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Gente corriente

Pepita Pardell: «Yo quería dibujar, no quería ser dependienta»

Carme Escales

Apenas tenía 16 años cuando esta vecina del barrio barcelonés de Gràcia entró a formar parte de la industria de los dibujos animados. En ella, Pepita Pardell (Barcelona, 1928) hizo siempre algo de lo más artesanal. Con lápiz, pincel, pluma, o finos palillos mojados en tinta, dio vida a personajes como Garbancito de la Mancha,el protagonista de la primera película española de dibujos animados y la primera en color de Europa. El próximo domingo, Animac, la Mostra Internacional de Cinema d'Animació de Catalunya (25 al 28 de febrero), rendirá homenaje, en Lleida, a sus 70 años de carrera.

Dibujante y pionera del cine de animación. En 1945 ya trabajó en la primera película animada, en color, de Europa.

-Empezó joven y bien situada... Fue casualidad que, muy cerca de casa, en Nostra Senyora del Coll, había un estudio de dibujos -Balet y Blay-, y fui a hacer una prueba. Recuerdo que Arturo Moreno, el director, me dio una pluma con tinta y un papel de acetato. Lo que él me dijo que hiciera no lo sabía hacer, pero le propuse empezar haciendo otra cosa que sí me saliera bien y mientras tanto iría aprendiendo lo otro.

-¡Qué espabilada! Le debió gustar, al director, su actitud emprendedora. Bueno, en realidad, yo era tímida, pero tenía tantas ganas de dibujar, que quería entrar. Me dijo que podía iluminar unos personajes, pintarlos, y eso lo hice muy bien.

-¿Su pasión por el dibujo dónde empieza? Quizá la heredé de mi padre. Él y su padre eran forjadores. Mi abuelo, Josep Pardell Mateu, trabajó con Gaudí, en la Casa Vicens, de la calle de Les Carolines, de la que desafortunadamente se destruyó gran parte del jardín, y en la torre de Bellesguard. He recorrido con mis sobrinos los lugares de Barcelona donde hay forja que trabajó mi abuelo.

-¿Qué contaba su abuelo de Gaudí? Explicaba que Gaudí hacía ir el lápiz por donde quería, pero luego él tenía que seguir las formas que le indicaba, en la forja, y eso ya no era tan fácil.

-Tenía estímulos artísticos en la familia. A los 14 años, le dije a mi madre que no me pusiera una tienda, que quería dibujar, no quería ser dependienta. Mi padre, a quien también le encantaba dibujar y no era machista, me dejó estudiar en la Llotja. Fíjese si era avanzado, que siempre decía que no entendía por qué los niños no podían llevar como primer apellido el de la madre, cuando son ellas las que lo sufren todo, y ellos se lo pasan bomba.

-Y en los estudios donde trabajó, ¿se respiraba el ambiente machista? Sí, lamentablemente la sociedad era así, pero yo no me dejaba llevar por ello. No me callaba lo que sentía que tenía que decir. Y si me fui de algún trabajo, fue por propia decisión. Tampoco me gustaba mucho hacer los dibujos de la colección de Azucena (publicación juvenil femenina editada por Toray). En la Llotja, había aprendido a pintar al fresco y al óleo, y era lo que de verdad me gustaba, pero lo que me daba el pan era lo otro, que firmaba con el seudónimo de Maite,que era el nombre de una prima. Con el mío firmaba lo que me gustaba.

-¿Le quedaba tiempo para ello? No mucho, pasaba más de ocho horas dibujando en casa [hasta los 65 años hizo anuncios], pero cuando salía al campo, o a la montaña, dibujaba todo lo que veía y me gustaba. Me he sentido siempre muy libre, aunque necesitaba el dinero, claro, yo pasé la guerra y más de un día me había despertado a mitad de la noche de hambre que tenía. Por eso aprendí a ahorrar y a aprovecharlo todo. Deshacía trajes de mi padre que ya no llevaba y con la tela me cosía vestidos. Yo me hacía los patrones.

-Es autora también del cuento La doncella guerrera, de la serie Fábulas de Europa (1975). ¿Usted también se ha sentido una mujer luchadora? He sufrido, sobre todo porque era muy autoexigente, pero he disfrutado mucho.

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