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"Quiero mantener a mis hijos lejos del infierno y la cultura de la violencia y el terror que se está viviendo en Siria"

MIREIA RECASENS. SAVE THE CHILDREN

Ahmad y su familia en el campo de refugiados de Zaatari, Jordania.

Ahmad y su familia en el campo de refugiados de Zaatari, Jordania. / Pedro Armestre (Save the Children)

Ahmad recuerda muy bien el día en el que su vida y la de su familia cambió para siempre. Era el final del invierno y el comienzo de la primavera. “También era el final de una vida segura, bella y a salvo, y el principio de una tragedia, dolor y heridas sangrantes”, cuenta.  

Durante 18 años, Ahmad trabajó como fotógrafo en Siria. Tenía un estudio en la ciudad de Jabah, en el distrito de Quneitra. Cuando estalló la guerra, la inseguridad en las calles no le permitía ir a la tienda ni a sus hijos al colegio. Un día saquearon el estudio, se lo llevaron todo: cámaras, ordenadores, impresoras, y hasta el mobiliario. El esfuerzo de muchos años había desaparecido sin más.

Y eso no sería lo único que perderían. “Una noche empezamos a oír disparos y bombas que caían por todas partes así que nos escondimos dentro de casa porque no había ningún otro refugio y de repente una gran explosión hizo temblar las paredes y arrojó polvo y humo por todas partes. Escuché gritar a mi esposa y el llanto de mis hijos”, explica Ahmad. Su casa fue destruida por un ataque aéreo.

Les sacaron de entre los escombros. Los disparos y las bombas seguían cayendo al azar. Todos sobrevivieron pero su hijo mayor, Mohammad, sufrió una herida en el brazo derecho que necesitaba cirugía. “Se lo llevaron al hospital sin decírmelo, le hicieron la cirugía sin anestésicos porque era muy pequeño y tenían recursos limitados. Mi hijo se desmayó durante la operación porque sentía mucho dolor mientras le quitaban los trozos de metal incrustados”, explica. Desde ese día, Mohammad sigue teniendo el hueso del brazo dañado y requiere de otra operación urgente. “Todo esto afectó a su estado emocional, y aún sigue sufriendo las consecuencias”.

Intentaron quedarse en Siria, en casa de familiares y amigos. “Un día después de comer empezamos a escuchar bombardeos y disparos, como de costumbre, pero esta vez venían del callejón en el que estábamos. Una terrible atmósfera se metió en nuestros corazones y esperamos mucho tiempo apesadumbrados, hasta que llegó la mala noticia: una bomba había entrado a través de una ventana y había hecho añicos a mi suegro”, relata. “Fue uno de los peores incidentes de nuestras vidas, a mi mujer le dio un ataque de nervios y se derrumbó al ver morir a su padre”.

Después de aquello el miedo caló en sus huesos, y decidieron irse de Siria. “La guerra civil, es la guerra más fea y devastadora, no hay piedad para nadie, es un infierno que arrasa con todo: el trabajo, los hogares, la educación, la salud y las necesidades básicas. Incluso las plantas, las rocas y los pájaros. Nada escapa a las terribles consecuencias de la guerra”.

Llegaron a Jordania al campo de refugiados de Zaatari para quedarse una semana. Ya llevan cinco años. “Buscábamos un futuro mejor y seguro lejos de la guerra, pero la situación en el campamento es muy mala”. Llevan cinco años de trámites y papeles para intentar vivir en Europa. No quieren ni pueden volver a Siria porque temen por sus vidas. “Quiero mantener a mis hijos lejos del infierno y la cultura de la violencia y el terror que se está viviendo en Siria”. Esperan que después de cinco años puedan encontrar un país que les acoja para, ahora sí, empezar de nuevo lejos del horror de la guerra y de la desesperación del campo de refugiados.

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