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ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA

La Generalitat habilita dos viviendas para jóvenes que han agredido a sus padres

Los muchachos conviven en grupo y con educadores en un piso del Eixample y en una casa de Girona

"Fue muy duro denunciar a mi hijo, pero era la única forma de salvarlo", asegura la madre de uno de los chavales

J. G. Albalat

Ramón y su madre, María, en el piso de Barcelona en el que vive el joven.

Ramón y su madre, María, en el piso de Barcelona en el que vive el joven. / CARLOS MONTAÑÉS

En la cama de abajo de la litera hay un cojín rojo en forma de corazón con la inscripción "Te amo". Un pequeño oso de peluche lo custodia. Es la cama en la que duerme una adolescente acusada de maltratar a su madre. Ella y cuatro chicos investigados también por agredir a familiares residen en una vivienda de 70 metros cuadrados en el Eixample de Barcelona. Los vecinos del bloque pueden pensar que es un piso de estudiantes, pero no lo es. Es lo que se denomina una unidad residencial. Es aquí donde jóvenes de entre 14 y 21 años cumplen la medida de convivencia impuesta por un juez por delitos cometidos antes de los 18 años.

Pueden estar condenados o esperando el juicio, como esta chica. La experiencia funciona desde abril del 2017. Y este mes de mayo la Conselleria de Justícia pone en marcha el segundo equipamiento de estas características en Girona. Es una casa de dos plantas y 600 metros cuadrados con capacidad para antender a seis muchachos, aunque en un futuro puede albergar hasta 12.

"Agredía verbalmente a mi madre y llegué a empujarla. Ahora me he dado cuenta de que madre solo hay una"

Ramón, 19 años

Joven que vive en un piso de Justícia

El piso del Eixample es como cualquier otro. En el lavabo reposan un albornoz y los enseres personales de cada uno de los cuatro muchachos y la chica que viven en él. Ellos mismos organizan las tareas del hogar. Se las distribuyen bajo la supervisión de un educador. La compra toca dos días a la semana. "Ellos escogen el menú y hacen la comida siempre con unas pautas alimentarias", explica Elisenda Camps, coordinadora del grupo educativo. No es una lugar secreto, ni clandestino, pero sí discreto. Al estar en un edificio de vecinos, los jóvenes no solo se relacionan entre ellos, también se integran en una comunidad.

En el pasillo hay un gran tablón de corcho. Un panel con horarios, actividades y el menú de la semana. En la parte superior y bien grande cuelga un folio con una fotografía de brazos entrelazados con la leyenda: "No es posible ayudar a las personas haciendo por ellas lo que ellas deberían hacer por sí mismas (Abrahan Lincon)". Espíritu de superación. El objetivo: salir de un pozo y dejar atrás la actitud que les ha llevado a toparse con la justicia. No están en ninguna cárcel. Es un sistema no privativo de libertad. Si estudian o trabajan, salen a la calle.  Los técnicos trabajan con ellos y con sus padres para que retorne la armonía familiar perdida.

Problemas de relacion

"El problema de la violencia filioparental es de relación de convivencia", reconoce Prat. La idea es  que los muchachos vuelvan a su casa y restablezcan los vínculos con sus parientes más cercanos de forma positiva. "Que la relación no esté mediatizada por la violencia", insiste la educadora.  El objetivo, en definitiva, y según la Conselleria de Justícia, es que los muchachos aprendan con la ayuda de los educadores las normas básicas de convivencia, controlen los episodios de ira y consigan relacionarse "de forma respetuosa y sana con sus padres o tutores".

La medida de convivencia obliga al menor a residir en un lugar durante un tiempo con un grupo, persona o familiar diferente a la suya. Prevista en la ley de responsabilidad del menor, esta medida está especialmente pensada para casos no extremos en los que es necesario alejar al joven de la familia y en los que hace falta de aprendan, tanto padres como hijos, a restablecer puentes de comunicación. Por esa razón, es tan importante trabajar con los jóvenes como con sus progenitores.

El salón de la casa del Eixample es amplio y luminoso. Una televisión, una mesa de comedor, sillas, un equipo de música. En un rincón tocando a las ventanas, tres bicicletas. En la estantería libros diversos, como 'La reina de la laguna' o el 'Círculo del crepúsculo'María (nombre supuesto) se sienta en el sofá. Está nerviosa y emocionada a la vez. Tiene 49 años. Sus ojos se humedecen cuando recuerda que su hijo, Ramón, cuando tenía 14 años, le gritaba e insultaba, tanto a ella como a la hermana pequeña. Al final, se vio obligada a denunciarlo dos veces. "Lo hice para protegerle a él y a mí misma", explica. "Fue muy duro  denunciar a tu hijo, pero es la única forma de salvarlo. Íbamos hacia un precipicio él, su hermana y yo. Los padres hemos de ser valientes", admite.

Del centro cerrado a la residencia

El joven estuvo primero en régimen cerrado en un centro. Tras la segunda denuncia, entró en la vivienda del Eixample. El juez le condenó a un año de internamiento, pero se le suspendió a cambio de una medida de convivencia durante nueve meses y a un año de libertad vigilada. "Mi hijo ha mejorado mucho. Antes no tenía hábitos de higiene ni de alimentación. Ahora ha puesto en orden su vida. El consumo de sustancias le provocaba acciones violentas y en estos momentos es como un joven cualquiera de 19 años. Hemos recuperado la relación familiar", asegura esta auxiliar de enfermería. "El primer día que volvió a casa yo ya no tenía miedo y lo abracé muy fuerte", recuerda.

Ramón tiene 19 años. Reconoce que tomó decisiones que no debía. Con 14 años consumía marihuana y hachís. La adicción le hizo robar en la calle. "A mi madre la agredía verbalmente", dice sentado en el mismo sofá en el que minutos antes estaba sentada la mujer que le había parido. Le cuesta, pero al rato confiesa: "Le llegué a empujar". A su hermana, la insultaba. "Me he dado cuenta que de madre solo tendré una y que he de valorar las cosas", sostiene este joven que trabaja en un supermercado. "He hecho un buen aprendizaje de la vida. He sentido que tenía una segunda oportunidad para hacer las cosas de otra manera y tenía el apoyo de  mi madre y mi hermana", dice el muchacho. Su vida se ha enderezado y piensa en estudiar: "Me gusta mucho cocinar y en septiembre empezaré un curso". En el piso del Eixample, ya concina para sus compañeros.

484 muchachos en un año

La Direcció General d’Execució Penal a la Comunitat i de Justícia Juvenil de la Generalitat trató en el 2017 a 484 jóvenes por hechos vinculados con la violencia filioparental, lo que supone un 8,44% del total de muchachos que han participado en los programas educativos organizados por este departamento. Esta cifra es inferior a la del año anterior, cuando pasaron por sus manos 520 chavales. Sin embargo, en siete años ha habido un incremento de casos (un 14%). Justícia puso en marcha en el 2016 un programa específico para este tipo de conductas con la intención de establecer líneas comunes a seguir por los profesionales para abordar este problema.

La directora de Justícia Juvenil, Pilar Heras, asegura que "hasta hace poco, la posibilidad de que los jóvenes cumpliesen esta medida residiendo en un equipamiento no privativo de libertad, y, a la vez, especializado en tratamiento de violencia filioparental, no existía en Catalunya". Ahora ya hay dos viviendas para ello. La responsable de esta área remarca que "la intervención con estos jóvenes pivota sobre dos ejes centrales; uno, la formación de un equipo de profesionales altamente especializados, y el otro, el trabajo con sus familias".