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Los últimos (y los primeros) de la selectividad

Las pruebas de acceso a la universidad implantadas en 1975 llegan este año a su última edición, por decisión de la LOMCE

EL PERIÓDICO recoge las experiencias de alumnos de la primera promoción y de jóvenes que se examinarán la próxima semana

Maria Jesús Ibáñez

Charla entre la primera generación de 1975 y la última en presentar la selectividad / FERRAN SENDRA / VÍDEO: ANA C. BAIG

Han pasado 40 años (41 para ser exactos) y la selectividad, tal y como la han conocido generaciones y generaciones de estudiantes, llega la semana próxima a su última edición. A partir del 2017, el formato de la prueba de acceso a la universidad (PAU) será posiblemente muy similar al actual, o al menos así lo han acordado el Ministerio de Educación y los rectores universitarios, pero ya no será una prueba selectiva. Si la ley orgánica para la mejora de la calidad educativa (LOMCE) sigue para entonces en vigor -eso dependerá en buena parte del resultado de las próximas elecciones generales-, los nuevos exámenes tendrán también carácter de reválida: los alumnos que no los aprueben no podrán obtener el título de bachiller.

Ignasi Garcia Almirall

ALUMNO DE 1975

"La gente de mi edad fuimos a aquella primera selectividad sin saber muy bien qué nos íbamos a encontrar"

“Si algo ha tenido la actual selectividad es que ha ordenado las cosas, ha hecho que todos pasáramos por un mismo tipo de prueba y eso, en unos años en que la población ha crecido tanto, ha sido una garantía de que todos jugábamos en igualdad de condiciones”. La reflexión es de Ignasi Garcia Almirall, profesor en la escuela de Ingeniería Industrial en la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) y alumno de la primera promoción de estudiantes que tuvo que hacer la selectividad. Garcia Almirall la pasó en 1975, después de haber estudiado bachillerato en la Escola Pia y el COU en el Jaume Bofill, en Barcelona. “La verdad es que la gente de mi edad fuimos a aquella primera selectividad sin saber muy bien qué nos íbamos a encontrar”, asegura.

La primera convocatoria de las entonces llamadas pruebas de aptitud de acceso a la universidad (PAAU, con dos ‘as’) fue controvertida. La prensa del momento recogió llamamientos diversos para que los estudiantes les hicieran boicot y peticiones de aplazamiento por parte de profesores de secundaria y de asociaciones de padres de alumnos. Las noticias de esos días mencionan también las tensas reuniones que se mantuvieron en la Universitat de Barcelona (entonces Universidad Central) para decidir cómo se iban a organizar los exámenes.

Marta Pérez Sierra

ESTUDIANTE DE 1975

"Entramos en las aulas del instituto Balmes custodiados por los grises, mientras fuera, en la calle, había concentraciones de gente protestando contra la prueba"

“Recuerdo que aquel día [16 de junio de 1975] entramos en las aulas del instituto Jaume Balmes custodiados por los grises, la temida Policía Nacional de la época”, cuenta Marta Pérez Sierra, exalumna también del Jaume Bofill. Eran momentos de incertidumbre política, con el dictador Francisco Franco ya agonizando. “Fuera, en la calle, había concentraciones de gente protestando contra la prueba y, de hecho, creo que varios compañeros de curso no la llegaron ni siquiera a hacer”, relata la mujer. “Hicimos los exámenes con un policía delante y otro detrás de cada fila de pupitres  y si pedíamos ir al lavabo uno de ellos nos acompañaba hasta la misma puerta del baño”, recuerda.

OTRO TIPO DE PRESIÓN

Las presiones que sufren los alumnos que se enfrentan ahora a la selectividad son otras. Las convulsiones políticas del momento son muy distintas, pero a los jóvenes bachilleres de hoy lo que les preocupa es la famosa nota de corte, la calificación que les abrirá la puerta a los estudios que anhelan hacer. Dan fe de ello Marta Artigas y Marc Gallifa, que la semana que viene (entre martes y jueves) van a realizar las pruebas.

Marta Artigas

ALUMNA DEl 2016

"A nosotros nos orientan toda la vida para esto. Tenemos presión en el instituto, tenemos presión en casa y tenemos la presión que nos imponemos nosotros mismo"

“A nosotros nos orientan toda la vida para esto, para la selectividad. Tenemos presión en el instituto, tenemos presión en casa y tenemos la presión que nos imponemos nosotros mismos por miedo a fallar o a equivocarnos en la elección de la carrera… Ahora mismo, yo rezo para que no haya mucha gente que quiera los mismos estudios que yo”, explica la chica. "Es como si hubiéramos estado esperando este momento durante toda nuestra vida académica y ahora hubiéramos llegado ya a una especie de corredor de la muerte", ilustra el muchacho.

