TRATAMIENTO DE LA DROGADICCIÓN

Supervivientes de la epidemia del caballo

El CAS de La Mina atiende a muchos drogadictos que cayeron en las redes de la heroína en los 80

La media de edad de los tratados es de 45 años, y las mujeres todavía son una inquietante minoría

Chefa, enfermera del CAS de La Mina, prepara una dosis de metadona, que mezclará con zumo de naranja. / FERRAN NADEU

Chefa, enfermera del CAS de La Mina, prepara una dosis de metadona, que mezclará con zumo de naranja.
Eva Lligoña (izquierda) y Marta Torrens, en la entrada del CAS del barrio de La Mina. 

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Hay cosas que solo pueden pasar en La Mina. Para lo bueno, para lo malo y para lo curioso. Aquí conviven dos calles del Mar, paralelas. Y no muy lejos está la de Mart, para rematar la cosa. Si el destino está en esa dirección y además es un domicilio sin número, esto es más una gincana que una cita. Por suerte es algo que solo le pasa al neófito, porque aquí todos conocen el Centro de Atención y Seguimiento (CAS) a las drogodependencias. Abren la puerta la directora de la línea de adicciones del Instituto de Neuropsiquiatría y Adicciones del Parc de Salut Mar, Marta Torrens, y la responsable del centro, la psicóloga Eva Lligoña. Mientras atienden a este diario, en un menudo despacho, los enfermos van entrando y saliendo para recibir su dosis de metadona y su medicación. Normalidad absoluta. Una pequeña familia. Un engranaje perfecto.

Las expertas explican que aquí la media de edad de las personas en tratamiento contra la heroína es de 45 años. El más joven tiene 22, y el más veterano, 75; un hombre del barrio de toda la vida, patriarca de una familia con numerosos miembros también en desintoxicación. Cuentan que llegan pocos casos nuevos de enfermos enganchados a la heroína, que el año pasado, por primera vez en la vida de este equipamiento, el alcohol fue la primera causa de pacientes atendidos, por encima de los opiáceos y el cannabis. En Barcelona, por aquello de comparar, los que tienen problemas con la bebida superan muy de largo al resto de adictos a otras sustancias desde el 2001. Pero La Mina es distinta.

SALUD INDIVIDUAL (Y PÚBLICA)

Los que cruzan la puerta, muchos de ellos, son “supervivientes de la plaga de la heroína de los 80 y principios de los 90” que, con el paso de los años, han ido desarrollando nuevas patologías asociadas al consumo. Hepatitis C (la muerte por problemas de hígado es habitual), problemas respiratorios derivados del tabaquismo. Pero no tanto el sida, que ha ido perdiendo terreno. “De lo que se trata, también, es de manejar la salud individual bajo el concepto de salud pública; debemos evitar que se infecten, pero también que infecten a otros”, señala Torrens, que lleva casi 30 años en la materia. El objetivo, continúa, es que no consuman, lo que se consigue tomando sustitutivos como la metadona, que puede llegar a acompañarles toda la vida y, si se logra evitarla, con fármacos.

Kryptonita contra la plaga

La heroína se cebó con la juventud de la década de 80, incapaz de contrarrestar los efectos de un opiáceo tan potente como adictivo. Hacía falta una kryptonita capaz de arrancar a la chavalada de una droga que había marcado la década, con momentos de hasta 60 muertos por sobredosis al mes solo en Barcelona. Así fue como un real decreto, sellado el 19 de enero de 1990, puso orden a la dispensación de metadona en los centros sanitarios acreditados. No mataría la rabia, pero amansaría la furia. La metadona, según señalan la doctora Marta Torrens, tiene un autonomía de unas 24 horas, mientras que los efectos de la heroína son cortos y llevan a los drogadictos a consumirla entre cuatro y seis veces al día. La abstinencia se consigue gracias a los opiáceos sustitutivos (también se recurre a la buprenorfina), que consiguen que el adicto amortigüe los efectos del llamado mono.

Precisamente el tiempo es una de las cosas más difíciles de gestionar, sostiene Lligoña. “Convencerles de que el tratamiento puede ser muy largo no es fácil. Vienen con el concepto de la heroína: si toman mucha metadona consideran que están enganchados y por eso piden poca. Pero no se trata de eso, porque la dosis equivocada puede ser inútil o peligrosa”.

Otro de los retos, al margen de salvar y prolongar vidas, es la mujer. Representan el 40% de las personas que consumen, pero solo el 20% de los drogadictos que dan el paso e inician un tratamiento. Arrastran un enorme estigma, una asignatura pendiente que el próximo plan de drogas de Barcelona -el presente caduca este año- abordará a fondo. También en La Mina trabajan el tema, día a día, con la confianza que dan los años, el roce. “Detrás de un hombre que va al tratamiento hay una mujer que le anima y le empuja, ya sea su madre, la mujer o una hermana. La mujer que viene a visitarse lo hace a pesar de; con muchos miedos”, lamenta la doctora del Hospital del Mar. 

NUEVA PLAGA EN EEUU

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Aunque la heroína aparece de manera puntual en los jóvenes adictos, las profesionales recomiendan estar “muy atentos”. Basta, señalan, con recordar lo sucedido en Estados Unidos en el último año, donde se ha registrado una nueva epidemia de heroína -se han multiplicado por cuatro las muertes por sobredosis desde el 2000- que, según señala Torrens, "a diferencia de décadas atrás, cuando se engancharon sobre todo a hispanos, ahora ha hecho mella en la clase media caucásica”. Por eso a esta profesional le gusta recordar que la gente "consume lo que está en la calle", lo que obliga a estar muy atentos, a trabajar de manera conjunta entre administraciones. Y codo con codo con la policía. 

Lligoña recuerda que hace 20 años, la droga "aparecía en las encuestas en lo más alto de las preocupaciones ciudadanas". Ahora ha desaparecido del podio. Se ha hecho mucho, y la inquietud, aunque en La Mina es muy superior a la media, ha decrecido. Pero existe un riesgo que ambas expertas ponen sobre la mesa: "Si no se habla de ella, alguien podría pensar que no hace falta financiar la lucha contra las drogas". Un mensaje para políticos. Ah, y una obviedad: el alcohol y el tabaco mata a mucha más gente que la heroína o la cocaína. Pero esas sustancias, por suerte para algunos, desgracia para muchos, son legales.