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centros penitenciarios

El Dueso, la cárcel del mar

La prisión cántabra

Carla Riverola / Aitor Álvarez

El mar, visto desde el interior de la cárcel de El Dueso.

El mar, visto desde el interior de la cárcel de El Dueso. / Carla Riverola

Juan ve el mar todos los días. Dice que le trae recuerdos de todos los veranos que pasó con su familia en las costas de Cantabria. Entonces podía bañarse, tomar el sol con los pies en el agua y saltar las olas gigantes de las playas del norte. Pero hace cuatro años que no lo puede hacer y, seguramente, tampoco podrá hacerlo en los próximos 10. Está cumpliendo una condena de 14 años en la prisión de El Dueso, en Santoña (Cantabria).  Antes estuvo preso en Segovia y Valladolid, pero, como muchos otros internos de cárceles españolas, él también pidió el traslado a este centro.

Mientras fabrica con sus manos una cesta en el taller de mimbre, Juan explica a EL PERIÓDICO que estar encerrado con vistas al mar hace más llevadera la condena: “¡Ay, el mar! Qué bien poder verlo todos los días. Hace solo un mes que estoy aquí y sigo nervioso. El mar me relaja un poco”, dice con media sonrisa y tras confesar que está ahí dentro “por no haber sido muy bueno”, aunque evita explicar qué delito cometió.

La cárcel de El Dueso, que funciona desde 1907, se construyó en un lugar privilegiado de la costa cántabra. Desde muchos puntos del Penal, nombre con el que conocen este centro todos los habitantes de Santoña, se puede disfrutar de la vista de la playa de Berria, una de las más bonitas e imponentes del Norte de España. En los meses de calor, a lo largo de sus más de dos kilómetros de longitud, centenares de santoñeses y veraneantes pasean a la vez junto al agua del mar Cantábrico. Los surferos buscan las mejores olas y los demás toman el sol, mientras leen el periódico o un buen libro. Toda esa actividad, típica de cualquier playa cántabra, ocurre aquí ajena a una cárcel que se puede ver desde cualquier punto de la arena. También desde el Camping de Berria, entre la playa y la prisión, y donde se encuentra la escuela de Surf Apasiona2. Su propietario, el santoñés Daniel López, ve el Dueso como parte del paisaje de su pueblo y de su escuela, pero lamenta que los muros y el gran espacio que abarcan dividen Santoña.

Vista del exterior del complejo penitenciario de El Dueso. / CARLA RIVEROLA

Los bañistas saben que la cárcel está ahí y los presos saben que la playa está ahí. En ambos casos son conscientes de ello porque lo tienen delante, porque lo ven con sus ojos, pero también porque el centro penitenciario El Dueso se relaciona con el ecosistema natural y social de Santoña. Es una cárcel abierta a su entorno.

Una de las formas de abrirse a la sociedad que rodea a la cárcel es salir de ella. El Dueso programa constantemente salidas de los internos. Salen del recinto de la cárcel, en pequeños grupos y siempre acompañados de funcionarios y educadores, para hacer actividades como limpiar la playa o las escaleras del Faro del Caballo, un lugar que se ha convertido en el más visitado de la zona por turistas y locales. Se trata de un faro en desuso desde el cual se puede saltar a aguas turquesas y nadar entre cuevas, al que solamente se puede acceder por mar o a través de sus 683 escalones, que hace 100 años construyeron, precisamente, presos del Dueso.

No es habitual que en una cárcel se programen tantas salidas de los presos al exterior. Es arriesgado e implica un esfuerzo mayor para los funcionarios del centro. Pero sería directamente imposible si no fuera porque el Dueso tiene un perfil de presos muy concreto, que a menudo acarrean largas penas, según explica el director del centro, Carlos Fonfria, durante un paseo por el patio de la cárcel: “Para que nuestros programas de reinserción funcionen necesitamos a presos dispuestos a participar en ellos. Si no quieren hacer nada y vienen solo a ‘carcelear’, los trasladamos a otros centros”.

Interior de la cárcel de El Dueso. / CARLA RIVEROLA

Fonfria conoce a casi todos los internos. De hecho, incluso le saludan por su nombre. “Buenos días, Carlos, ¿has podido conseguir un televisor para mi celda?”, le pregunta un joven interno. El director le responde que lo está mirando y que, de todas formas, lo podrán hablar con calma al día siguiente: “Mañana es martes. Los martes puedes pedir cita conmigo y hablamos sobre lo que quieras”, le recuerda. Sigue el paseo y decenas de internos van parando al director en el patio, en los talleres, en los módulos o en la enfermería. Cuanta más gente le expone sus problemas, más se asemeja Fonfria al alcalde de una pequeña ciudad a quien sus conciudadanos le hacen llegar sus demandas constantemente.

