25 nov 2020

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El descontento por los excesos del turismo de masas avanza en Italia

El centro de Roma protesta por los daños al patrimonio y el deterioro de la convivencia

Los venecianos salen a la calle para denunciar que la ciudad es ya un parque temático

IRENE SAVIO / ROMA

Turistas en la Fontana de Trevi, en Roma.

Turistas en la Fontana de Trevi, en Roma. / AFP / FILIPPO MONTEFORTE

En Barcelona sonará lo que está sucediendo en Italia. En 1966, el teólogo Hans Urs von Balthasar, de nacionalidad suiza, los llamó "las termitas" de Europa que "ciegas" iban de monumento en monumento. En el siglo XXI, año 2016, los italianos han optado por un apelativo semejante, por su intención despectiva, pero quizá algo más cínico: los nuevos bárbaros. Son los turistas 'low cost', un colectivo antes anhelado pero que ahora suscita desazón entre los residentes de las más bellas ciudades de Italia, en cuyos cascos antiguos se agolpan cifras récord de viajeros, no siempre respetuosos. Resultado: en el país transalpino, las protestas ciudadanas contra "la invasión" del turismo masivo se están multiplicado, bajo la denuncia de que se está poniendo en riesgo la vida cotidiana y los monumentos italianos.

La última ciudad en alzar la voz contra los excesos del turismo ha sido Roma, donde la polémica se ha recrudecido en los días previos a la reapertura -prevista para este miércoles- de la escalinata de Trinitá dei Monti, inaugurada en 1726 y que se asoma por encima de la plaza de España, en el corazón de la urbe. Su rehabilitación, de un año de duración, ha costado 1,5 millones de euros, que ha pagado íntegramente el diseñador de joyas de lujo Paolo Bulgari. Fue él el primero en lanzar el órdago y solicitar que, para que el monumento no vuelva a caer "en manos de los bárbaros", se tomen medidas, como su cierre durante las noches, para evitar que se ensucie y se dañe. El motivo, dijo Bulgari, es que durante la obras de restauración se han encontrado "chicles, marcas de café, de vino y de otras muchas porquerías" dejadas por los miles de turistas que la visitan todos los días.

EXCREMENTOS EN LOS MONUMENTOS

Varios comerciantes de la zona no tardaron en darle la razón. "Se ha llegado al punto de que ha habido días en los que se han tenido que recoger excrementos humanos depositados sobre los monumentos", dice a este diario Gianni Battistoni, presidente de la Asociación de Via Condotti, cuya familia posee una tienda de ropa desde 1947. "De momento, hemos escrito un manifiesto de protesta, firmado por artistas e intelectuales como el arquitecto Massimiliano Fuksas. Pero también barajamos una denuncia ante la justicia si el Estado no nos escucha", agrega, en referencia a la negativa del Ministerio de Bienes Culturales de Italia a construir una barrera para los 137 escalones de Trinitá dei Monti, aunque sea de plexiglás transparente y solo para las noches. 

Florencia y Capri reclaman mejor gestión del flujo de turistas

Venecia y Roma no son las únicas ciudades italianas que, en los últimos meses, han manifestado su malestar por el creciente turismo de masas. Otros casos son los de Florencia, la isla de Capri y los pueblos de las Cinco Tierras, que como prácticamente toda Italia este año han registrado cifras récord de visitantes. Los alcaldes de estas localidades han pedido ayuda al Gobierno italiano para que haya una mejor gestión de los flujos turísticos. 

De hecho, de acuerdo con la asociación hotelera Federalberghi, este ha sido un verano con cifras históricas de turistas. En concreto, 33 millones de personas han visitado Italia desde junio hasta principios de septiembre, con un aumento del 9.5% comparado con el año anterior, y un volumen de negocio equivalente a 21.500 millones de euros. Una situación que ha tenido consecuencias, como las colas de hasta ocho horas registradas en agosto en el paso del Brennero, en la frontera con Austria.

En Venecia, otra de las grandes ciudades italianas en aprietos por el turismo de masas, ya han ido más allá. El pasado 11 de septiembre, miles de ciudadanos salieron a la calle con carritos de la compra, en alusión a ese día a día que la ciudad está perdiendo desde hace años. "Esta no es una protesta contra los turistas, que contribuyen a nuestra economía, es una iniciativa para sensibilizar sobre lo que ocurre en Venecia, una ciudad que se está convirtiendo en un parque temático", explicó entonces Gianpietro Gagliardi, de la asociación Generación 90. "Es una iniciativa que también estamos estudiando nosotros, pues la situación está degenerando rápidamente", afirma Viviana Di Capua, de la Asociación de Habitantes del Casco Urbano de Roma.

Y es que, más allá de las reacciones de unos y otros, los indicadores ponen de manifiesto cómo el turismo masivo está pasando factura a la vida cotidiana en ciudades como Venecia. Si, para regocijo de la industria turística, la famosa ciudad de la laguna hospedó a 9 millones de turistas en el 2015 y se prevé que el dato crezca el 5% este año, al mismo tiempo, la urbe de los canales se está despoblando de sus habitantes autóctonos: en 15 años, el número de venecianos ha bajado de 275.000 a 263.000. Algo que ha coincidido también con el aumento del precio de los alquileres, del 2,3% del valor de los alquileres en la famosa ciudad entre el 2014 y el 2015, según cifras del Centro de Estadísticas de Italia (Istat).

PROBLEMAS DE CONVIVENCIA

Entre los problemas sobre la mesa están la proliferación de viviendas particulares que se destinan a uso turístico y los 'bed and breakfast', que no siempre las autoridades logran que respetan las leyes. "En Venecia, en el primer trimestre del 2015, solo había registrados 200 'bed and breakfast' -ha explicado la Guardia de Finanzas-. Hoy, gracias a un plan de afloramiento del ayuntamiento, son 1.900, un 800% más".

"En Roma se trata de un fenómeno que pone sobre la mesa también cuestiones de seguridad pública y de convivencia, pues muchos de estos alojamientos no registran correctamente a sus huéspedes y no les explican cuáles son las reglas para vivir en la ciudad", insiste Di Capua, que reclama más controles y más multas a propietarios piratas y turistas maleducados y, en última instancia, una mejor gestión de los flujos turísticos por parte del Estado. Porque, afirma, "cómo tratamos nuestras ciudades es un termómetro de cómo progresamos". 

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