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PROTECCIÓN DE LA INFANCIA

Los menores que duermen en la comisaría de los Mossos disfrutan de una comida entre algodones

Un compatriota que llegó también en patera y andando desde Tarifa hasta la capital catalana decide invitarles

Carlos Márquez Daniel / Guillem Sánchez

Mohamed, junto al grupo de jóvenes marroquís a los que ha invitado a comer. 

Mohamed, junto al grupo de jóvenes marroquís a los que ha invitado a comer.  / ALBERT BERTRAN

Mohamed Ahamri llegó a Barcelona hace 12 años tras un viaje de 27 días desde Tarifa. A pie. Antes había cruzado el estrecho en una lancha neumática. Ahora está completamente integrado en la ciudad. Por eso, cuando el azar le hace coincidir con los chavales marroquís que viven en la comisaría de los Mossos de Ciutat Vella, su corazón se parte en dos. Y por eso, cuando les ve comer como si no hubiera un mañana en un bar cercano, decide pagar él la cuenta. “Es lo mínimo que puedo hacer”.

Todo esto sucede el martes a mediodía en el Restaurante Rincón del Raval, donde sirven todo tipo de comida halal. Tras una larga charla con un grupo de siete menores que pasan el día en las inmediaciones del edificio policial, surge la idea de ir a tomar un bocadillo a un local cercano. Lo suyo sería que alguien de servicios sociales se acercara a la hora de las comidas con algo que echarse a la boca. no digamos ya para preguntar cómo están o si les hace falta ropa o alguna medicina. Pero no. Eso no ha pasado ninguno de los diez días que llevan durmiendo en la sala de espera de los Mossos. Una vez realizado el pedido, Mohamed se acerca y dice que no ha podido evitar escuchar la conversación. Y que por eso, sin que los chicos se enteren, ha querido hacerse cargo de la factura. Les saluda, charla con ellos, pero en ningún momento les dice que es él quien ha pagado.

Adiós sin despedida

“Me viene todo a la memoria cuando les veo así, con la mirada perdida. Yo pasé por lo mismo y es algo que nunca se puede olvidar”. Mohamed vivía en Fez y a los 26 años decidió dejarlo todo y marcharse a España. Como suele suceder en estos casos, lo hizo sin decirle nada a sus padres. “Nadie dejaría que su hijo se jugara su vida en el mar, por eso la única opción es irte sin despedirte, por muy duro que sea”. En su caso, tenía claro que quería llegar a Barcelona, ya que aquí tenía unos parientes. Le llevaron en una lancha neumática de Tánger a Tarifa, donde inició un viaje de casi un mes hasta la capital catalana. Tuvo que andar unos 1.200 kilómetros, con la amenaza constante de que la policía apareciera en cualquier momento y le llevaran de regreso a Marruecos. Por eso caminaban mucho de noche. “Nos subíamos a un árbol y seguíamos la luz de las ciudades”.

Los chicos de la comisaría comparten un plato de pollo / ALBERT BERTRAN

Comió hierba en la montaña para poder sobrevivir, pero también saboreó la generosidad de los seres humanos en muchos pequeños pueblos, donde le daban comida e incluso, en una ocasión, le invitaron a darse un baño. Cuando llegó a Barcelona, pasó varias noches durmiendo en la calle hasta que pudo comunicarse con sus tíos. Ahí empezó a cambiar su vida. Estudió castellano y empezó a formarse para poder conseguir un empleo. En su caso, la restauración. A día de hoy trabaja en un restaurante de Fira de Barcelona. Está casado con una joven catalana desde hace cuatro años y se le ve feliz. Por eso coincidir con los menores inmigrantes no acompañados (menas) le ha removido el estómago y le ha hecho “recordar momentos muy duros de la juventud”. “Casi me pongo a llorar”, admite.

Abdila es otro de los marroquís que menudea este amable local del Raval. Charla un buen rato con los chicos y les aconseja alejarse de las malas compañías. Su caso es distinto. Llegó hace 23 años con su padre, que venía a Barcelona con un contrato de trabajo. Pero eso no quita que destile empatía. Mientras cuenta su caso, los siete de la comisaría ríen por primera vez en toda la mañana. El propietario del restaurante ha añadido, sin coste alguno, macarrones y refrescos, y están encantados con el ágape y con el trato recibido. No están acostumbrados a que alguien les haga caso en esta ciudad.