”, explica. De momento juega en el Singuerlín de Santa Coloma de Gramenet. Los entrenamientos, una gasolina para no decaer en la frustración. Y las tardes, hacer deberes de catalán. Todas.

En un mes será mayor de edad y los papeles aún no han llegado. “Claro que me dan miedo los 18, mentiría si te dijera que no”. Pero está tranquilo, sabe que tendrá una prórroga en el centro donde vive. La misma prórroga que logró Slimani, su compañero argelino que ya cumplió los 18 años y sigue viviendo con él hasta conseguir un permiso de residencia.

Slimani y Mohamed, miran en la ventana la ciudad de Sabadell, des del piso de inserción social donde viven / Anna mas

 “En cuanto le dijimos que se podía quedar en el centro, que no iba a salir a la calle, le cambió la cara, empezó a sonreír y a comer”, explica la responsable del piso, Miriam Mascato. Slimani llegó al piso de inserción tras pasar por dos centros de menores catalanes, que no habían iniciado el trámite para obtener su documentación. Además, vino sin pasaporte.

“Ahora estoy más tranquilo”, explica. Cada día se levanta a las seis de la mañana para ir a estudiar. Ha hecho un curso de cocinero, otro de jardinero… aunque su situación irregular le impide conseguir un trabajo. “Haré lo que haga falta”. Él dejó su familia hace dos años, sin avisar a sus padres. “No llamé a casa hasta que llegué a Barcelona. Mi madre se pensaba que estaba muerto”, asegura.

"Hay chicos que estan obligados a llevar dinero a Marruecos, por suerte nuestras familias entienden que va para largo"

Slimano

Jóven marroquí tutelado

Lo que más les duele son las miradas de recelo de la sociedad catalana. “En cuanto nos oyen hablar en árabe, ves mujeres que cogen fuerte el bolso, como si les fuéramos a robar. Esto es algo a lo que aún no me he acostumbrado”, dice Mohamed. “Que haya algunos que no quieren hacer las cosas bien no significa que todos los chicos marroquís seamos unos delincuentes. Yo solo quiero estudiar y trabajar. Hacer las cosas bien”, subraya Slimani.

Aún así, ambos reconocen que hay chicos que tienen una presión de la familia que les obliga a traer dinero a Marruecos. “Estás en España, todo el mundo lo da por hecho”. Ellos dos están tranquilos. Agradecen que sus padres comprendan que aquí, las cosas no son tan fáciles. “No nos dán ninguna prisa, solo quieren que estemos bien".