02 dic 2020

Ir a contenido

Gente corriente

Lucas Amat: "Mis padres llegaron a tirarme la maleta de aerosoles"

La rebeldía se cura con amor. Es el epílogo de este grafitero que ha acabado en Empresariales sin renunciar a su vocación

Núria Navarro

Lucas Amat (Barcelona, 1993) era un adolescente desnortado que canalizaba su rebeldía a través de los graffiti. Pintar un vagón de tren enterito -a poder ser burlando a los vigilantes- era un propósito codiciado. Sus padres, desesperados, llegaron a tirarle más de 40 aerosoles. Hasta que el amor le cambió el paso. Hoy estudia segundo de Empresariales y aspira a que sus pintadas inunden de color las persianas de todas las ciudades.

-¿Por qué estaba usted tan fiero? Al acabar la primaria en el colegio John Talabot, en la Bonanova, mis padres se separaron. Mi padre se fue con su nueva pareja a Vilanova i la Geltrú y, por pura casualidad, mi madre se juntó con un señor que también vivía allí. Nos mudamos e intenté adaptarme rápido al nuevo colegio, el Santa Teresa de Jesús. No sabía muy bien quién era. Quería formar parte de algo, y me junté con los gamberros. Empecé a portarme mal en clase, a pelear y a grafitear.

-¿A lo bestia? Una vez mentí a mi padre y me fui con un amigo a Ripoll con la intención de pintar un vagón de tren. La policía secreta vio a dos menores con mochilas, a las 2 de la madrugada, husmeando por la estación y acabamos en comisaría. Mi padre tuvo que venirnos a buscar. El mosqueo fue monumental.

-Aun así, siguió rozando el larguero. Sí. Y continuaron las llamadas al orden y las multas. Mis padres no sabían qué hacer. Llegaron a tirarme la maleta de aerosoles. Y un día mi madre me dijo: «O estudias y cumples las normas, o te vas da casa».

-¿Se fue? Sí. Tenía 18 años y me metí en un piso compartido. Había dejado los estudios. No tenía trabajo. Lo pasé fatal. Pero conocí a una chica -hoy mi novia- que fue clave. La idea de conocer a sus padres me daba mucha vergüenza. No me sentía orgulloso de quién era. Volví a casa, me puse a trabajar en Mapfre y me apunté a bachillerato nocturno.

-¡Lo que hace el amor! Supe que sería feliz cuando estuviera tranquilo y los míos se sintieran orgullosos de mí. Así que me puse a pensar en cómo podía hacer lo que me apasionaba sin tener problemas. Aprobé la selectividad y acabé apuntándome a Empresariales.

-Menudo giro, ¿no? Antes me presenté a la prueba de ingreso en diseño gráfico, pero miré a mi alrededor y sentí que no era mi lugar. A medio examen me fui. No me gusta dibujar.

-¿No? Lo mío es lograr que la gente crea en lo que creo.

-¿En qué cree? En la posibilidad de cambiar la percepción que la sociedad tiene de los graffiti. A mi amigo Isaac Soler -que tiene un don para el graffito- y a mí nos propusieron pintar un Mario Bross en la persiana de una tienda de juegos. La reacción fue increíble. Abrí una cuenta de Facebook, colgué la foto y en un año hemos hecho casi 50 persianas de comercios, las carrozas del carnaval de Sitges y simulamos el túnel de un acuario bajo un puente de Cubelles. Hemos creado la empresa AeroArte (www.aeroarte.com.es).

-Pero ¿la gracia de los graffiti no está en la clandestinidad, en el desafío a la ley? Tiene su punto, claro. Pero yo prefiero hacer lo que me gusta y dormir tranquilo. Y veo la oportunidad. La gente que tiene un negocio asume que la persiana esté hecha una mierda. ¿Por qué no hacer algo que ayude a levantarla? ¡Los graffiti tendrían que ser obligatorios en los comercios!

-Oiga, ¿y qué dice ahora su madre? Está orgullosa. Debo agradecerle que siempre se preocupara por mí. De no ser así, mi historia sería otra. Nunca le he pedido perdón. Quizá sea hora.