Los cuatro testimonios se han reunido esta semana, a instancias de EL PERIÓDICO, para compartir recuerdos, los veteranos, y quimeras, los jóvenes bachilleres. “Es verdad que a vosotros os someten a una presión excesiva, que se os enfrenta a un proceso casi de selección natural”, dice Marta Pérez Sierra.

TEMARIO INABARCABLE

El apretado currículo del bachillerato (y que la LOMCE aún endurecerá más el curso próximo) hace que “todo el trabajo cooperativo, los debates u otras experiencias que podrían ser muy enriquecedoras para los alumnos, al final no tengan espacio”, lamenta Marc Gallifa. “¿Vosotros tuvisteis un temario estricto?”, pregunta el joven, que aspira a entrar en la facultad de Economía de la UB.

“¡Qué va! Nosotros tuvimos la suerte de ser una de las primeras promociones del COU, el curso de orientación universitaria, que fue muy innovador respecto a lo que había habido antes… pero como no sabíamos cómo iba a ser la selectividad, no tuvimos la presión que sufrís vosotros”, responde Pérez Sierra, escritora y activista cultural.

Marc Gallifa

ESTUDIANTE DEL 2016

"El trabajo cooperativo, los debates u otras experiencias que podrían ser enriquecedoras para los alumnos, no tienen espacio por lo apretado del temario de bachillerato”

Albert Campi, otro estudiante de la primera selectividad, que no ha podido acudir a la cita con los otros cuatro alumnos, reconoce que él, en el 75, se limitó a “repasar algunos de los temas y a hacer ejercicios de las asignaturas más prácticas”. “Yo también estoy trabajando de este modo, pero el temario es tan grande, que hasta esta misma semana no lo hemos completado”, protesta Gallifa. “Hemos acabado el curso oficial, pero hemos tenido que seguir yendo unas semanas adicionales a clase para que los profesores nos terminaran de explicar temas que habían quedado pendientes”, señala Marta Artigas, que también ha estudiado en la Escola Pia.

“Bueno, pensad que la selectividad solo sirve para establecer un orden de llegada para las carreras en las que hay mucha demanda”, interviene, tranquilizador, Ignasi Garcia Almirall. “Sí, pero es que eso de la nota de corte me parece lo más injusto –protesta la joven Marta-, porque, a ver, si yo creo que tengo las competencias para estudiar lo que me gusta, que es Publicidad, pero resulta que no se me da bien una asignatura… me quedo fuera”. “Sí, quizás esta sea la gran diferencia entre vuestra selectividad y la nuestra”, concede Almirall.

Flojos en orientación universitaria

Unos y otros, los veteranos del 75 y los noveles del 2016, coinciden en el reproche: el sistema educativo sigue flojeando en cuestión de orientación universitaria. Hay tantos bachilleres que llegan a la selectividad sin tener todavía claro qué quieren hacer, que no es de extrañar que en el primer año de carrera haya tantos abandonos, dicen. Y ahora, más que antes, el sentimiento es de indefensión. “Al menos, en nuestra época, quienes terminábamos la universidad sabíamos que alguien vendría a darnos trabajo”, exclama Ignasi Garcia Almirall. “Ahora, en cambio, sois vosotros mismos quienes tenéis que crear las opciones de tener trabajo”, agrega.

Es difícil escoger, dice. Él mismo, reconoce, pasó por varias facultades hasta que finalmente dio con su verdadera vocación. Lo mismo le ocurrió a Marta Pérez Sierra, la otra veterana de la selectividad del 75 que ha accedido a charlar con los jóvenes que el martes empiezan los exámenes. “Yo empecé Ciencias Exactas y las dejé. Pasé a Magisterio y luego estudié Filología. Comencé mi vida laboral dando clases y ahora me gano la vida escribiendo y organizando actividades culturales”, explica.

Los chicos, Marta Artigas y Marc Gallifa, tienen claro que, ante la duda, “lo importante es apostar por lo que te gusta, dejarse guiar por la vocación y que, al menos, se disfruten los cuatro años que dura el grado universitario”, argumenta el chico.