14 ago 2020

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Porno versus Realidad

Aunque la realidad imita a la ficción y viceversa, aún hay una frontera que separa el porno del sexo real

CARLES COLS / BARCELONA

Primero, un chiste, aunque solo sea por destensar. Jesucristo y los 12 apóstoles llaman a un restaurante y reservan mesa para cenar. Para unas 26 personas, dicen. El maître pregunta si serán exactamente 26. “Seremos 13, pero nos sentaremos solo a un lado de la mesa”.

La composición de la escena es muy importante en la pintura figurativa. También en el teatro. Pero la gente no cena solo a un lado de la mesa ni conversa sin mirar a su interlocutor, cara a esa cuarta pared imaginaria del teatro. El público sabe distinguir entre ficción y realidad. No siempre sucede así con el porno, al que parte de los consumidores, y más los adolescentes, parecen que conceden la veracidad de un documental. De eso va la interesante web que Cindy Gallop fundó, makelovenotporn, a la vista de que, llegado el momento, los adolescentes se estrenan en la sexualidad con una puesta en escena a un paso del ridículo.

LA POSTURA QUE DICTA EL DIRECTOR

Los manuales de sexología dedican a veces capítulos a las posturas, supuestamente concebidas para que los dos miembros de la pareja obtengan placer. En el cine porno las posturas son forzadas por la necesidad del director de obtener un plano adecuado de la penetración, así que lo gracioso es imaginar a una pareja mantener relaciones sexuales como si allí hubiera una cámara inexistente, pero eso, claro, tiene una consecuencia indeseada. Según Gallop, los orgasmos femeninos en el cine porno suelen alcanzarse sin que nada haya rozado el clítoris. Puede suceder, pero no es lo común. La piel humana es el órgano más extenso del cuerpo humano. Es un extraordinario canal de comunicación de sensaciones. En el cine porno, su papel no es ni el de un secundario.

Acomoclitismo, esa es la filia que potencia el cine porno y que se ha convertido en moda. El vello púbico tiene su función, pero en el cine porno no la puede ejercer

La lista de diferencias entre la ficción del porno y el mundo real es larga. Las que enumera Gallop en su web son solo unas pcas, pero son tal vez las más importantes. Destaca, por ejemplo, la moda del rasurado del vello púbico, del que recientemente se han debatido, y mucho, sus contraindicaciones para la salud. El acomoclitismo es una filia. Es el placer que produce ver un pubis sin vello. En cierto modo, el cine porno echa mano de esa filia, y en cierto modo la potencia, porque las propiedades del vello púbico son intransmisibles a través de una pantalla. Además de ser una barrera natural contra las bacterias y los virus, es un potenciador del efecto de las feromonas, el perfume natural de la sexualidad.

PRÁCTICAS QUE NO SIEMPRE GUSTAN

¿Más diferencias? Las hay, por supuesto. En el cine porno las actrices están en permanente estado de excitación, adoran el sexo anal y aceptan con cara de éxtasis la eyaculación facial. En el cine convencional, las actrices, tras encamarse con el protagonista, se envuelven con la sábana si se levantan. No se cubren para que no les vea su compañero de reparto (se supone que durante el fundido en negro que impone el guión las ha visto desnudas) sino para que no las vea el espectador. A fin de cuentas, tan de ficción es el porno como el familiar, pero al primero, con las consecuencias ya descritas, se le concede un inesperado estatus de realidad.