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la crisis de los 'menas'

300 niños de la calle flirtean con las drogas y la delincuencia en Catalunya

Los Mossos consideran una prioridad contener los delitos que cometen los menores de entre 13 y 18 años

El Ayuntamiento de Barcelona ha detectado este año a 54 adolescentes fugados que malviven en la ciudad

Guillem Sànchez Elisenda Colell

El Periódico sigue las rutinas de los menores. / FOTO: FERRAN NADEU / VIDEO: EL PERIODICO

Los datos que recogieron los Mossos d'Esquadra y la Guardia Urbana a lo largo del 2018 hacen aflorar una realidad incómoda: los menores marroquís de entre 13 y 18 años son objeto de casi todas las detenciones que las policías practican por hurtos entre los 13 y los 18 años en Barcelona, según fuentes consultadas por EL PERIÓDICO. Este balance se presentó en la última junta de seguridad local, celebrada a finales del mes de octubre, y se elaboró para averiguar el alcance real del problema de seguridad que pueden suponer los adolescentes tutelados por la Generalitat que hacen vida en la calle -coqueteando con la pequeña delincuencia- porque rechazan el sistema de protección que sí logra integrar a la inmensa mayoría de los menores extranjeros no acompañados, los 'menas'.

Un reciente informe de la dirección general de Atenció a la Infància i l’Adolescència (DGAIA), al que también ha tenido acceso este diario, concluye que un 19% de los 3.235 menores acogidos -unos 600- muestran una "baja convivencia" en los centros centros asignados y han consumido drogas -sobre todo inhalan cola- y un 9% -unos 300- ya han tenido problemas con la justicia, casi siempre por hurtos, robos o resistencia a la autoridad.

Los niños del Raval

El 26 de septiembre este diario publicó un reportaje sobre una veintena de estos menores que inhalaban cola en los jardines de Sant Pau del barrio del Raval. Aquella información aparece citada en un oficio que el pasado 20 de diciembre la DGAIA envió a la Fiscalía. Incluía asimismo las conclusiones de un informe del Ayuntamiento de Barcelona, que cuantificaba en 22 los niños marroquís que se reúnen cada tarde en esa plazas de Ciutat Vella para consumir pegamento, y elevaba a 54 el total de menores, en situación alarmante, que pernoctaban al raso en Barcelona en el 2018. Un día más tarde, el 21 de diciembre, la Fiscalía encargó a los Mossos intervenir diariamente en los jardines y trasladar a los menores a la sede de la DGAIA para ser reubicados en centros de acogida. Fuentes policiales llaman la atención sobre la dificultad de cumplir con esta instrucción si los chavales se niegan a ser trasladados. "Si no quieren venir, ¿podemos obligarles?", se preguntan. La cuestión apunta al corazón de la crisis de los llamados 'menas refractarios', el grupo minoritario que reniega del sistema de acogida catalán. 

A lo largo de este año, el drama estaba en la falta de espacios para acoger a los jóvenes recién llegados. Tras abrir 2.500 plazas de emergencia, el desafío lo plantean quienes se escapan.

Donde se mueven los menores de la calle en Barcelona

Fuga autodestructiva

"Han venido solos hasta aquí, son muy autónomos, les cuesta aceptar la autoridad", subraya el vicepresidente del Col·legi d'Educadors SocialsLluís Vila, que apunta que el mercado laboral y la ley de extranjería -que no les permite trabajar hasta los 18 años- tampoco ayudan. "Han hecho un trayecto durísimo hasta aquí para gozar de la vida occidental, el hecho de averiguar que no va a ser ni rápido ni fácil dispara sus fugas a una vida en la calle y el dinero fácil", explica Vila. Solo así logran algunos 'éxitos', que difunden por las redes sociales vistiendo un chándal caro o bambas de marca. "Es su forma de decir a sus padres que no han fracasado". Pero también el carburante para el 'efecto llamada' que atrae a otros chicos a Barcelona.

