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Una estibadora barcelonesa: "Esto no es como 'La ley del silencio'"

Maica Cerezo, que suma 17 años en el Port de Barcelona, explica cómo el papel de la mujer se ha normalizado en su profesión, aunque son 45 entre un millar de hombres

PATRICIA CASTÁN / BARCELONA

Maica Cerezo, estibadora del Port de Barcelona

Maica Cerezo, estibadora del Port de Barcelona / CARLOS MONTANYES

La imagen que evocan la mayoría de mortales (profanos en la materia) al evocar a un estibador es la de un fornido Marlon Brando en el inhóspito muelle neoyorquino de 'La ley del silencio'. Tal vez por ese cliché trasnochado, lo primero que advierte Maica Cerezo al hablar sobre su profesión es que la realidad de los muelles barceloneses poco se parece al filme de Elia Kazan. Lo único que se repite es el trajín de "latas" (contenedores), cada vez más frenético desde que el mundo depende como nunca del movimiento de mercancías y provisiones que circulan por todo el planeta.

Esta mujer de 41 años, casada y con una hija pequeña, residente en Tiana, rompe más moldes a golpe de currículo. Es socióloga, confiesa, aunque trabajó poco tiempo estudiando la sociedad, y tempranamente se decantó -hace 17 años- por algo más prosaico, la logística y distribución de las mercancías que abastecen a esa humanidad. No aprobó las primeras oposiciones que surgieron en el Port de Barcelona, pero sí las segundas. Sería porque el asunto corría por sus venas. Su padre, aunque murió joven, fue estibador y dejó huella.

"Esto no es como en la película de Brando, cada vez es menos físico", cuenta. Y las mujeres pertenecen a una sección donde no hay que emplear la fuerza. El día a día de un muelle de carga y descarga se traduce en Estibarna, la sociedad de gestión de estibadores del puerto de Barcelona, en cinco áreas de trabajo. Resumidamente, la primera es de encargados o capataces; la segunda, de controladores de mercancías; la tercera, de manipuladores de maquinaria; la cuarta llamada de bordo, donde el trabajo es más físico, pero no de levantamiento de peso sino de colocación de piezas para fijar los contenedores o situar caballetes para las plataformas. Un quinto grupo es de personal en formación.

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Las 45 mujeres que forman parte del equipo -junto a un millar de hombres, lo que denota que en la profesión aún se impone la testosterona- pertenecen a la segunda sección. La rutina de Maica va de controlar la mercancía, asegurar que se le ponga un precinto y llegue a los camiones, junto al manipulante o, a la inversa, acompañar los contenedores y confirmar "que sea el bueno". Planos de carga y descarga detallados en su ordenador, lectores de códigos, comunicación por radio y el milagro informático hacen que la labor sea infinitamente más fácil que hace unos años, cuando andaban con terroríficos listados de 1.500 "latas". Y es que en un fin de semana han llegado a mover hasta 7.000.

Curiosamente, los estibadores nunca tienen ni idea del contenido de las cajas. Ni tareas inspectoras. Solo las identifican unos códigos, para su posterior distribución hacia la península o, al revés, al mundo. El personal, relata, se divide en fijos para determinadas empresas o en rotación para unas y otras en función del volumen de trabajo. A ella le toca ahora rotar, lo que supone horarios "más locos" y complica la planificación de su vida familiar -"te organizas y tiras de abuelos y canguros"-, pero a cambio dispone de más tiempo libre.  

Y aunque el entorno pueda parecer hostil, Maica se ha sentido siempre como en casa. "Hasta en los primeros tiempos recibieron bien a las mujeres", rememora. Pocas veces ha escuchado bromas o comentarios sexistas, pese a que ha trabajado con muchos hombres. De hecho, una de las cosas que más le gustan de su misión es "el compañerismo y la filosofía de vida". Alterna labor de oficina con recorrer los muelles (de las madrugadas más gélidas a las tardes más tórridas) y adora que no haya "ninguna competitividad", ya que todos tienen igualdad de categoría y salario, enfatiza.

Desde esa "normalidad" del puerto barcelonés, que también respiran por ejemplo en Valencia, está convencida de que a corto plazo las mujeres tendrán su hueco en todos esos puertos donde ya no hay ningún Marlon Brando.