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GESTACIÓN PRECOZ

300 chicas menores de 18 años son madres cada año en Catalunya

El fenómeno de las jóvenes embarazadas, que no se reduce lo suficiente, preocupa a Salut

Los expertos lamentan la falta de implicación de los chicos, que suelen inhibirse de la decisión

Cristina Buesa

La educadora social de la asociación Salut i Família, Griselda Paredes, que apoya a madres adolescentes como Anahí Castillo o Soraida Araníbar.

La educadora social de la asociación Salut i Família, Griselda Paredes, que apoya a madres adolescentes como Anahí Castillo o Soraida Araníbar. / RICARD FADRIQUE

En el 2016 hubo 304 partos de madres adolescentes en Catalunya. Adolescentes o niñas, directamente. Estos datos de Salut se refieren a jóvenes de entre 14 y 17 años, aunque hay casos de menores de 11, 12 o 13 años que se quedan embarazadas. Son cifras bajas, si se compara con los 68.000 nacimientos anuales, pero golpean porque se considera que una chica de edad tan temprana no es lo suficientemente madura ni física ni emocionalmente.

El proyecto vital de esa gestante habitualmente queda truncado. Su trayectoria académica, profesional: de repente van a tener que pensar por ellas y alguien más. «Nos preocupa y querríamos bajar esta cifra al mínimo posible», admite la jefa del servicio de salud materno-infantil de la Conselleria de Salut, Rosa Fernàndez. Los programas de prevención, la información que supuestamente hay hoy en día por múltiples canales o la posibilidad de interrumpir el embarazo en las primeras 14 semanas no han rebajado los casos.

«Que una menor de 17 años sea madre no es apropiado», mantiene la responsable, que advierte que muchas veces los jóvenes se preguntan entre ellos o acceden a información no contrastada. El programa Salut i escola trata de acercar ese asesoramiento profesional, ya que un sanitario acude a los centros educativos. Cada año se organizan más de 7.000 actividades y se atienden 12.000 consultas. Pero es insuficiente.   

Hay que acabar con las barreras económicas de los métodos anticonceptivos, reclama la responsable de los servicios de Atenció a la Salut Sexual i Reproductiva (ASSIR) del Institut Català de la Salut, Cristina Martínez. Si se puede afrontar desde la sanidad pública el hecho de dispensar la pastilla del día después, ¿porqué no con los implantes o anillos vaginales?, cuestiona. 

Partos de menores de edad en Catalunya

Información insuficiente

«Si llega una chica a una consulta que quiere un implante, que son unos 70 euros para tres años, debería podérselo dar inmediatamente, en vez de tener que enviarla a una oenegé», se queja Martínez. Los ASSIR, ubicados en algunos ambulatorios, atienden a un 78% de la población catalana. Martínez es crítica respecto a la información. Cree que la mayoría de las chicas (muchas más que unos lustros atrás) tiene la información sobre los métodos anticonceptivos pero no lo previene.

A la falta de autoestima, una característica definitoria de los adolescentes, se suma que en muchos de estos casos han tenido que afrontar situaciones familiares complejas (violencia familiar, adicciones, pobreza). Por esta razón, invita Martínez, el abordaje de estos embarazos adolescentes o de la maternidad de estas niñas o jóvenes se debe hacer desde la vertiente de salud pero también con el concurso de entidades sociales, vecinales, la red educativa.

El 44,5% de las menores de 18 años que se quedan embarazadas son inmigrantes. Son menos que las madres precoces nacidas en Catalunya, aunque proporcionalmente son más porque la muestra es menor, razona la responsable de los ASSIR, con más de 20 años de experiencia en estos asuntos.

Si cuela, cuela

Si en algún aspecto todavía hay trabajo que hacer es en la corresponsabilidad, no solo respecto a la maternidad, sino también acerca de la sexualidad, que acaba recayendo siempre en la mujer. Por eso, desde el ICS se están impulsando programas destinados específicamente a los chicos. «Ya hacemos grupos mixtos, pero es necesario realizar otros únicamente para hombres porque se mantiene la filosofía del ‘si cuela, cuela’ y después deben ser las chicas las que decidan qué hacer con el embarazo», sostiene.

