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"Me vine a Seseña porque tengo alergia a la contaminación"

Lucía Centurión, realojada en un pabellón deportivo, es quien más miedo ha pasado con la nube tóxica

Paco Tirado, el decano del barrio, no quiso ser desalojado: "Soy como los de El Álamo, moriré con las botas puestas"

Manuel Vilaseró

Lucía Centurión en los jardines del pabellón donde pasó la noche.

Lucía Centurión en los jardines del pabellón donde pasó la noche. / DAVID CASTRO

No todos los habitantes del barrio de ‘El Pocero’ han vivido por igual la invasión de la nube tóxica que desprende el incendio del vertedero de neumáticos de Seseña. Lucía Centurión se ha llevado la palma por una razón que se entiende a la primera: se trasladó al páramo venteado de Seseña después que en Madrid desarrollara una alergia a la contaminación. Huyó de las brasas para caer en el fuego.

Probablemente fuera también de los primeros vecinos en darse cuenta de que algo iba mal. “Me desperté de madrugada, con tos, estornudos y mocos”, recuerda. Las puertas y ventanas estaban cerradas pero a ella no le servía de nada. El humo impactaba de lleno en su sexto piso. Ni antihistamínicos podía aplicarse porque aún da el pecho al pequeño de sus tres vástagos.

No es de extrañar que haya sido de los pocos vecinos (sólo 55) en alojarse con toda su prole y su marido en el pabellón habilitado para los desplazados. Pasado el susto lucía este sábado la sonrisa del que respira mejor, pero, como el resto de los afectados, no entiende que durante 15 años no se haya arreglado el problema del gigantesco vertedero ilegal. "Dicen que al propietario le han puesto una multa de 600.000 euros que no ha pagado; pues a nosotros nos pusieron una de 300 y cada mes nos quitaban una parte del sueldo", lamenta. La historia eterna de los arriba y los de abajo se repite y la repiten todos habitantes con los que te cruzas, sean de la ideología que sean. Ningún color político se salva de las críticas.

FONTANERO DE 'EL POCERO' 

Quien menos susto se ha llevado es Paco Tirado, el decano de la urbanización. Trabajó en su construcción como fontanero de ‘El Pocero’ y allí se quedó. La noche del desalojo se hizo el longuis. Ni siquiera firmó el papel que la policía exigía a los que se quedaban atestiguando que lo hacían bajo su responsabilidad. Pese a que durante unas horas el humo cercó su piso, situado en una segunda planta, no estuvo ni tentado de salir.

“Soy como los de El Álamo. Moriré con la botas puestas”, bromea. No cree que a su edad, 62 años, este humo le haga más daño que todos los pitillos que se ha fumado en su vida. Es un ferviente admirador del barrio. “La calidad de vida aquí es estupenda y los pisos, formidables”, sostiene. Y muestra un interior de manzana donde luce, espléndida, una piscina olímpica.

Si todo quedó a medias “es porque ‘el Pocero’ no quiso pagar el impuesto revolucionario al alcalde de Izquierda Unida, aquí lo sabemos todo”, proclama el vigilante de la finca. Todos los males, dicen, vienen de ahí. Situados entre una autopista de peaje y una autovía, tienen que dar enormes rodeos para acceder a esas vías rápidas porque "quisieron hundir” al gran tiburón inmobiliario.

A PRECIO DE SALDO

Antes del incendio, el barrio no se parecía ya en nada a aquella ciudad fantasma que cuando estalló la burbuja inmobiliaria se convirtió en un símbolo de toda una época. Los bancos que embargaron al gran patrón se han desecho de la mayoría de sus pisos a precios de saldo (58.000 euros por viviendas de dos habitaciones, trastero y párking se anuncia en un cartel). Más de 10.000 personas dan vida a un páramo que solo por unos días ha vuelto a su pasado desértico.

Muchos conocían al último propietario del vertedero, ahora en paradero desconocido. “Tomé un día un café con él y me aseguró que en un año se lo llevaba todo”, lamenta un parroquiano de un bar regentado por una familia china. Ellos tampoco han acatado el desalojo pese a que tuvieron que cambiar de habitación para dormir sin humo. Los chinos y la contaminación: a Noé le vas a hablar tú de lluvia.

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