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usos familiares

Concilia si puedes (o lo que puedas)

Dos familias barcelonesas, una de Sant Gervasi y otra de Trinitat Nova, retratan la desigualdad del tiempo que los padres dedican a los hijos

Mauricio Bernal

Ugo Bandettini, Anna Olivella y sus hijos Luca y Marc. / RICARD FADRIQUE

Ugo Bandettini, Anna Olivella y sus hijos Luca y Marc.
Yolanda Escañuela y su hijo Ángel, ayer.

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Cada día de 7 a 8 de la mañana en su piso de Sant Gervasi Anna Olivella desayuna con sus dos hijos, Marc y Luca, de 5 y 8 años, y cada día procura alargar el tiempo, hacer un desayuno tranquilo, porque sabe que hasta la tarde no los vuelve a ver. Ugo Bandettini se llama el padre. Trabaja en un banco y empieza a trabajar a las ocho, de modo que su compás matutino es menos pausado, de ducharse, vestirse, desayunar con rapidez. A esa hora, en cierto modo, los niños son algo que ocurre en una especie de segundo plano. Después del desayuno sosegado la madre y los pequeños van al colegio dando un paseo en bicicleta. Las clases en el colegio italiano empiezan a las ocho y media.

"Mi hijo mayor me dice: 'Mama, pero cuántas horas trabajas'", cuenta Anna Olivella

Cada día a las ocho de la mañana en el piso que comparte con sus padres y su hermana en Trinitat Nova Yolanda Escañuela se levanta y levanta a su hijo Ángel, de 5 años. Si le ha tocado el turno de noche –le toca la mitad de las veces–, sus movimientos son un poco más lentos, su energía es menos energía, le falta lo que hace falta para lidiar con un pequeño, con ese Ángel de 5 años; porque ha dormido poco. “Pero cuando tengo el turno de noche es el único momento en que estoy con él”. Le lava la cara y se asegura de que haga pipí. Después caminan juntos hasta el colegio, la Escola Pia Luz Casanova. De camino, el niño le cuenta lo que hizo la tarde anterior con los abuelos.

Dos realidades distintas

Yolanda Escañuela tiene 26 años y trabaja en un restaurante de comida rápida desde hace 10; ha hecho camino por la escalera de los ascensos y hoy ostenta el título de encargada. Es la cabeza de una familia monoparental que en la práctica no lo es: sus padres y su hermana le prestan toda la ayuda que necesita. Anna Olivella tiene 40 y desde hace 15 dirige su propio gabinete psicopedagógico. Las dos, Anna y Yolanda, tienen la impresión de que pasan menos tiempo con sus hijos del que querrían (o deberían), pero la tienen –esa impresión– desde realidades distintas, desde relaciones distintas con la rutina, trabajos distintos, obligaciones distintas; condiciones socioeconómicas distintas. El verbo conciliar no lo conjugan igual. No significa lo mismo.

"Con el niño paso solo un fin de semana  al mes; es poquito", dice Yolanda Escañuela

Cada día a las cuatro de la tarde Anna acude al colegio a recoger a sus hijos; como el desayuno, también eso es sagrado. “Es un momento importante porque me da el 'feed back' diario de cómo les ha ido en el cole”. Meriendan los tres juntos; una merienda larga si no hay actividad extraescolar; depende del día. “Lo importante es el hecho de que si me tienen que contar algo tengan ese espacio para hacerlo”. Anna tiene que volver luego al trabajo, y entonces el padre toma el relevo. “Siempre llega a casa a las siete o siete y media”. Los martes y miércoles le confían sus hijos a la canguro. Los jueves, el padre sale más tarde y la abuela se ocupa de ellos. Los viernes, qué gran día, el viernes: Anna no trabaja por la tarde. Se la dedica a sus hijos.

Cambio de modelo

Salvo los días en que tiene fiesta, Yolanda nunca puede recoger al niño en el colegio. A esa hora trabaja, siempre trabaja, bien en el turno de día, bien en el de noche. Se ocupan de hacerlo los abuelos, o su hermana. Si le toca el turno de noche, esa media hora con el niño por la mañana es el único tiempo que pasa con él: ese momento de desayuno, de hacer pipí, de lavarle la cara. Y nada más. “Me gustaría no perderme tantas cosas”, dice, “pero en el trabajo se portan bien, y cuando pido fiesta por lo general me la dan”. Con el turno de día sale a las cinco, y el resto de la tarde es para el niño. Sagradamente.

Los días laborables Anna llega a casa sobre las ocho y media, y siempre se la espera para cenar. “Para mí eso es importante. Prefiero que los niños se vayan a dormir un poco más tarde pero que haya conciliación”. Un máster que está haciendo vía internet la retiene los lunes en la oficina y esos días vuelve sobre las 10, pero siempre que puede se lleva el ordenador a casa y sigue las clases allí, normalmente tirada en la cama mientras los niños revolotean alrededor; pues de eso se trata, de tenerlos cerca. “Mi hijo mayor me dice: ‘Mama, pero cuántas horas trabajas’. Siempre me piden más tiempo”. A Yolanda su hijo Ángel le habla igual.

Yolanda Escañuela es la cabeza de una familia monoparental, pero la ayudan sus padres y hermanos

Yolanda trabaja tres de cada cuatro fines de semana, de día o de noche, y esos días no puede estar con su hijo. De nuevo, se ocupan los abuelos; o la hermana. “O a veces mi hermano, somos seis, así que siempre estoy cubierta”. “Pero es así, con el niño paso solo un fin de semana al mes. Es poquito”. “Estos horarios, para el que tiene un niño…” El modelo que sustenta toda esta rutina está a punto de cambiar, pues Yolanda tiene previsto instalarse en breve con su pareja actual, un hombre que también trabaja en hostelería, también con horarios difíciles. “Sí, supongo que va a ser un poco más complicado. Ya me he hecho a la idea de que cuando trabaje de noche el niño va a tener que irse a dormir a casa de los abuelos. Pero estaremos cerca”.

Los fines de semana

Los fines de semana los Bandettini Olivella los pasan en familia. Otro ritual sagrado, o una suma de ellos. Les gusta hacer excursiones, pasear por la montaña. “Bici, parque, fútbol”, enumera Anna. “A mí y a mi hijo mayor nos gusta mucho la fotografía”. Producen la impresión, desde fuera, de que todo el tiempo libre lo pasan con sus hijos, pero es una impresión con solo una parte de verdad: martes y miércoles, los días de canguro, el padre tiene tiempo para él. Anna tiene los mediodías, puede que no todos. “Tal vez lo que más hemos sacrificado es la vida matrimonial, pero la verdad es que nos divertimos mucho los cuatro. Tal vez no debería ser así, pero a medida que los niños van asumiendo más independencia emocional, pasamos más tiempo en pareja”.

A Yolanda le quedan sus días de fiesta. Entonces lleva al niño al colegio y lo recoge y pasa la tarde con él, pero mientras Ángel estudia la madre queda con amigas, o se va de compras, o no hace nada. “Hago mis cosas, aprovecho”. “Pero en general, el tiempo que tengo lo quiero pasar con él”. 

Temas: Conciliación

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