La gran escultura oculta de Esplugues

La casa del artista Xavier Corberó es una joya arquitectónica a las afueras de Barcelona

Su viuda y uno de sus discípulos lamentan el olvido en que ha caído el legado del prestigioso autor

Exterior de la casa museo del escultor Xavier Corberó.

Exterior de la casa museo del escultor Xavier Corberó. / JORDI COTRINA

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Anton Rosa

Esplugues de Llobregat es conocida por la cerámica y los westerns. Este municipio del área metropolitana de Barcelona albergó la fábrica Pujol i Bausis, proveedora de arquitectos como Gaudí y Domènech i Muntaner, y fue el escenario donde se rodaron películas del oeste en los 60. Pocos conocen que también fue el lugar de residencia del escultor Xavier Corberó, fallecido en la primavera del 2017 y recordado por haber diseñado las medallas de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. Sin embargo, su obra maestra permanece oculta al transeúnte en la parte antigua de la ciudad. Corberó construyó en Esplugues su casa, una joya arquitectónica que yace olvidada a la merced del tiempo.

"La casa es como una gran escultura. Tienes la sensación de estar dentro de una obra de arte", asegura Maria Dolors Rica. La viuda del escultor es la única inquilina y la encargada de conservar su legado: cinco plantas laberínticas vertebradas por un patio interior hexagonal que esconden más de 400 obras del artista. Una celda de oro que empezó a construir en 1968, en la pequeña barriada de masías antiguas de los alrededores de la parroquia de Santa Magdalena.

Nada más entrar, el visitante se encuentra con un Rolls-Royce clásico meramente decorativo. Unas escaleras de madera conducen hasta un espacio amplio muy luminoso. Las esculturas se amontonan en el suelo y en varias mesas de despacho en una especie de caos cuidado al detalle. 

Una imagen similar presentan las plantas superiores. Las obras y utensilios del artista se entremezclan con objetos de coleccionista alrededor del patio interior de cemento y cristal. La estancia está pensada para funcionar como un apartamento independiente. En total, la casa podría dividirse en seis habitaciones configuradas para aislarse y funcionar por sí solas. Coronando el último piso, un exuberante jardín con vistas espectaculares.

Objetos de colección en una de las habitaciones de la casa. / jordi cotrina

Corberó llevaba ocho años viviendo en Esplugues cuando encontró la barriada que flanquea la parroquia. Por aquel entonces, en la escarpada colina donde actualmente se emplaza la casa se encontraba el establo, las comunas y el lavadero de una masía. Allí se instaló el escultor y poco a poco fue comprando los terrenos que los propietarios accedían a cederle. 

Medio siglo después solo permanecen inmunes al tiempo el lavadero y la estructura exterior del edificio, que alberga una cocina cuyos azulejos son fragmentos rescatados de la fábrica de cerámica Pujol i Bausis. Esta estancia es el preámbulo a un comedor circular con dos grandes mesas alrededor del patio interior. La luz que entra por los ventanales se refleja en paredes y objetos creando un efecto de caleidoscopio. Un verdadero mar de alfombras recorre toda la planta, formada de amplias estancias separadas por arcos a modo de claustro y por unas grandes puertas correderas de madera. Este mecanismo permite configurar un espacio diáfano continuo o aislar las habitaciones.

 / Jordi cotrina / Una de las estancias de la casa preparada para poder funcionar como un pequeño apartamento.

La frialdad del cemento del patio contrasta con la calidez de la madera. "La casa es un autorretrato. Su apariencia intimidaba pero era una persona entrañable", asegura Lluís Lleó. Este pintor y escultor conoció a Xavier Corberó en setiembre del 1989. "Se convirtió exactamente en mi padre", explica. Él fue su mentor en Nueva York y le enseñó a fiarse de la intuición más que de la vista: "Tenía un olfato extraordinario. Era capaz de ver lo invisible". 

En su etapa en la Gran Manzana, Corberó entabló una gran amistad con el marchante Joseph Helman, por cuyas manos pasaban todos los artistas que querían exponer en la ciudad. Fruto de esos contactos, el escultor consiguió que figuras de renombre como Roy Lichenstein o Claes Oldenburg cedieran sus obras prácticamente gratuitamente al Ayuntamiento de Barcelona de cara a las Olimpiadas de 1992.

A pesar de haber logrado labrarse un gran prestigio en Estados Unidos, el escultor decidió establecer el taller y su museo en  el sótano de la vivienda. "Siempre pensó que tarde o temprano el reconocimiento llegaría. Le he visto llevarse muchos disgustos", recuerda Lleó. 

Esculturas expuestas en el museo interior de la casa. / jordi cotrina

En punto muerto

La casa del escultor no es la única joya escondida en Esplugues. Un pasadizo comunica la vivienda con una gran estructura de arcos de cemento de unos tres pisos de altura que se erige como un gran esqueleto grisáceo. A su alrededor, un gran jardín repleto de altos tótems de piedra o hierro esculpidos por el artista. 

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Esta imponente estructura fue la gran obsesión de Corberó durante los últimos 10 años. Su intención era reproducir la combinación de cemento y madera. Tanto el interior como el exterior del edifico presentan una imagen algo desangelada. La misma percepción desprende el espectacular auditorio que se extiende un piso por debajo del conjunto.  "Le faltó tiempo", señala Rica. 

Tanto la casa como esta superficie están en punto muerto. La viuda del escultor es la única encargada del costoso mantenimiento de ambas propiedades. "No es cuestión de hacer un mausoleo. Lo que pondría en valor su trabajo sería dar continuidad a la corriente creativa", asegura Lleó, que lamenta que ningún ente público o privado se haya ofrecido para ayudar a preservar la memoria y el legado de Corberó.