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VISITA AL RECINTO DE CAN LLUPIÀ

Un 'mena': "Con 12 años entré en España escondido en un camión"

Otmane viajó solo desde Marruecos, vivió en la calle y ahora está en un centro de justicia juvenil de Barcelona

La llegada de 'menas' incrementa el número de ingresos en recintos cerrados para menores que cometen delito

J. G. Albalat

Otmane, hace ayer en el centro de Can Llupià. / ALBERT BERTRAN (VÍDEO: ASLI YARIMOGLU)

Es tímido y le cuesta expresarse en castellano.  Otmane el nombre que ha elegido él mismo para contar su historia. Nació en Marruecos hace 17 años y solo con 12 llegó a la península a través de Melilla escondido en los bajos de un camión. En su país dejó a sus padres y a dos hermanos pequeños. “No tenía trabajo y mi familia es muy pobre”, explica. Ahora es uno de los ‘menas’ (menores no acompañados) que viven en el centro educativo de justicia juvenil de Can Llupia, en la falda de Collserola y que depende de la Conselleria de Justícia. Como él reconoce “hizo cosas malas” y un juez ordenó su internamiento. “Espero no volver nunca más aquí”, insiste.

En los últimos dos años ha crecido en un 19% (207 a 246) el número de menores internados en centros de justicia juvenil por la comisión de un delito. Se tratan de jóvenes de 14 a 18 años que, en la mayoría, han cometido robos con violencia o intimidación. La caída registrada en siete años anteriores se rompió a partir del 2016. La Conselleria de Justícia considera que el incremento se debe a la llegada de los ‘menas’ (menores inmigrantes no acompañados) que viven en la calle. La capacidad de los centros está al 84% y disponen de 50 camas libres. En el caso de que esta tendencia a la subida se mantiene, la Generalitat estudia la reapertura de una parte del centro educativo de Els Til·lers (Mollet del Vallés) que no está ocupado. Un dato: solo el 8,2% de los menores que pasaron en el 2017 por los juzgados (5.731) fueron internados.   

Las medidas de seguridad de Can Llupià, que ha sido visitado este viernes por la ‘consellera’ de Justicia, Ester Capella, son como los de una cárcel, pero su interior no tiene nada que ver; es mucho más amable. Aquí no existen condenas, sino medidas educativas. Las puertas de acceso a las dependencias se abren cuando el vigilante pulsa el botón. En el recinto hay habitaciones, aulas, talleres (como uno en el que los internos reparan bicicletas del Bicing). Un patio con hierba artificial; una caseta de madera, un huerto. Visiblemente emicionada, Ester Capella ha asegurado que lo que se pretende es ofrecer a estos muchachos las herramientas para que cuando salgan puedan tener una "vida normal en plenitud" y con igualdad de oportunidades.

Otmane lleva una sudadera de color verde. Tiene cara de niño, aunque sus cinco años en España han sido duros para él. Ha dormido y vivido en la calle y se ha buscado la vida como ha podido para subsistir. En la habitación que habla con el periódico hay un letrero en la que se destaca una frase de Thomas Alva Edison:  “Los que aseguran que es imposible no deberían interrumpir a los que estamos intentándolo”. Este joven marroquí es uno de los que lo están intentando. Tiene que pasar nueve meses encerrado por esas “cosas malas” que dice que ha hecho. Es uno de los mecánicos de bicicletas y también va a clase para aprender castellano y catalán. A pesar de la distancia, tiene contacto telefónico con su familia en Marruecos.

Escapar de la pobreza

Cuando decidió huir de Marruecos en busca de una vida mejor, no se lo dijo a su familia. “Estudié solo un poquito”, explica. Su padre es vendedor ambulante y a duras penas saca para alimentar a sus hijos y a su esposa. Rodeado de pobreza, Otmane sacó fuerzas para iniciar un viaje que le ha llevado a recorrer de punta a punta España y alguna incursión en Francia. Su cuerpo de 12 años cabía perfectamente en los bajos de un camión Málaga, donde estuvo en un centro, Granada y Bilbao, son algunas de las ciudades que ha pisado. Se colaba en los trenes para ir de un sitio a otro, hasta que recaló en Barcelona. “Aquí tengo amigos”, admite el muchacho. La calle fue su residencia, hasta que los Mossos le pillaron y lo llevaron en un centro de la Dirección General d’Atenció a la Infància (DGAIA), del que se escapó. Pero, volvieron a cogerlo, pero esta vez haciendo “cosas malas”.

Dentro de un mes y medio, Otmane estará en la calle. Recobrará la libertad. “Me han dicho que me van a buscar un trabajo para no hacer cosas malas”, sostiene este joven, sin precisar el delito que ha cometido y que le ha llevado al centro educativo. “Aquí me están enseñando cosas para no volver de nuevo, aunque me quiero quedar en Barcelona”, insiste. “A mi familia no le he dicho que estoy internados, sino que estoy en un centro abierto arreglando los papeles. Desde aquí me están ayudando. Quiero trabajar para poder vivir”, relata. Con su cara de niño y su timidez, Otmana abandona la habitación con una sonrisa.

La semana pasada había un centenar de internos, la mayoría hombres, en este centro educativo. Su capacidad máxima es de 128 plazas. Su modelo ha trascendido a nivel internacional. “Ha venido una delegación coreana a visitarnos”, explica Roser, coordinadora de la unidad docente de Can Llupià.

Necesidades urgentes

 “Cuando llega los chicos cubrimos las necesidades más urgentes. Durante su estancia en el centro le acompañamos y elaboramos una planificación individualizada en función de la edad, su historia, el tiempo que estarán aquí, sus capacidades y sus posibilidades. El objetivo es reinsertarlo o introducirlo por primera vez en el sistema educativo. Muchos de ellos han abandonado los estudios”, sostiene esta profesional. En el recinto hay nueve aulas de enseñanza que solo pueden acoger por ley a un máximo de seis estudiantes. Los alumnos hacen el mismo horario que una escuela normal: de 9 a 12-30 y de 15 a 17 horas.

Nada más entrar en el centro se tranquiliza al joven y se le explica dónde está. “Ellos vienen en estado de shock “, admite Roser. En ocasiones el idioma es un muro. Por eso, la Generalitat envía cuando es necesario un traductor. “En ocasiones me he entendido con un muchacho haciéndole dibujos”, relata la coordinadora. De las nueve aulas, seis son de alfabetización. También hay talleres de concina, hostelería, jardinería y mantenimiento.

Sonia es educadora social: “Muchos de estos jóvenes han empezado en proceso migratorio teniendo de 12 a 14 años y con una expectativa de futuro. Se ha trasladado de un lado y sus hábitos, tanto de higiene como alimenticios, han sido deficientes. En muchas ocasiones han consumido droga en la calle. Nos llegan con alto nivel de impulsividad, con una tolerancia baja a la frustración y con pocas habilidades de relacionarse y emocionales. Y se encuentra que tiene que formar parte de una comunidad”. Si hace falta se les proporciona ropa o enseres de aseo personal. Esta experta lo tiene claro: “Cuando se sienten atendidos empezamos a crear una relación con ellos. Nuestro trabajo es que acepte la medida que se le ha impuesto y que saque el mayor provecho de su estancia en el centro. Después se les ofrece recursos para que puedan trabajar”. El jóven Otmana estará todavía unos días cerrado, después espera abrirse un futuro en España y si puede ser en Barcelona.