La estructura del Dueso acentúa la sensación de estar dentro de una ciudad. Una fuente ornamental, rodeada de bancos, preside el patio. Junto a ella, pistas de tenis, de fútbol y un gimnasio al aire libre inaugurado hace apenas unas semanas. En la zona más cercana al mar hay una gran extensión de césped que los internos aprovechan en verano para colocar sus toallas. Pueden comprar un bote de crema solar en el economato por 10,50 euros y echarse a tomar el sol en este lugar al que llaman “la playa”,  aunque la playa está en realidad al otro lado del muro y no se pueden bañar en el agua salada. Solamente la pueden ver y, si se esfuerzan, pueden llegar a escuchar el sonido de las olas.

Siempre que es de día hay presos paseando por el patio y pueden ir a donde quieran. Hay libertad de movimiento (dentro del recinto de la cárcel, claro), salvo a las horas de recuento y entre la cena y el desayuno, cuando tienen que estar en su celda.

Pese a todo, muchos elementos siguen recordando que el medio millar de internos están encerrados en una cárcel: los grandes muros, la prohibición de usar internet o de beber alcohol o los horarios estrictos de la comida. Aunque en el aspecto de la comida también hay una ventaja respecto al resto de cárceles del sistema penitenciario español: pueden elegir entre dos primeros y dos segundos. El día en el que EL PERIÓDICO hizo esta visita las opciones de primero eran alubias o ensalada de pasta. Y de segundo, costillas de cerdo con pimientos o pescado empanado. De postre, nectarinas. Y el pan, recién hecho en la panadería de la cárcel, en la que trabajan internos que cobran un pequeño sueldo y cotizan en la seguridad social.

Fernández Bueno, el preso más popular últimamente

Hasta principios de julio uno de los internos del Dueso fue Guillermo Fernández Bueno, asesino y violador que estaba en busca y captura internacional tras no regresar de un permiso de siete días. Fue capturado el día 30 de julio en Senegal, a donde había llegado con su pareja, que fue educadora social del centro. Cuando EL PERIÓDICO visitó la prisión, Fernández aún era interno del Penal. De hecho, el director del Dueso reconocía que el funcionamiento de la cárcel, diferente a las demás y, en cierto modo, más laxo, es arriesgado, aunque aseguró: “No hemos tenido ningún problema, es una cárcel en la que se vive en cierta paz y tranquilidad, pese a la relativa libertad de movimientos que hay”. Reconoció, eso sí, que “basta con decir esto para que pase algo, porque siempre puede pasar algo”. Fernández Bueno, eso sí, se escapó durante un permiso. Una fuga, por tanto, que poco tiene que ver con el funcionamiento interno de la prisión.

Hay otros puestos de trabajo en El Dueso, como la fábrica de confección de uniformes de funcionarios de prisiones, en cuyas máquinas de coser coinciden hombres presos y algunas de las doce mujeres encarceladas en el centro, como Ana, de unos 20 años, que cose los cuellos a los polos y asegura que cuando sea libre quiere “aprovechar lo aprendido” y dedicarse a la confección. Este taller es uno de los pocos espacios del Penal en el que internos e internas están en contacto. “Yo cuando entré en la cárcel le dije a mi novia que lo dejáramos, porque no se merecía aguantar esto y ahora en este taller hay amistades especiales, chicos y chicas que se hacen amiguitos”, reconoce Ahmed mientras borda el escudo de Instituciones Penitenciarias en una bata azul. El director Carlos Fonfria lo confirma: “Aquí se juntan y a veces se ennovian”, asegura.

No todo el mundo puede dedicar las horas a trabajar para ganarse un sueldo. Algunos internos tienen discapacidades físicas o mentales, o bien están jubilados, como Ernesto, que tiene 69 años y emplea sus horas en un taller de carpintería, donde está fabricando cajitas de madera para regalarlas a su familia. Espera poder salir en libertad el año que viene, al cumplir los 70, aunque le quedan seis años de condena, pero por ahora se resigna: “De momento hay que estar y pasar las horas de la mejor manera posible”.

Y las horas siguen pasando en un lugar que está muy cerca del mar, pero a la vez muy lejos y que busca cumplir la función que tienen todas las cárceles de España: la reinserción. Y eso se puede hacer en una cárcel de color gris hormigón, con muros altos y pocos espacios abiertos, o en El Dueso, donde incluso algunos presos, cuando llegan, se creen que no les han llevado a un Centro Penitenciario. Cuentan funcionarios del Penal que hace pocos años, hubo un interno que, al llegar, les dijo a los guardias civiles que le habían conducido hasta allí que se habían confundido, que aquello era un parque y no un cárcel. “No”, respondió uno de los agentes. “Esto es El Dueso”. 

Temas: Cantabria