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EL PELIGRO DE LAS PSEUDOTERAPIAS

"El curandero le dijo a mi madre que el cáncer estaba solo en su imaginación"

Cristina Beraza murió a los 53 años tras abandonar la quimioterapia y ponerse en manos de un 'naturista'

Su familia ha interpuesto una denuncia por estafa y el caso está ya en manos de un juez de Irún

Olga Pereda

Cristina Beraza, que estaba casada y era madre de dos hijos, en una imagen facilitada por la familia.

Cristina Beraza, que estaba casada y era madre de dos hijos, en una imagen facilitada por la familia.

Cristina Beraza murió el verano pasado. Tenía 53 años y un cáncer de ano que le había comido todo el cuerpo. Cuando se lo diagnosticaron, los médicos de la sanidad pública vasca fueron optimistas. “Es un tipo de cáncer no frecuente, pero tiene unos índices de recuperación muy buenos”, la animaron. Empezó a tratarse con quimioterapia. Incómoda con los laxantes que le recetaron en el hospital, acudió a la herboristería “de toda la vida” de su pueblo, Hondarribia (Guipúzcoa), para comprar otros “más naturales” y “menos molestos”. La propietaria le recomendó que acudiera a un curandero. “Es un naturista que ha curado a otras personas con cáncer. Si quieres te pido hora con él”. Cristina aceptó. Fue el principio de su fin.

Juan José G. R., natural de Córdoba y asentado en Euskadi, se identificaba como experto en “medicina oriental”. Tenía un despacho donde acudían los clientes y pasado un tiempo instaló su ‘consulta’ en una herboristería de Hondarribia. Allí acudió Cristina Beraza, que en ese momento llevaba tres meses tratándose el cáncer con quimioterapia en la sanidad pública. “Le comió la cabeza. Le dijo que si seguía con la medicina tradicional acabaría en una caja de pino”, cuenta a EL PERIÓDICO su hija Elena, de 22 años, que hace unos meses se armó de valor y, junto a su tía y su hermano, interpusieron una denuncia por estafa ante la Ertzaintza. El caso ya está en la mesa de un juzgado de Irún. “No sé qué decidirá el juez. No sé, incluso, si habrá juicio. Pero tras la muerte de mi madre me enteré de que este señor seguía tratando clientes en la herboristería, así que lo he denunciado porque no quiero que nadie más sufra lo que sufrió mi madre. Mi objetivo es que nadie más se ponga en sus manos”, sentencia la joven.

Abandonó la quimioterapia

Cuando a Cristina le detectaron el cáncer, los médicos le aseguraron que “era fácil de curar”. “No lo tenía extendido. Solo era un bulto externo”, explica la hija. “Inició el tratamiento en el hospital, pero llevaba muy mal la quimioterapia. A los tres meses abandonó. Lo dejó por completo. Llamó al hospital y les comunicó que renunciaba. Por aquel entonces ya estaba en manos del curandero, que se pasó, literalmente, tres días encima de ella para preguntarle qué le habían dicho los médicos”.

"El cáncer está solo en tu imaginación"

El curandero recomendaba a Cristina no revelar su terapia alternativa. “No hables con nadie de esto. No se lo cuentes a nadie. No cojas el teléfono si te llaman y te preguntan”, le insistía. Juan José G. R. tumbaba en la camilla a Cristina y le palpaba todo el cuerpo. “Le decía que no estaba enferma, que las células cancerígenas estaban solo en su cabeza, en su imaginación. Le recomendó ir a un psicólogo”, narra su hija. “Mi padre nunca vio con buenos ojos al curandero. Yo fui muchas veces a la consulta con mi madre. No sé explicarlo bien, pero reconozco que nos comía la cabeza al 100%. Salíamos contentas y convencidas de que se iba a curar. Y eso que ya empezaba a estar realmente mal”.

Cada visita costaba 120 euros. Además, el curandero recetaba unos productos propios que se vendían en la herboristería. “Cada vez que iba me gastaba unos 200 euros”, recuerda la hija. Cristina fue empeorando con los meses. Llegó un momento en el que apenas podía salir de casa. “Mi madre se pasaba todo el día en el sofá y la cama viendo vídeos que él le mandaba por correo electrónico. Eran vídeos de curaciones. Se llegó a obsesionar y mi tía le dijo que debía parar ya de verlos”, relata Elena.

"Nos convencía de que se iba a curar"

Con la movilidad muy reducida por la enfermedad, Cristina era incapaz de acudir a la herboristería, así que Juan José G. R. se desplazaba a su domicilio para vistarla. “Tienes que sufrir para estar bien, para curarte”, le decía. “Se pasaba dos horas con nosotras. Nos convencía de que se iba a curar”.

La familia de Cristina, propietaria de un negocio familiar en Hondarribia, decidió rastrear el nombre del curandero en internet. Pero no hallaron nada. Efectivamente, lo único que se encuentra es una dirección postal en Córdoba y una identificación como “comercio al por menor de plantas y hierbas de herbolarios”.

Extendido por todo el cuerpo

El verano pasado Cristina empezó a empeorar de manera alarmante. “Seguía sin querer saber nada de los médicos de la sanidad pública, así que la engañamos y le dijimos que le iban a hacer unas placas en las piernas porque las tenía hinchadas. La ingresaron en el hospital de San Sebastián y nos dijeron que el cáncer estaba extendido por todo el cuerpo y que no había posibilidad de supervivencia. Llamé a Juan José G. R. y se lo conté. Le dije que cómo podía haber hecho a mi madre lo que le hizo. Permaneció callado y colgamos”, explica su hija.

Cristina falleció en julio de 2017. Tras vencer el pudor y el miedo, Elena, su hermano y sus tíos han puesto ahora una denuncia policial. Lo hicieron hace unos tres meses, cuando se enteraron de que Juan José G. R. seguía atendiendo enfermos en la herboristería. “Una amiga de mi madre llamó, se hizo pasar por enferma de cáncer y pidió hora con él. Ya lo habíamos hablado con la policía, así que dos agentes se presentaron de paisano en la ‘consulta’. Le requisaron el ordenador, le interrogaron y también a la propietaria del establecimiento”. Elena entregó a los agentes los cuadernos en los que su madre escribió todas las conversaciones con el demandado. Preguntada por este diario, la propietaria de la herboristería negó hacer declaraciones y se limitó a contestar "esto es un asunto muy delicado y los periodistas podéis hacer mucho daño".

Evitar otras posibles estafas

Triste, asustada y con rabia, Elena reconoce que, quizá, la denuncia por estafa se quede en papel mojado. Pero su conciencia le pedía actuar y hacer público el caso de su madre para evitar estafas a otros posibles enfermos. “Tengo ganas de ir a la herboristería y decir cuatro cosas a la dueña, pero la Ertzaintza me ha recomendado que no lo haga. Que es mejor esperar”, afirma. Hace un par de días, Elena se encontró por la calle con una exempleada del establecimiento. “Me confesó que a ella nunca le había gustado el curandero y que a mi madre la veía cada vez peor”. La exempleada le dio el pésame. Y todo el ánimo del mundo para una lucha legal que no ha hecho más que comenzar.

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