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RETO CONTRA LA DESINFORMACIÓN

Europa encara la controvertida batalla contra las 'fake news'

Grandes potencias como Alemania aplican medidas de control de las redes sociales

Aumenta la preocupación de que manos privadas limiten la libertad de expresión

Carles Planas Bou

Christopher Wylie, exempleado de la empresa procesadora de datos Cambridge Analytica, que ha decidido cooperar con la investigación del Departamento de Justicia de EEUU sobre el Rusiagate.

Christopher Wylie, exempleado de la empresa procesadora de datos Cambridge Analytica, que ha decidido cooperar con la investigación del Departamento de Justicia de EEUU sobre el Rusiagate. / PRU (AFP)

"Si el pensamiento puede corromper el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento". Como anticipó George Orwell en 1984 en la era de la sobreinformación, el márketing político y la propaganda controlar los altavoces mediáticos se ha convertido en una herramienta imprescindible para marcar el debate público. Las redes sociales han abierto la puerta a la interconexión mundial en una ágora de debate pero también a unos niveles de desinformación imposibles de concebir hace una década.

"El siglo XXI está viendo una nueva intensidad en la manipulación de medios y en la guerra psicológica", aseguró la historiadora y periodista Anne Applebaum el pasado diciembre en un encuentro en Berlín. Conscientes de la fuerza bélica de una información que sirve para desestabilizar al enemigo, las grandes potencias europeas encaran junto a las empresas tecnológicas el controvertido reto de controlar ese problema.

Mano dura en Alemania

Alemania ha sido uno de los países más activos para frenar las llamadas fake news. En marcha desde el pasado 2 de febrero, la ley fuerza a las redes sociales a eliminar todo aquel contenido delictivo de sus plataformas en 24 horas o a enfrentarse a multas de hasta 50 millones de euros en caso de incumplimiento. Con ello el gobierno de Angela Merkel pretende frenar los bulos que han dado alas al partido xenófobo Alternativa para Alemania (AfD). Además de las dudas legales que despierta, esa estrategia también puede terminar reforzando el discurso de una ultraderecha que se vende como perseguida por el sistema.

Sin embargo, esa legislación, una de las más duras del mundo, ha levantado muchas sospechas. La oposición y la prensa la han visto como una herramienta de censura que puede vulnerar pilares democráticos como la libertad de expresión. La amenaza de sancionar a las grandes tecnológicas, temen los expertos, puede llevar a esas plataformas a censurar siempre en caso de duda. Así, el país ha visto como se eliminan tanto mensajes de odio como comentarios satíricos de humoristas. Muchos expertos coinciden en apostar por alternativas menos punitivas como la educación digital o el fact checking, la verificación de hechos, que en España ya asumen proyectos como Maldito Bulo.

Censura en manos privadas

Como en todo el mundo, Berlín se enfrenta al problema de regular un campo que se supone abierto como es internet para eliminar contenido criminal sin que ello perjudique a la libertad de expresión de sus ciudadanos. En París la propuesta del presidente, Emmanuel Macron, de bloquear la propagación de información falsas durante períodos electorales también es recibida con escepticismo.

En un momento en que el escándalo de Cambridge Analytica y la decisión de la administración Trump de revocar la llamada neutralidad de la Red ilumina el fuerte control económico sobre Internet, muchos ven con escepticismo dar más poder a las empresas tecnológicas. "Si hay que censurar Internet es mejor asegurarse de que aquellos que lo hacen sean responsables ante los votantes", alerta Mark Scott, jefe de tecnología en POLITICO.

Si a los legisladores y a los ciudadanos alemanes les preocupa que sean manos privadas como Facebook quienes controlen qué se publica en la red desde sus bases en Essen y Berlín, la misma preocupación se extiende ahora con el centro que operará en la Torre Glòries de Barcelona.

La falacia rusa

En los dos últimos años el fantasma de la injerencia rusa ha planeado sobre las elecciones de potencias occidentales como los Estados Unidos, donde se apoyó la candidatura de Donald Trump, o el Reino Unido, donde se dio alas a los partidarios del brexit.

Sin embargo, Rusia también se ha convertido en el chivo expiatorio de Occidente. Aunque es cierto que el interés de Moscú en desestabilizar el sistema político de esos países ha funcionado también lo es que esos factores ya existían. El euroescepticismo británico, la ultraderecha francesa y alemana o el independentismo catalán no son una fabricación del Kremlin, como pretenden señalar algunos, sino tendencias estructurales que Rusia instrumentaliza para hacer tambalear el status quo occidental. "Decir que Rusia es mala no es un argumento válido", sentencia Applebaum, ganadora del Premio Pulitzer por su trabajo sobre la ya difunta Unión Soviética.