11 ago 2020

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Gente corriente

Joan Martori: «¿Queremos formar adultos libres o domesticados?»

Gemma Tramullas

A sus 59 años, a este profesor del instituto Montserrat Miró i Vilà de Montcada i Reixac aún se le humedecen los ojos cuando habla de ese momento mágico en el que un texto literario provoca una sacudida emocional en el alumno. Martori es uno de los miembros del Col.lectiu Pere Quart, que impulsa el manifiesto SOS. Literatura a l'ensenyament.

Un profe sin 'burn out'. Reivindica la emoción en el aula y denuncia el «maltrato» de la literatura.

-Cuando el fotógrafo le ha pedido que escribiera algo en la pizarra, usted ha elegido el verso Escopiu a la closca pelada dels cretins, de Salvat-Papasseit. ¿Por qué? Porque es un ejemplo de actitud combativa y porque la literatura lleva a la reflexión pero también a adoptar un papel en la vida. Los adolescentes son inquietos, luchadores y emocionalmente inestables, y esto les crea un maremágnum de incertidumbres. Conducir esta energía es el reto del docente.

-¿Cómo hacerlo a través de la literatura? La literatura plantea cuestiones con las que los alumnos se pueden sentir identificados, facilita el conocimiento de lo que somos y de lo que soñamos ser y posibilita la formación de ciudadanos críticos y comprometidos. Vengo de trabajar el poema Elionor, de Martí i Pol, con los de primero de ESO y hemos hablado de cómo las niñas más o menos de su edad vivían el trabajo en las colonias textiles como una condena. Cuando les hablas de esto deja de ser un poema frío, lo viven.

-En cambio, en el manifiesto denuncian que Ensenyament quiere reducir las horas de lengua y literatura del bachillerato. Si la literatura fuera mujer, pensaría que está sometida a un maltrato de género.

-Son palabras fuertes. ¿Tan mal está? La frase es provocativa, pero el manifiesto es un ejercicio de responsabilidad. Estamos construyendo un nuevo país, ¿no? ¿Queremos formar adultos cultos, libres, despiertos y felices, como decía Espriu? ¿O preferimos que sean competentes, pero insensibles, domesticados y obedientes a los dictados de la empresa en una sociedad neoliberal?

-¿Usted qué cree? Que si de verdad queremos gente despierta, con coraje, inquieta e innovadora -es decir, que participe de los procesos democráticos y cambie las cosas- tendrán que darnos las herramientas para poder hacer bien nuestro trabajo en las aulas.

-Además del manifiesto, han iniciado una petición en Change.org para recuperar las tres horas semanales en bachillerato. Deberían firmarla también las familias y los alumnos, porque conocer nuestro patrimonio literario es su derecho. Además, ¿no se habla tanto de educación emocional? ¡La literatura es educación emocional!

-Pero hay clases soporíferas. ¿Su gremio no debería hacer autocrítica también? Si estás atento, cada clase es una autocrítica y te lleva a replantearte la siguiente para hacerlo mejor. Pero necesitamos tiempo. El profesor de literatura es como el guía turístico que muestra los rincones ocultos de una ciudad, es como el que sirve y enseña a degustar un buen plato, pero es un proceso de maduración lento.

-Reivindicar la literatura, y concretamente la catalana, desde un instituto del cinturón rojo de Barcelona es ya revolucionario. Aquí hay gente de familia trabajadora que vive la cultura como un valor de progreso. Creemos en la literatura y no estamos deprimidos ni tenemos el síndrome del burn out [agotamiento emocional].

-¿Quién le inculcó el gusanillo literario? Yo estudié bachillerato en el franquismo tardío y tuve como profesores a Joaquim Molas y Jaume Cabré. Hacer literatura catalana en aquella época suponía un compromiso con la lengua y la cultura del país, porque se hacía al margen de los dictados del ministerio. Por eso, para mí el aprendizaje de la literatura siempre va asociado al compromiso cultural y social.