Gente corriente

Jessica Arpin: «séver la orep, út euq amoidi omsim le olbaH»

«Hablo el mismo idioma que tú, pero al revés»

’Reverso’ es un cortometraje protagonizado por Jessica Arpin y dirigido por Francesco Zucchi. / YOUTUBE

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Gemma Tramullas
Gemma Tramullas

Periodista

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Iba para diplomática, porque le gusta viajar y hablar idiomas, pero acabó entregándose al circo. Tras más de 600 actuaciones en solitario en 24 países -desde Australia hasta el Ártico-, Jessica se instaló hace dos años en Barcelona. En diciembre pasado debutó en el espectáculo Garbuix del Circ d'Hivern del Ateneu Popular 9 Barris, donde asombró con su elaborada técnica de hablar y cantar al revés en varias lenguas.

Malabarista de palabras. Ha convertido su manía infantil de leer al revés y su pasión por las lenguas en un espectáculo.

-En el estreno de Garbuix se partió los dientes delanteros haciendo una acrobacia en bicicleta y siguió actuando. Son cosas que pasan. Tuvieron que hacérmelos nuevos y por suerte no se nota nada. Menos mal, porque dicen que la sonrisa es una de mis señas de identidad.

-Además de acrobacias en bici, hace piruetas con las palabras. ¿Desde cuándo el lenguaje es una técnica circense? He visto a gente diciendo alguna palabra al revés, pero no conozco a nadie que pronuncie frases enteras y cante canciones, invirtiendo también la melodía y el ritmo.

-¿Podría improvisar una frase ahora? Claro: «séver la orep, ut eq amoidi omsim le olbaH».

-Traduzca, si es tan amable. «Hablo el mismo idioma que tú, pero al revés». De niña tenía la manía de leer al revés todo lo que veía escrito, pero no imaginaba que aquella obsesión acabaría formando parte de un espectáculo.

-Se crio en un cóctel de lenguas. Mi madre es brasileña y mi padre suizo. Nací en Bahía [Brasil], después fuimos a vivir a Nueva Orleans [Estados Unidos] y más tarde a Ginebra [Suiza]. Allí hice clases de teatro y circo en el Théâtre-Cirqule y empecé la carrera de relaciones diplomáticas, pero la dejé para ir a la Escuela Nacional de Circo de Montreal, en Quebec.

-Con más de 600 representaciones de su espectáculo de calle Kalabazi, ha terminado viajando más que un diplomático. Mi intención es generar un verdadero encuentro antropológico con cada actuación, por eso intento hablar siempre en la lengua del lugar. En Italia, donde cada pocos kilómetros cambia el dialecto, me iba a las plazas a aprender con los viejitos, que son los que conservan la lengua propia. Luego ellos venían a verme y me corregían. Que una extranjera dé este paso crea un vínculo emocional muy fuerte y a mí me mantiene estimulada intelectualmente.

-¿En cuántas lenguas y dialectos ha representado su espectáculo? Además de en las seis lenguas que domino, lo he hecho en parte en sueco, serbo-croata, checo, vasco y lingala [lengua bantú de la República del Congo]; también en 23 dialectos como sardo, siciliano, ligur, piamontés, lombardo y abruzo, entre otros. Además hablo un poco de inuktitut, el dialecto de los pueblos inuit [esquimales] que habitan el Ártico oriental de Canadá.

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-¿Y eso? Fui allí con un proyecto de circo social de la compañía Art-cirq y la experiencia me impactó. Vivíamos en el pueblo de Igloolik [a más de 2.000 kilómetros al norte de Montreal], comíamos beluga cruda y no veíamos nunca la línea del horizonte. Los inuit tienen un índice de suicidios muy alto y un malestar cultural fruto del colonialismo. El circo les ofrece un espacio para mostrarse como son, les da confianza y los aplausos les devuelven la autoestima.

-Ahora vive en Barcelona. ¿Para cuándo su espectáculo en catalán? He estado entrando y saliendo de la ciudad para actuar en otros países y aún no he podido presentar mi espectáculo aquí. Pero cada vez me siento más a gusto en Barcelona. Ya llegará el momento.