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Reincidir en la bebida: "Celebro todo, las penas y las alegrías"

Tres personas desgranan sus problemas con la bebida y sus reincidencias

TERESA PÉREZ

Manel G., un usuario de Arrels, que acabó viviendo en la calle por culpa de la bebida, la semana pasada en Barcelona. 

Manel G., un usuario de Arrels, que acabó viviendo en la calle por culpa de la bebida, la semana pasada en Barcelona.  / RICARD CUGAT

Las vidas de Manel G. (Barcelona, 1958) y la de Raquel T. (Badalona, 1973) han sido arrasadas por el alcohol. Lo mismo que la de Paco G. (Málaga, 1953). Ellos son solo tres minúsculos granos de arena en el inmenso mar del alcoholismo en Catalunya. Los tempranos recuerdos de los tres están asociados a una botella, en realidad a muchas, a tantas que resulta difícil calcular qué cantidad puede consumir alguien que se acuesta a la 1 de la madrugada bebiendo y se levanta a las 4 de la madrugada para volver a echar un trago. Esta es la historia de Raquel, de 44 años, que se enamoró del alcohol a los 14 años porque “salía con personas mayores y pensaba que si bebía como ellos me considerarían más mujer", apunta. Manel y Paco ni siquiera saben porqué empezaron a consumir, pero quizá a estas alturas tampoco están dispuestos a ahondar mucho en el pasado.

La historia de Manel, 58 años, tiene un origen distinto a la de estos dos compañeros, pero un proceso de deterioro similar. Los amaneceres de Manel también olían a alcohol. "Ni desayunaba. Mi almuerzo era una cerveza y ya no paraba", rememora. Y así hasta que le dieron un ultimátum el pasado mes de noviembre: o dejaba de beber voluntariamente o lo haría involuntariamente. "Iba a perder un riñón", explica. Tenía los días contados. Lo último que hizo antes de entrar en el quirófano el 17 de noviembre fue tomarse tres cubatas. “Entré bebiendo y salí sin beber”, dice.

AMORES DESPERDICIADOS

Manel se agarró a la vida con tanta ansiedad como antes lo hacía con la botella. "Me he mentalizado que si bebo me muero y yo quiero vivir. Estoy resignado a no probar una gota", dice. Es la primera vez que abandona el alcohol, "una droga muy dura", afirma. Raquel ha estado tres años sin probar una gota y ha recaído "me pasé cuatro meses llorando de pena, del profundo rechado que sentí cuando me dí cuenta que otra vez estaba bebiendo". Ahora está recorriendo la cuesta arriba de la abstinencia y "estoy muy feliz es como si tuviera una nueva vida.He borrado hasta los teléfonos de la gente con la que iba a beber". 

Los dos Manel y Raquel lo perdieron todo y Paco no lo perdió porque nunca tuvo nada. Se bebieron el patrimonio. Manel y Paco acabaron viviendo en la calle y ella, con sus dos hijos, ha vuelto a la casa de sus padres. El dolor los hermana, el lamento de haber dilapidado todo lo material y haber recibido un serio castigo en lo emocional. Todos, sin excepción, han tenido amores desperdiciados. 

ARRUGAS

Paco, exconsumidor en estos instantes, y con un largo historial en recaídas, lo tiene claro: “Los alcohólicos no tenemos remedio, celebramos todo, las penas y las alegrías”. Paco, de 63 años, se bebió la vida a tragos y ahora la añoranza del afecto físico le arrastra al infierno del alcohol. Todavía son evidentes las últimas huellas que ha dejado en su aspecto su última recaída. Está más delgado y las arrugas de su rostro incluso parecen más profundas. Es consciente de que su relación con los tragos es difícil de lidiar. También está más cabizbajo, como si el sentimiento de culpa le pesara tanto que le impidiera alzar la vista.

Raquel explica que todavía cuando pasa por la terraza de un bar los ojos se le van a las botellas de cerveza que están encima de la mesa. "No puedo bajar la guardia", puntualiza. Los consumidores tienen más riesgo porque el alcohol, a diferencia de otras drogas, está en todas las partes. "La tentación es más fácil, hasta en las panaderías lo venden", recuerda Paco. "¿Cómo puede costar una lata 0,21 céntimos?", se pregunta. 

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