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ESPECULACIÓN EN ALEMANIA

El cuartel general de la resistencia berlinesa a la presión inmobiliaria

El inmueble de la calle Lausitzer 10 y 11 resume el creciente problema de gentrificación que sufre Berlín

Carles Planas Bou

Protesta de los vecinos del edificio de Berlín víctimas de acoso inmobiliario.

Protesta de los vecinos del edificio de Berlín víctimas de acoso inmobiliario. / UMBRUCH BILDARCHIV

Era una tarde de diciembre cuando los inquilinos de la calle de Lausitzer números 10 y 11 de Berlín se quedaron anonadados al descubrir que la empresa propietaria había puesto su vivienda en el mercado. De la noche a la mañana, las destartaladas casas y oficinas en las que viven y trabajan desde hace años tenían fecha de muerte. "El piso está en venta pero nosotros también", denuncia Julia Oelkers, arrendataria y miembro de Autofocus, colectivo que documenta cuestiones de vivienda, migratorias y de racismo.

Después del primer impacto la comunidad vecinal se puso en marcha. No renovar el contrato a los inquilinos para forzarlos a marcharse, dejar el edificio vacío y reformarlo para venderlo o arrendarlo a un mayor precio no es una actividad nueva en Alemania. Pero lo que no se imaginaba Tækker, la firma inmobiliaria danesa que posee la vivienda, era la fuerte capacidad de movilización y resistencia de los inquilinos. Durante años este bloque ha sido sede de movimientos vinculados a la izquierda progresista y antisistema, y alberga proyectos como el archivo antifascista de Berlín (Apabiz), el centro de documentación público sobre la ultraderecha más grande del país.

Tras una reunificación alemana que supuso una tardía entrada en el mercado capitalista, Berlín vendió parte de sus propiedades para recaudar dinero. En 1997 la compañía compró el inmueble por 2,5 millones de euros y ahora va a venderlo por 19.390.000 euros, un aumento del 700%. A finales de año, cuando el contrato de los arrendatarios termina, las oficinas y pisos que albergan a más de 200 personas darán paso a 27 'lofts' de lujo.

Más caro y más desastroso

Lejos de esa suntuosidad, los inquilinos conviven con problemas como un ascensor estropeado y goteras en el techo. “Cada año piden más dinero pero nunca han hecho una sola reparación, está en una condición espantosa”, denuncia Verena Vargas, quien trabaja en una de las oficinas. La situación de las viviendas es aún peor. Eso no ha impedido una constante escalada de los precios.

En el número 11 residen una veintena de inquilinos. A diferencia de las oficinas, “desamparadas ante las inmobiliarias”, según Oelkers, la ley protege un poco mejor a los arrendatarios. Aun así modernizar la vivienda y disparar los precios se ha convertido en una manera indirecta para echarles. “Nos da miedo que eso pase porque no podemos pagar más y tendremos que largarnos de la casa y de este barrio. Yo aún soy joven pero para mis vecinos que tienen casi 80 años eso será un gran problema”, confiesa M., una estudiante que evita dar su nombre por miedo a posibles represalias de la propiedad.

Barrio obrero

En la última década Alemania se ha visto abocada a una creciente especulación en su joven mercado inmobiliario que ha dado paso a una gentrificación que ha golpeado a las rentas más bajas. Kreuzberg ha sido históricamente un barrio obrero, de marcado perfil social, pero la constante elitización lo ha convertido en un punto de moda cada vez más caro e inaccesible. Así como el edificio que J. G. Ballard imaginó en 1975 en su novela ‘High-Rise’ ilustra la lucha de clases, la calle Lausitzer, en pleno corazón de Kreuzberg, escenifica la tensión social del sistema inmobiliario alemán. El anuncio el pasado noviembre de que Google abrirá un campus para 'start-ups' en la calle paralela les hace temer que ese fenómeno se acentúe.

En Berlín, la compañía Tækker se ha convertido en un símbolo de la presión inmobiliaria. “En Dinamarca juegan el papel de buenos chicos construyendo un proyecto ecológico pero aquí solo vienen a hacer dinero”, denuncia Oekers. El propietario de la inmobiliaria, Jørn Tækker, ha rechazado hacer comentarios a este diario.

Tras la movilización, la compañía ha ofrecido la compra del inmueble a los inquilinos sin rebajar el precio mientras que estos, incapaces de cumplir con esa demanda, mantienen la reivindicación. A principios del siglo pasado, cuentan, el bloque fue una fábrica en que los trabajadores crearon un comité de resistencia durante la época nazi, algo que les inspira a seguir protestando. A finales de año se les agotará su contrato y su tiempo. “La única esperanza que nos queda es la lucha política. No se lo vamos a poner fácil”, asegura M.

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