Otro factor determinante está en la saturación de los centros de acogida, la falta de educadores sociales y la elevada rotación de los menores por los distintos equipamientos de la DGAIA. "Para que crean en ti necesitas que te acepten como un referente. Falta tiempo", explica Loli Rodríguez, responsable de la Fundación IDEA, que gestiona diversos centros tutelados. "Hacemos de vigilantes, no de educadores", lamenta Vila.

Niños de la calle en los jardines de Sant Pau, la noche del 4 de enero / Albert bertran

"Algunos jóvenes han desarrolldado un trastorno de la personalidad límite. Drogarse y robar son formas de autolesionarse para aliviar su frustración", señala Rodríguez. Según ella, la única solución es ingresarlos en centros terapéuticos o CREI (centros educativos con libertad restringida). Pero actualmente resulta "imposible" conseguir plazas. 

Una prioridad policial 

Mientras la Generalitat, tutora legal de los menores, trata de resolver la crisis, los adolescentes consumen cola, que tiene consecuencias devastadoras para un cerebro infantil, y se han convertido en un problema de seguridad ciudadana. "Porque de los hurtos pronto pasan a los robos con violencia", subrayan fuentes policiales, que también admiten sin tapujos que se han convertido en una "prioridad" para los Mossos.

Cuatro meses después del reportaje de este diario, siguen donde estaban. Durante la pasada noche del 3 al 4 de enero, una quincena de ellos descansaba en los bancos una vez los accesos principales del recinto, "el parque verde" lo han bautizado ellos, ya estaban cerrados. Inhalaban compulsivamente los vapores tóxicos de la cola o del disolvente -en bolsas de plástico o calcetines- para no tener "miedo, hambre o frío", según los educadores. La intoxicación afloró en algunas actitudes agresivas como peleas o lanzamientos de piedras. Sobre la una de la madrugada, el colectivo de Sant Pau se desplazó hasta Montjuïc, adonde llegaron cargando somieres y maderas para reconstruir el campamento que les han desmantelado recientemente, tras ser publicada su existencia por este diario.

Los menores han reconstruido el campamento en otro rincón de la montaña de Montjuïc. / ALBERT BERTRAN

Dormir en Montjuïc, robar en el Port Olímpic 

En el barrio del Poble Sec, y en concreto en la zona más cercana de la montaña, en la que se asentaron con maderas y colchones, los comerciantes están denunciando su acoso. Una mujer que lleva más de 30 en un colmado de la calle de Vila i Vilà explica que la 'visitan' continuamente. "Entran, cogen lo que quieren y se van corriendo", relata. En dos ocasiones durante el forcejeo la tiraron al suelo y ha optado por atender a los clientes con la puerta del establecimiento cerrada si está sola. "Pero si no pueden entrar, me la llenan de escupitajos". Según fuentes policiales, no obstante, los delitos más graves los cometen en el distrito de Sant Martí, sobre todo en la zona de ocio del Port Olímpic, robando a turistas ebrios. Los Mossos activaron el pasado 28 de diciembre un dispositivo conjunto de este distrito y el de Ciutat Vella para tratar de contener la ola de hurtos y tirones que se ha detectado tanto en este lugar como en el barrio del Poblenou y en Diagonal Mar. Por su parte, la DGAIA trabaja en el desarrollo de un plan piloto para identificarlos y asistirlos en materia de alimentación, atención psicológica y sanitaria en la capital catalana. 

Los Mossos observan con preocupación la realidad de Francia, un país que comenzó a recibir olas de menores desamparados en cifras proporcionalmente parecidas a las que afronta en el futuro Catalunya. La mala adaptación de un número grande de ellos ha acabado provocando en este país la existencia de una bolsa no despreciable de jóvenes desarraigados, drogodependientes y condenados a la delincuencia que, en algunos casos, son presas fáciles de las redes de captación del terrorismo yihadista. El reto que afronta la Generalitat, responsable de todos ellos, es gigantesco. Francia indica que si no se halla la manera de integrarlos, se convierten en un problema de seguridad cada vez mayor.