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La escuela limita la educación sexual a la higiene y la salud

Los expertos critican que el asunto quede al albedrío de los profesores, que carecen de formación específica

La materia se imparte en las clases de Ciencias Naturales, aunque hay centros que la dan en Valores Éticos

MARÍA JESÚS IBÁÑEZ / BARCELONA

Una clase de educación sexual en Estados Unidos.

Una clase de educación sexual en Estados Unidos. / EXIT TELEVISION

Hace unos meses, no muchos, un ayuntamiento del área metropolitana de Barcelona convocó a una reunión a los responsables de los centros educativos del municipio para tratar de buscar, entre todos, soluciones a lo que empezaba a ser un problema acuciante en la localidad: de un tiempo a esa parte, explicó el consistorio, los embarazos adolescentes se habían disparado. “El ayuntamiento nos preguntó si era posible reforzar las clases de educación sexual y nos pidió si podíamos también adelantar la edad a la que se imparte la materia”, explica una maestra de primaria que asistió al encuentro. Todavía es pronto para saber si las medidas adoptadas a raíz de aquella reunión han calado, pero si algo quedó en evidencia es que lo que se hacía hasta entonces valía de bien poco.

La educación sexual que reciben los jóvenes catalanes en el colegio se limita, en la actualidad, a cuestiones de higiene y de salud, a la prevención de enfermedades de transmisión sexual y de los embarazos no deseados. ¿Qué se les explica concretamente? Primero, en la etapa infantil “se trabaja sobre el descubrimiento del propio cuerpo, el vocabulario relativo a cada órgano y las diferencias entre chicos y chicas” y más adelante, cuando llegan a la preadolescencia, “se les explica cómo funcionan los aparatos reproductores, el femenino y el masculino”, explica una portavoz de la Conselleria d’Ensenyament. Ya en estas edades, subraya la técnica de la Generalitat, “se nota mucho cuando un menor ha tratado el tema antes, en su casa”. La familia, insiste la docente, es determinante en este asunto. 

EXPLICACIONES TARDÍAS

De hecho, según reconoce Ensenyament, la educación sexual se considera “un contenido transversal” y suele explicarse dentro de las clases de Ciencias Naturales. De forma puntual, también se aborda en las horas de tutoría y en las de la asignatura de Valores Sociales y Cívicos, lo que deja fuera a quienes estudian Religión. “Aunque cada centro educativo decide cómo se concreta”, detalla otra técnica del departamento que dirige Meritxell Ruiz. En muchos casos, se contratan los servicios de docentes externos para que vayan a un colegio a impartir un taller específico.

Mención anecdótica en los libros de texto

Es verdad que hay libros de texto que hablan de que “es necesaria una relación de igualdad y de respeto entre los dos miembros de la pareja”, pero esta observación, extraída de un manual de la editorial Santillana para alumnos de sexto de primaria (de entre 11 y 12 años), ocupa apenas tres líneas dentro de un amplio capítulo de Ciencias Naturales de ocho páginas.

Como colofón, el mismo libro de texto incluye, en una pieza destacada, una recomendación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en que se recuerda que la “salud sexual” no solo se refiere “a la ausencia de enfermedades, sino también al respeto a uno mismo y a las otras personas […], por lo que hay que evitar relaciones de pareja donde estén presentes actitudes poco respetuosas, como la agresividad, la intimidación o el menosprecio”.

Es en tercero de la ESO, cuando los chicos son ya conscientes de sus cambios físicos, cuando descubren su nueva identidad, cuando se entra verdaderamente en materia. “Es también a esa edad cuando son más vulnerables y necesitan, no solo información, sino sobre todo apoyo”, explica una profesora de Biología.

No es hasta la secundaria cuando la educación sexual escolar avanza un poco más y a los alumnos se les explica cómo deben mantener unas relaciones sexuales sanas y seguras. Pero eso no ocurre hasta tercero de la ESO, cuando ya tienen entre 14 y 15 años y la gran mayoría ha visto porno en internet. Y cuando, estadísticamente, muchos de ellos habrán tenido ya sus primeras experiencias sexuales.

COMPENSAR ESTEREOTIPOS

“Vamos tarde, sin duda, y vamos mal”, lamenta Mercè Otero, docente y miembro del colectivo Ca la Dona, vinculado al movimiento feminista. “Es cierto que la escuela está presionada por todos lados, en este caso por las familias y por los medios de comunicación o las redes sociales, pero precisamente por eso, la función de la escuela debería de ser la de despertar el espíritu crítico y, tal y como están las cosas, ahora eso difícilmente se consigue”, denuncia.

“El porno que están viendo por internet crea un imaginario sobre la sexualidad que no tiene en cuenta que la sexualidad va más allá de la penetración”, advierte Dolo Pulido, activista defensora de la coeducación. Justamente, la misión de la escuela es la de “intervenir y compensar los impactos que los jóvenes reciben de determinados programas de televisión y de lo que ven por internet”, insiste Otero. Y lo mismo, agrega, “respecto a ciertos roles que pueden observar en sus hogares”.

LA FORMACIÓN DEL DOCENTE

Pero el problema no es solo qué se explica cuando se habla de educación sexual y cómo se explican estos contenidos en la escuela, coinciden las dos feministas. "El problema es, demasiado a menudo, quién lo explica y cómo se le ha preparado para explicarlo", señala Mercè Otero. La formación que reciben los docentes sobre cuestiones relacionadas con la sexualidad y la coeducación (la educación paritaria y en igualdad para hombres y mujeres) "es aún muy deficitaria". "Y no nos engañemos, cada profesor tiene sus propios apriorismos", agrega.

"Cuando en mayo de 1976, dentro de unas jornadas celebradas con motivo del Año Internacional de la Mujer, se abordó por primera vez en Catalunya la posibilidad de que los niños y las niñas fueran juntos a clase, pensamos que solo eso solucionaría muchas cosas. Ahora vemos que no ha sido así, entre otras razones, porque no ha habido recursos ni económicos ni formativos", denuncia la profesora, ya jubiliada. Ahora, además, con la irrupción de internet y de las redes sociales, el objetivo se ve aún más inalcanzable, admite.