convivencia

Amigos grandes, amigos pequeños

La residencia Orpea de Madrid incluye una guardería para que bebés y mayores realicen beneficiosas actividades conjuntas

La residencia para la tercera edad Orepa, en Meco (Madrid), tiene una guardería en el mismo edificio para que abuelos y bebés realicen actividades juntos. / JOSÉ LUIS ROCA

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Olga Pereda

Puri vive en una residencia para la tercera edad. Cada jueves, baja a la entrada acompañada de otros diez mayores y su terapeuta ocupacional. Atraviesan un pasillo y, de repente, las paredes son una explosión de color y están adornados con dibujos infantiles. La terapeuta, Eva del Toro, pregunta a los residentes: "¿sabéis dónde estamos?" Algunos responden que sí, como Puri. Otros no lo saben, no se acuerdan. Y eso que vienen cada semana. De repente uno grita: “Los niños, los niños”. Y todos se ponen contentos. Efectivamente, han venido a ver a los niños. Les cambia la cara. Pasan del desconcierto o la apatía a la sonrisa furtiva. Los niños, los niños. La puerta de clase se abre. Van entrando poco a poco. Los bebés (de unos dos años) los miran. Y los que mejor hablan los señalan diciendo: “Los amigos mayores, amigos mayores”. Cada uno coge de la mano a un bebé. Hay mayores que no se acuerdan de sus nombres. “Noa, Noa. Se llama Noa. Es que los niños de ahora tienen nombres muy modernos, ¿verdad?”, recuerda la terapeuta a un residente algo despistado.

Empieza la excursión. Hace sol y los amigos pequeños y mayores se disponen a dar una vuelta por los alrededores de la residencia-guardería. Las monitoras infantiles y las terapeutas ocupacionales están acostumbradas a semejante derroche de inocencia y ternura. Pero quien lo ve por primera vez no pude evitar lágrimas de emoción.

Estamos en la residencia Orpea de Meco (Madrid), un centro pionero que lleva más de 10 años incorporando en su día a día las actividades intergeneracionales de manera profesional. “Hacemos un trabajo selectivo para ver qué mayores pueden realizar las actividades con los pequeños. Todos tienen deterioro cognitivo. Es una experiencia maravillosa porque vuelven a ser lo que eran: adultos responsables. Restauran ese rol, se sienten los protagonistas. Ellos deciden, ellos gestionan”, explica Eva del Toro.

Cada anciano ha dado la mano a su amigo pequeño. Van paseando. Observando. Hablando. Cada uno como puede. Ha llegado el otoño y las hojas de los árboles empiezan a caerse. “En otoño las hojas se caen”, comenta Puri, que fue maestra (y se le nota). Los niños caminan lento. No extrañan. No lloran.

Hemos llegado a una zona de descanso, con sillas y mesas. Es hora de leer un cuento. Cada anciano coge a su amigo pequeño y lo sienta en sus rodillas. Las monitoras reparten libros.  “Mira, un gato. ¿Cómo hace el gato? El gato hace miau”, explica Puri a su amiga pequeña mientras pasa las páginas del cuento. A su lado, Carmen, que no ha cumplido los 70 años y es la más joven del grupo, dice a Andrea que el sol sale por las mañanas y que cuando llega la noche aparece la luna. El momento es tierno, precioso, sincero.

“Una de mis pacientes, Juana, a la que todos llamamos Cani, tuvo un ingreso muy difícil en la residencia. Más que difícil, terrorífico. No sabía dónde estaba y lo pasó realmente mal. La actividad con los niños ha supuesto un cambio inmenso y ahora está completamente integrada”, explica Del Toro, firmemente convencida de los beneficios de este tipo de terapias profesionalizadas, que son, en su opinión, un “chute de adrenalina” para los mayores. Los pequeños también salen beneficiados. “Aprenden habilidades sociales, saben que hay que saludar y despedirse. Aprenden valores. Y mejoran su vocabulario”, subraya la monitora de educación infantil, Mari Carmen Blanco.

Empieza a refrescar y se acerca la hora de la comida de los más pequeños. Toca levantarse y regresar al centro. Puri coge a su niña de la mano y le canta la canción del barquito chiquitito.

El grupo entra a la guardería. Martín, ayudado por un bastón, no suelta la mano de Einar. “Yo sé lo que es criar a un niño. Yo críe a dos mellizos”, comenta.

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Toca despedirse. Hasta otro día. Otra actividad. Quizá haya una fiesta de cumpleaños. O quizá hagan gimnasia juntos. Depende. “La filosofía intergeneracional, de la que estamos firmemente convencidos, sirve para muchas cosas. Entre ellas, para que ningún mayor se sienta enfermo, ni no válido. Simplemente se sienten personas. Y ya”, reconoce Ricardo Buchó, director de comunicación de Orpea. “Con mayores y pequeños trabajamos muchos aspectos. Lo funcional, lo emocional, lo cognitivo y lo sensorial. Pero son actividades serias. No puede ser una capa de barniz y ya. Es una filosofía de trabajo muy profunda”, añade Del Toro.

Los amigos mayores se despiden de sus amigos pequeños cantando Adiós con el corazón. Lanzan besos. “Hasta pronto, cariño”, les dicen. Su cara refleja felicidad. Mucha paz. E infinita normalidad.