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la gentrificación

Carrera de obstáculos en Ciutat Vella

El entorno de la escuela Cervantes es un muestrario de los estragos de la gentrificación en el barrio de Sant Pere

El colegio ha perdido 40 familias este curso, en medio de una crisis de precios y seguridad

Michele Catanzaro

Entorno de la escuela Cervantes, en la calle Sant Pere Més Baix.

Entorno de la escuela Cervantes, en la calle Sant Pere Més Baix. / DANNY CAMINAL

Entre el curso escolar pasado y el actual, 40 familias se han marchado de la escuela Cervantes, un colegio de una línea en el barrio de Sant Pere y Santa Caterina, en Ciutat Vella. "Es una cifra alarmante", comenta la directora del centro, Magda Martí.

"Muchos se han ido porque no podían asumir el aumento de los alquileres", explica la directora. “También influyen la inseguridad del barrio y el cierre de tiendas de proximidad”, añade Silvia Martínez, madre de alumnos del centro. "Es triste. Hace una década era un colegio muy demandado por su modelo innovador y de integración cultural y ahora la gente se va", comenta Isabelle Anguelovski, investigadora en planificación urbana y madre del centro.

Un paseo alrededor de la escuela es una especie de carrera de obstáculos entre los estragos de la gentrificación. En su entorno, se han peatonalizado calles, reformado edificios, aumentado los espacios verdes e instalado papeleras neumáticas. Pero a la vez se han multiplicado los hoteles y pisos de AirBnb y se han disparado los precios de los alquileres.

Turistas, ladrones y "menas"

El paseo empieza evitando los patinetes y bicicletas eléctricos montados por turistas, que salen a toda velocidad de una tienda de alquiler, justo al lado de la entrada del colegio.

La concentración de visitantes atrae a ladrones, el segundo obstáculo de esta singular carrera. "A partir de las dos de la tarde, empiezo a oír los gritos que siguen a los tirones. Me paso las tardes llamando el 112", relata Martínez.

El tercer obstáculo son los captadores de los clubes canábicos. "Se acercan a los turistas, le preguntan si quieren fumar y les sugieren que les sigan con disimulo", relata Lucía Valverde, otra madre de la escuela. "Nos preocupa que puedan captar a los niños más grandes", explica.

Siguiendo por la calle, está el casal de jóvenes Palau Alós, que según las madres se ha convertido en punto de encuentro de menores migrantes no acompañados (o "menas"), un colectivo que las estructuras de acogida son incapaces de atender y que puede caer fácilmente en la tentación de robar o consumir drogas. Aunque han disminuido, sigue habiendo menores que consumen cola en la calle, según las madres.

Parques desiertos

Justo delante del casal se abre la plaza del Pou de la Figuera, con dos parques infantiles desiertos. "Los más pequeños los usaban como patio, pero lo hemos dejado porque las familias los consideraban inseguros", explica Martí. Martínez dio por perdida la plaza cuando encontró una bolsita de pastillas en un parque.

La mezcla de estos problemas ha hecho mella en las familias del colegio. "Hay cosas que los niños no tendrían por que ver. Les estoy diciendo todo el rato que no corren ni se alejen", relata Valverde. "Mi hija le tiene miedo a los menors, se preocupa si volvemos a casa por la noche", añade Martínez. Las dos puntualizan que no es cuestión de racismo (ambas están casadas con hombres de ascendencia árabe) sino de carencia de servicios sociales.

Espacios perdidos

"Los niños del barrio están perdiendo espacios de socialización, juego, actividad física. Los padres no los dejamos sueltos para nada", observa Anguelovski. "Mis hijos me dicen: no vayamos por esta calle o por esta plaza, que hay gente mala", explica Valverde.

Incluso el colegio ha cambiado la entrada, de Sant Pere Mitjà a Sant Pere Més Baix. "[En la primera calle] vimos con mis hijos una pelea entre clubes canábicos, en la cual apareció un hombre con un hacha", recuerda Martínez, que también lamenta el cierre de una tienda de ropa, que se veía obligada a estar siempre con la puerta cerrada.

Las familias piden más presencia policial. Posiblemente, incluso una comisaría en el Pou de la Figuera. Sin embargo, reconocen que la policía es un parche. "La situación se le ha escapado de las manos a la administración. Si recibes mucha gente, migrantes y turistas, tienes que compensar con medidas sociales", concluye Martínez.