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NUEVA ORGANIZACIÓN DE LA VIDA CIUDADANA

Así sería un día en la reforma horaria

¿Cómo sería la vida de una familia catalana si se aplicará el cambio de hábitos que impulsa el Govern?

Institutos con comida incorporada, extraescolares a una hora decente, cena a las 20 horas y la cama a las 23

Carlos Márquez Daniel

Niños en un entreno de fútbol, tras salir del colegio. La reforma horaria aconseja que las extraescolares empiecen sobre las cinco de la tarde.

Niños en un entreno de fútbol, tras salir del colegio. La reforma horaria aconseja que las extraescolares empiecen sobre las cinco de la tarde. / JORDI COTRINA

Año 2025. La reforma horaria ya ha calado en la sociedad catalana. No fue fácil, porque hubo que poner de acuerdo a todos los actores sociales, educativos, económicos, políticos, comerciales, sanitarios, mediáticos y culturales del país. Pero aquí está, con sus pros y sus contras.

Conozcan a la familia imaginaria Esteller García. Padre, madre y dos hijos de 10 y 15 años. Viven en Barcelona. Pau Esteller es administrativo en una compañía de seguros. Maria García es funcionaria. Los peques van a la escuela pública. Este es su día a día ficticio según los designios del cambio de hábitos que defiende este nuevo orden de las cosas.

Hoy es martes. El despertador suena a las 7.15 de la mañana. Las carreras propias de cualquier hogar. Mientras la madre controla la ropa de sus hijos, papá está preparando el desayuno. Los niños empiezan las clases a las 8.30. Les suele acompañar Pau porque le queda bien para luego coger el metro que le acerca a la oficina. A las 8.15 salen de casa, peinados y estupendos para afrontar la jornada. Quedan muy lejos los tiempos en los que el despertador sonaba a las ocho para entrar a las nueve. Maria está sentada frente al ordenador a las 8.30 horas. Antes, con los compañeros de planta, paraba a las 11 para regalarse un segundo desayuno. Tardaban media hora larga en volver a su puesto. Tenía cierta lógica, pues al salir a las tres de la tarde sin comer, algo tenían que echarse al estómago para no desfallecer a media mañana. Ahora, a lo sumo, se toma un bocadillo pequeño y un café sin levantarse de la mesa; en cinco minutos. 

RICARD CUGAT

Madres con sus hijos, camino de la escuela, en la Vila Olímpica.

TELETRABAJO Y JORNADA INTENSIVA

Pau ha llegado a la oficina a la misma hora porque a las 8.15 los hijos están ya en cole. Es una empresa con el horario partido para comer. Trabajan de 8.30 a 13.30 horas, y de 14.30 a 17.30 horas, pero han pactado un par de días de jornada compactada y cada vez son más los que apuestan por el teletrabajo. Le toca fichar, así que más le vale ser puntual si no quiere verse obligado a alargar la jornada laboral. En el pasado había llegado a tomarse hasta dos horas y media a mediodía. Incluso aprovechaba para ir una hora al gimnasio los martes y los jueves. Entre pitos y flautas, muchos días salía del despacho a las ocho de la noche.

Maria solía comer al llegar a casa, sobre las 15.30 horas. Llegaba muerta de hambre. Desde que se aplica la reforma horaria, la Administración pública en la que trabaja ha habilitado una sala con mesas, microondas, nevera y enseres culinarios para que el personal pueda comer de ‘tuper’ a eso de la una. No fue fácil conseguir los fondos para pagar el comedor. En poco más de 30 minutos (lo que les tomaba ese eterno café de las 11), están de vuelta al tajo. A las tres de la tarde se le ha abierto un mundo nuevo: ya no pierde dos horas entre ir a casa y preparar algo. Ahora aprovecha para salir a comprar, tomar un café con amigos o hacer deporte.

INSTITUTO CON COMEDOR

Mientras la jornada laboral de papá y mamá avanza, los hijos pasan el día en la escuela. El mayor, Arnau, come en el instituto a la una del mediodía. Antes le pasaba lo mismo que a su madre, que salía a las tres de la tarde con el estómago vacío y arrasaba la despensa al llegar a casa. Al desplegarse la reforma horaria, el centro acortó los patios para hacer sitio a la comida. Fue necesario construir un comedor que se comió un pedazo de patio. La inversión fue de aúpa…, tampoco fue fácil arañar el dinero público para que los colegios se adaptaran a los nuevos hábitos.

FERRAN SENDRA

Un hombre entra en una oficina en Barcelona.

La campaña informativa fue muy intensa. Muchas familias no estuvieron de acuerdo con que la educación fuera un poco más cara al sumarle la comida de los estudiantes. Primero se apostó por el 'tuper' de casa, pero muchos centros acabaron contratando un cátering. Guillem, el pequeño, apenas ha modificado su rutina, más allá de entrar y salir media hora antes. Abandona la escuela a las 16.30 horas y media hora después empieza la extraescolar de fútbol que termina a las 17.30 horas. Entre que se ducha y todo, a Pau le ha dado tiempo de ir a recogerle. Llegan a casa sobre las 18.15 horas. Unos años atrás, el entreno habría empezado a las seis de la tarde. Con suerte. Papá siempre cuenta la historia de un sobrino suyo que diez años atrás empezaba el entreno a las ocho y llegaba a casa a las diez de la noche. Hecho trizas.

'BOTIGUERS' IMPLICADOS

Arnau tiene clase de guitarra un par de días a la semana y hoy le toca. Empieza a las 17.30 y a las 19.00 horas ya está en casa. La lección dura una hora, pero suele quedarse un rato con los amigos charlando en la calle. Mientras el padre echa una mano a los peques con los deberes y empieza a preparar la cena, Maria se pasa por el súper. Al salir del trabajo se ha comprado una camisa en un comercio del barrio. Eso antes era impensable: los ‘botiguers’, sobre todo en los pequeños municipios, cerraban dos y hasta tres horas a mediodía porque no había demanda a esas horas. De este modo pueden cerrar antes y tener algo de vida propia.

A las ocho están todos en la mesa listos para cenar. Se cuentan el día, se ríen de lo mal que se le dan a las ecuaciones de segundo grado a Guillem, repasan los cromos que le faltan a Arnau de la colección de fútbol. A las 20.45 horas está la mesa recogida. Si fuera viernes quizás fueran al cine o al teatro porque las pelis y las actuaciones empiezan a las 21 horas. Pero es martes y en la tele echan su programa favorito. Las noticias ya se han terminado y el hombre del tiempo dice que mañana, paraguas. Qué lejos quedan los tiempos en los que el ‘prime time’ empezaba a las 22 horas y se alargaba hasta la madrugada. A las diez le tiran una mirada a Arnau, que se da por aludido, les da un beso a todos y se va a dormir. A las 23 horas, con el programa ya terminado, todos a la cama. Un poco de lectura y a dormir. Buenas noches y hasta mañana.

FERRAN NADEU

Una familia, ya en pijama, mirando la tele después de cenar, en el salón de casa. 

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