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Gente corriente

Eva Erill: «Un 'like' no da agua a un niño refugiado; un euro, sí»

Gemma Tramullas

La plaza de Sant Felip Neri de Barcelona conserva la marca del bombazo que en 1938 mató a 40 personas, la mayoría niños. En este escenario de la memoria que hoy es parada obligada para los guías turísticos, Eva Erill denuncia la inacción y el silencio ante la dantesca situación que se vive en Yemen, especialmente su población infantil. Las cifras estremecen: 10.000 niños fallecidos por falta de agua, comida y medicinas; una media de seis niños heridos o asesinados al día; 320.000 en riesgo de muerte por malnutrición severa... Yemen es la mayor emergencia humanitaria del mundo y la más invisible. Erill pronunciara mañana la conferencia Yemen, la guerra silenciada (a las 19.00 horas, en la Torre Jussana del barrio de La Clota de Barcelona).

Yemení de corazón. Viajera y fundadora de Solidarios sin Fronteras, la única oenegé española volcada en Yemen.

-Usted siempre viaja sola. Hace muchos años que decidí hacerlo así y desde entonces mi relación con la población local cambió de 0 a 100. Ahora tengo amigos íntimos repartidos por medio mundo.

-Incluido Yemen, el país árabe más pobre. Nunca fue un destino popular. Era un viaje que tenía entre ceja y ceja desde que leí un artículo de National Geographic que describía la capital, Saná, como la ciudad más bonita del mundo. En el 2012 decidí finalmente viajar hasta allí y cuando llamé a la embajada para pedir un visado me dijeron que hacía años que no daban ninguno. Desde el atentado del 2007 en el que murieron ocho españoles, el turismo europeo se había esfumado.

-¿Y llevaba razón National GeographicHe llorado de emoción dos veces en mi vida y una fue en Saná, viendo la caída del sol y cómo se iluminaba la ciudad antigua con el canto del muecín de fondo. No sé si lo volveré a ver... [se emociona] En Yemen se han destruido sitios que son patrimonio de la humanidad, pero como los bombardea Arabia Saudí nadie lo denuncia.

-¿Ser mujer y extranjera fue un problema? Una mujer rubia paseando sola por el zoco de un país musulmán cero turístico es una sensación que mucha gente debería vivir para sacarse prejuicios de encima. La gente es muy hospitalaria y curiosa y continuamente me invitaban a sus casas a tomar té chai. Allí no eres un dólar andante.

-¿Cuántas veces volvió a Yemen? Tres, hasta que en marzo del 2015 hubo el primer ataque de Arabia Saudí y el país quedó bloqueado. Mis amigos me mandaban imágenes terroríficas: cuerpos carbonizados, niños partidos en dos…

-Al poco nacía Solidarios sin Fronteras [facebook.com/solidariosinfronteras]. Empezamos tres amigos íntimos viajeros, y una amiga yemení que hice en mi primer viaje, Faten, se convirtió en la coordinadora sobre el terreno. Ella tenía un cargo en las aerolíneas yemenís y un buen nivel cultural. Siempre dice que la única cosa buena de la guerra es que la ha obligado a salir de su burbuja y ver la realidad de su país.

-Son muy pocos y en un tiempo récord han conseguido repartir mucha ayuda. Hacemos cajas con alimentos y productos de higiene para el consumo mensual de una familia. La caja cuesta 68 euros y mediante campañas de crowdfunding (vamos por la tercera) y teaming hemos alimentado a 2.500 personas e instalado dos tanques de 4.000 litros de agua en el campo de Amran, donde viven mujeres y niños que no tienen nada. Faten hace el reparto de comida y no acepta que le paguemos ni la gasolina.

-Trabaja todo el día como psicóloga. ¿De dónde saca la energía para convencer a la gente de que contribuya con dinero? Del amor. Esto solo se puede hacer porque sale del corazón y porque sé que estamos haciendo algo que no hace nadie y que estamos salvando vidas. Las redes sociales han potenciado la participación ciudadana pero no la implicación. Un compartir, un like o un retuit no le dan agua al niño del campo de refugiados; un euro, sí.