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Cristian Palazzi: «La gente normal y corriente es la que cambia el mundo»

Gemma Tramullas

Es doctor en Filosofía y vive solo en un valle escondido de la sierra de Collserola. «La naturaleza -dice- me da paz». Durante dos semanas ha recorrido el desierto helado del Ártico, más allá del paralelo 78 norte, donde ha experimentado una versión extrema de esa paz que contribuye a la comprensión de la vida.

Un filósofo en el Ártico. Pasó de dar lecciones en la universidad a recibirlas a bordo de un rompehielos.

-Acaba de volver de una travesía por el Ártico a bordo del Arctic Sunrise. ¿Qué hacía un filósofo en el rompehielos de Greenpeace? Eso mismo me preguntaba yo, hasta que me di cuenta de que no es tan extraño. Greenpeace llevó al pianista Ludovico Einaudi a tocar en un glaciar para pedir la protección del Ártico y me invitaron a cubrir la acción para la revista PlayGround. La idea de fondo de las campañas de Greenpeace es promover un cambio de conciencia y eso está muy relacionado con la filosofía social y la ética aplicada, que es mi especialidad.

-¿Qué le ha aportado el viaje? En realidad he hecho dos viajes: el geográfico y el humano. En el primero he conocido un paraje natural bellísimo, que sirve como regulador del clima y que es riquísimo en biodiversidad y reservas de petróleo y gas. Pero el deshielo progresivo provocará la militarización de la zona, la explotación de sus recursos naturales y la apertura de nuevas vías de comunicación comercial. Ya hay un crucero para 3.000 personas programado para este verano. El Ártico durará tres días.

-¿Y el viaje humano? He convivido en un rompehielos con una tripulación que lleva 15 o 20 años en Greenpeace. No son genios, ni líderes; son técnicos, gente sencilla que tiene claro lo que quiere. Si hay que llevar un piano al Ártico lo llevan; no les preguntes sobre geopolítica. Su vida es una sucesión de hechos, no de pensamientos, y eso es insobornable.

-¿Qué quiere decir? Que la sencillez es el motor de la acción y las acciones son las que acaban cambiando la mentalidad de las personas. Es la gente normal y corriente con una voluntad de hierro la que cambia el mundo. No hace falta un genio que nos guíe.

-Si no le entiendo mal, la ética no se enseña, se practica. Correcto. Tengo 35 años, llevo 10 dando clase y me encantan los tochos y la teoría, pero si los conceptos potentes no vienen acompañados de acciones que los ilustren, se olvidan. Esta es una de las crisis de la educación actual.

-¿El compromiso social lleva a la filosofía o la filosofía al compromiso social? En mi caso fue la segunda. Empecé la carrera pensando en la metafísica, en lo más conceptual. Pero ocurrió el 15-M y mi vida cambió. Desde entonces participo en asociaciones dedicadas al pensamiento crítico y en redes que desarrollan ideas sobre nuevas maneras de entender el mundo. Este compromiso me llevó al Ártico.

-Dirige el Observatorio de Turismo Responsable de la Universitat Ramon Llull. ¿Barcelona sobrevivirá al turismo? Hay un proverbio polinesio que dice: «El turismo es como el fuego, sirve para hacerte la comida pero puede quemarte la casa». El turismo tiene muchas cosas positivas pero es una máquina de hacer dinero. Barcelona tiene herramientas para resistirse y corregir su impacto, pero el Ártico no. El Ártico desaparecerá y esto plantea un dilema que tiene que ver con la filosofía: o apostamos por la naturaleza y por el futuro o apostamos por la pasta.

-Se ha pasado del activismo al escepticismo. El cambio climático ya no da miedo. No lo llamemos cambio climático, sino destrucción de la naturaleza tal y como la conocemos. La extinción de especies, la desaparición de semillas o la acidificación de los océanos son hechos contrastables. Frente a esto la Tierra tiene dos opciones: extinguirse o extinguirnos.