Estas reflexiones surgen no solo de la experiencia sino también  de las miles de consultas anuales. Solo en la ciudad de Barcelona, en 2017 se atendieron más de 16.500 visitas individuales y el 93% eran chicas. «La relación entre chica y chico no ha cambiado tanto: nos queda mucho camino, el machismo aún es demasiado vigente», protesta.      

Aval de los padres

El director del Centre Jove d’Anticoncepció i Sexualitat (CJAS), Jordi Baroja, se queja de que la reforma del aborto de 2013 impulsada por el ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, provoca que hoy en día se estén dando casos de abortos clandestinos en Catalunya. Desde entonces, las chicas de 16 y 17 años están obligadas a lograr el consentimiento de sus padres, algo que por las razones muchas veces no logran o no osan buscar hasta que es tarde.  

De las 800 consultas por embarazos que tienen cada año en CJAS, unas 200 son positivos. La mayoría son chicas de entre 15 y 20 años. «Nuestro trabajo no es disuadirlas sino acompañarlas en la toma de decisiones», expone el responsable de uno de los centros de referencia de Barcelona, creado en 1992 por la Associació de Planificació Familiar de Catalunya i Balears

Allí las ayudan a reflexionar porque una decisión precipitada puede convertirse en un error en el futuro. Baroja piensa que si no está bien resuelto, a corto o medio plazo esa joven volverá a tener la tentación de ser madre. «Hay que hacer aterrizar las fantasías. Nos encontramos con chicas que creen erróneamente que convertirse en madres les dará la estabilidad necesaria para dejar de ser cabras locas», describe.

Pocas expectativas

Normalmente detectan que esperan un hijo a las sexta semana y tienen tiempo hasta la semana 14 para interrumpir la gestación. «La decisión sobre si seguir adelante con la maternidad  tiene que ver  con los planes que tienen. Si se trata de chicas con fracasos escolares, sin estudios, sin trabajo o con empleos precarios, ven la maternidad como una oportunidad, una especie de escapatoria a su vida», relata Baroja. Con pocas expectativas vitales, sin una carrera que estudiar o una ocupación laboral que las motive, creen que ser madres colmará esas necesidades, analiza.
  

«Es muy importante», arranca la directora de la Fundació SurtSira Vilardell, «tener en cuenta el contexto social y cultural de la madre». El binomio juventud y maternidad, prosigue, es «relativo» en función del origen de la gestante. Así, para la mayoría de la población, una chica con 17 años es demasiado vulnerable para tirar adelante una vida mientras que no lo es para el colectivo gitano, pone como ejemplo.

Red pública escasa

«Cualquier gitana te diría que tiene más habilidades para la maternidad una joven de 17 años que una mujer de 37 o 40: consideran una aberración  parir a esa edad», compara la experta. En Surt se acompaña a las chicas, no se las trata a todas igual. «Es un error reconducir una maternidad por el simple hecho de que alguien sea muy joven, porque volverá a quedarse embarazada si es lo que desea», avisa. Así, maternidad a secas en la adolescencia no es sinónimo de vulnerabilidad. Puede ser que por el contexto familiar sean chicas que han vivido mucho más que otras mayores.

Todos coinciden en que la red de apoyo pública es escasa en recursos y que la necesidad es tan mayúscula que toda ayuda es poca. La Associació Benestar i Desenvolupament (ABD), con 20 años de experiencia, asiste a las gestantes en situación de vulnerabilidad. La mayoría de ellas son menores de 21 años. Ayuda a unas 90 mujeres del área metropolitana de Barcelona cada año. «Trabajamos emocionalmente para garantizar que el bebé esté bien atendido al nacer. Queremos crear un vínculo positivo para que así la madre lo cuide, aunque el mundo entero se hunda a su alrededor», describe la responsable del programa Preinfant de la asociación, Nausica Castelló.

Las educadoras, psicólogas y terapeutas de la entidad realizan una atención ambulatoria, se desplazan al parque, a la biblioteca, al piso de la madre, para enseñarlas a cuidarse y cuidar de sus hijos, darles las herramientas emocionales para reemprender estudios, buscar trabajo, lograr ayudas sociales. «Intentamos que se puedan reconstruir a ellas mismas», expone Castelló, que insiste en que gran parte del trabajo consiste en que ganen seguridad.

