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testimonio en exclusiva

Una hora de intimidad con el monstruo en la habitación de Gabriel

Tres días después del hallazgo de la camiseta del niño, Ana Julia Quezada trataba de exculparse usando todas los argumentos a su alcance

Su objetivo era incriminar a Sergio, su anterior pareja sentimental, con la que tuvo una separación difícil y de la que afirmó que odiaba a los niños

Manuel Vilaseró

Una hora de intimidad con el monstruo en la habitación de Gabriel

JOSÉ LUIS ROCA

El miércoles 7 de marzo recibí una llamada a las 14.30 del mediodía en la que un compañero me alertaba de que algunos medios audiovisuales publicaban que la madrastra del niño Gabriel se había derrumbado y había confesado haberlo asesinado a una patrulla de la Guardia Civil que se la iba a llevar detenida. En tres minutos me desplacé de Las Negras a la casa familiar de la abuela del pequeño, en Las Hortichuelas Bajas, donde encontré a una Ana adormilada en el sofá y con dolores en la cadera y el tobillo por su supuesta caída al recoger la camiseta del niño. "Dicen que estás detenida". "Pues ya ves, he ido al médico, que me ha recetado ibuprofeno y tranquilizantes. Aquí estoy, sin esposas", cruzamos en una rápida conversación.

No la habían detenido, pero el patinazo mediático no salía de la nada. Tres días antes, toda España empezó a sospechar de ella cuando consiguió dar con una prenda que miles de rastreadores no habían sido capaces hallar.

Dos días después del hallazgo, empezó a llegar a algunos medios, entre ellos a nuestro investigador Luis Rendueles, que el operativo policial albergaba "dudas" sobre el papel de Ana Julia Quezada en la desaparición del niño. Dudas que en alguna publicación pasaron a ser sospechas y en otras, dos días después, esa falsa detención. Aprovechando el interés que mostraba por conocer cualquier dato que alguien pudiera ofrecerle de la investigación pude acceder la habitación de Gabriel donde ella estaba acostada, aún dolorida y supuestamente dopada.

El argumentario

Intenté tranquilizarla, para evitar que se alarmara en el caso de que realmente fuese la autora. Le dije que me constaba que solo eran dudas, nada más. Dudas que la Guardia Civil despejaría cuando la llamaran a declarar. Aproveché el momento, me senté en el suelo junto a su cama y con la intimidad que ofrecía ese entorno y en tono de complicidad, me dispuse a escuchar cómo argumentaba ella el hallazgo de la camiseta.

"He pasado todo el día con Ángel [el padre del niño y pareja de Ana Julia], Manel. Es imposible que la haya puesto yo. Por la tarde Ángel me preguntó, como solía hacer cada día, 'adónde me vas a llevar hoy a buscar a Gabriel'". Cada mañana participaban juntos en el rastreo, integrados en el operativo de búsqueda, pero por las tardes lo hacían por su cuenta. Tampoco admitió que en el momento del hallazgo se hubieran separado ni que fuera unos metros, como  luego se ha sabido.

"Cuando vi la camiseta, me volví loca. Me tiré por el terraplén, la cogí, la estrujé y la olí, y comprobé que llevaba la misma colonia que yo le había puesto por la mañana. Aunque me hice daño en la cadera y el tobillo al caer, cogí un palo y empecé a desbrozar la maleza sin parar por debajo de donde la había encontrado porque creía que ahí estaría el cuerpo del pobrecito niño". Hasta que Ángel la obligó a subir y empezó a dar "patadas al coche, mientras sufría un ataque de angustia". Los minutos se hicieron eternos, según su versión, porque tras avisar al puesto de mando situado en Las Negras las fuerzas de seguridad equivocaron la senda y fueron por el camino que lleva a la cala de San Pedro por la costa, no por la depuradora.

Su relato iba acompañado de una rica expresividad gestual, una sonrisa doliente, cansada y continuas protestas. "Manel, tú sabes que es imposible que yo le hiciera daño a ese niño. Soy su madrastra [una expresión que en España tiene una connotación negativa, pero no en su país de origen, la República Dominicana]". "Lo visto muchos días, lo llevo al colegio, lo recojo, le hago la comida, cómo iba yo a raptarlo…", protestaba.

Víctima propiciatoria

¿Pero entonces quién podía ser el asesino? Ella había escogido una víctima propiciatoria: Sergio, su última pareja antes de Ángel, con el que había protagonizado una ruptura violenta que tuvo eco en Las Negras. Lo acusaba de haberse quedado con todas sus cosas en respuesta a su negativa de darle la mitad del bar de copas Black que ambos habían creado pero que solo estaba a nombre de ella. "El nunca trabajó en el bar. Solo yo. Y ya se llevó su parte con el dinero que cogía en metálico de la caja", argumentaba. La camiseta la despositó al final de la ruta que empieza en la casa donde vive la que pudo ser su penúltima víctima. 

-"¿Ves a Sergio capaz de raptar a un niño o matarlo?".

-Sí. Él odia a los niños.

- ¿Te maltrataba?

- Físicamente no, pero psicológicamente sí.

Y en ese momento aumentó el tono de confidencialidad. "Te voy a contar cosas muy íntimas", avanzó. Luego ni eran íntimas ni reales. Era otra farsa para engatusar al interlocutor, que en este caso era yo.

En este punto hizo entrar en la habitación a la única hija que ha sobrevivido al monstruo. A Judith la llamó para que corroborara su tesis de que Sergio podía ser un asesino. "Verás como Judith está de acuerdo, ella ya me advertía". Y la joven de 24 años entró en la habitación y respondió con contundencia que "no". "Yo siempre te había dicho que era muy machista y no te convenía pero que fuera capaz de secuestrar a un niño, no lo creo", sentenció la chica.

Lo uno y lo contrario

Y ahí Ana Julia desveló un rasgo de su personalidad. Era capaz de afirmar una cosa y la contraria en cuestión de segundos. Se lo pensó mejor y dijo: "No, creo que no sería capaz". El mismo modo de proceder que generó desconfianza en los investigadores y en su entorno por las numerosas contradicciones en las que incurría.

Salí de la habitación del niño relativamente convencido de su inocencia. Luego otras personas, nada más abandonarla, se encargarían de hacerme ver algunos de sus engaños, que con el paso de los días irían en aumento. Pero había algo más sutil que despertaba mi desconfianza. Esa necesidad de, más que de convencer, de seducir. Algo que una persona inocente no necesitaría para nada.

El viernes, cuando todo empezaba a apuntar hacia ella y era la Guardia Civil quien tenía que confirmar si era ella quien se había llevado al niño, le trasmití que nuestras fuentes nos indicaban que estaba completamente descartada como sospechosa. Que no hiciera caso de lo que se publicaba. Esta vez la engañada iba a ser ella. En estos momentos aún esperábamos que lo tuviera vivo en algún lugar. Que, como había dicho, no podría ser capaz de hacerle daño a un niño tan inocente del que muchos días se había ocupado.   

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