ABD se convierte entonces en el sostén de esas madres adolescentes. Una vez la información para evitar un embarazo precoz ha sido insuficiente; han fallado los métodos anticonceptivos o la situación personal de la menor la ha condicionado de tal manera que ha decidido afrontar esa maternidad, entran en juego las asociaciones de apoyo o, en casos más extremos en los que no pueden seguir en sus casas, las residencias maternales como Antaviana.

Residencias para curar heridas

«Si ella está bien, su hijo lo estará, así que nuestra misión es impulsar una pedagogía del afecto. Depositar sobre ellas una mirada positiva que muchas veces nadie les había dado. Hay que reescribir su historia e ir curando heridas», expone su director, Lluís March. En el centro, concertado con la DGAIA y perteneciente a la cooperativa Eduvic, se atiende entre 28 y 32 chicas cada año. Tienen entre 11 y 18 años y viven en la residencia el tiempo necesario, hasta que están preparadas.

«Hay familias desestructuradas, pero también familias colapsadas por lo que les ha tocado vivir. Esas adolescentes no lo tienen fácil y hay que reconstruir los vínculos con los suyos, para reforzarlas», concluye. Muchas lo logran. Otras deciden dar su hijo en adopción.

La mirada cómplice

La asociación Salut i Família está repartida en dos pisos de la Via Laietana. Las madres adolescentes abandonan por un rato el ruido ensordecedor de la calle (y de su propia rutina diaria) para encontrar la calma en esta asociación. La entidad sin ánimo de lucro se encuentra chicas desorientadas, sin información, perdidas no solo emocionalmente sino también en la burocracia administrativa y con necesidades de salud.

La mayoría de ellas acuden por el boca-oreja, al saber que es uno de los lugares donde se les dispensa contracepción de forma gratuita e inmediata, unos métodos que en caso contrario no se podrían pagar. Ese fue el motivo que llevó hasta allí a Soraida Araníbar, boliviana de 17 años que llega con su hija Scarlett de 10 meses en una mochila durmiendo plácidamente. 

A pesar de llevar 11 años en Barcelona, carece de papeles. El padre de la criatura se inhibió de la responsabilidad del bebé. Ella quiere volver a estudiar, trabajar, pero la falta de una situación regularizada lastra su vida. Frente a ella, la mediadora cultural Griselda Paredes asiente.

El caso de Soraida no es raro, comenta cómplice. Las jóvenes que acuden a la asociación, muchas de ellas de origen inmigrante, se reúnen una vez al mes en el centro. Allí crean vínculos afectivos, comparten actividades culturales y de ocio y se socializan. El objetivo es que, a pesar de haber sido arrancadas de golpe de la adolescencia, la experiencia sea lo menos traumática posible.

La directora, Elvira Méndez, beligerante contra los cambios en la ley del aborto que impulsó el ministro Ruiz Gallardón, prefiere que sean las propias madres las que decidan su ruta vital. «Creo que tutelar en exceso sus decisiones es contraproducente y preferimos darles todas las herramientas, ayudas, consultas, para que ellas se vayan fortaleciendo», resume.

Una de las claves para que estas chicas regresen periódicamente a esos grupos de apoyo maternal (en los que la aparición de chicos acompañándolas es una rareza) es que nadie les pide explicaciones. Anahí Castillo, que fue madre con 18 después de haber tenido un aborto natural, es otra de las jóvenes habituales.

Ella vivió «golpes, gritos y amenzas» de su padre hacia su madre durante años. Con él chocaba mucho. Tanto, que la decisión consensuada con su novio de ser padres tan precoces, no supuso un gran cambio en su vida. Se marchó de casa. La mediadora Paredes interpreta que la realidad de cada hogar condiciona enormemente y la procedencia también, como no podría ser de otro modo.

«Pensé que la maternidad me arruinaría la vida y no ha sido así», confiesa la joven Soraida mientras su pequeña, como si intuyera su protagonismo, se despierta. 

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