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Jordi Pujolà : «La vida es un dado que se lanza a cada momento»

POR
Olga
Merino

Hace dos años, cambió de país, de empleo, de cultura y de clima. Jordi Pujolá Negueruela (Barcelona, 1972) explica su aventura vital desde la isla de los glaciares.

-Acabé la carrera de Económicas y me puse a trabajar en la venta de edificios; pillé la mejor época: empecé a ganar dinero y fui escalando puestos hasta ser socio y directivo.

-Digamos que era usted un yuppie.

-No me podía quejar, pero comprendí que el dinero que ganaba caía en un pozo sin fondo: nos habíamos comprado un piso de tres habitaciones en Barcelona y ya quería mudarme a otro más grande. En definitiva, dejaba de estar con mi mujer y mis hijos.

-Eso ocurre en las mejores familias.

-El ritmo de vida frenético nos impide percibir que lo más importante ya lo tenemos: la salud, la familia, los amigos...

-¿Cuál fue el detonante? ¿El estrés?

-Llevaba un montón de años haciendo lo mismo y mi voz interior me dijo que me quedaban muy pocas oportunidades para conseguir mi sueño: ser escritor.

-Alguno se llevaría las manos a la cabeza.

-Me dijeron que estaba loco, que a los 41 años era tarde para intentarlo. Pero la vida es un dado que se lanza a cada momento.

-Como se dice ahora, cortó el cable de su área de confort, ¿no?

-A menudo, nuestro cerebro no está preparado para los cambios y los evita susurrándonos «no» o «más tarde». Los naysayers -como me gusta llamar a los aguafiestas- decían que iba a tirar mi carrera por la borda.

-Pero usted se quitó un peso de encima.

-Me sentí increíblemente liberado y comencé a trabajar por mi sueño con la misma intensidad con que lo había hecho en la inmobiliaria. Y, ya ve, al final un scout se fijó en mi manuscrito y se publicó el mes pasado.

-Vender el piso y una mudanza con dos críos. ¿Cómo se lo tomaron en casa?

-Mi mujer es islandesa, llevaba 15 años en España, hablaba catalán y estaba integradísima. Cuando se lo dije, de un día para otro, casi se desmaya. Hizo una conferencia por Skype para anunciarlo a su familia.

-Por eso Islandia, claro.

-Mi mujer jamás me lo había planteado y nunca me coaccionó. Elegí Islandia porque el tren se paró enfrente de mí, pero también porque el país se negó a pagar las deudas de los políticos y los banqueros que lo habían llevado a la ruina.

-Su libro se titula Necesitamos un cambio. ¿Es una invitación a la revuelta?

-Por supuesto. Estoy cansado de ver gente sufriendo a mi alrededor porque no puede pagar la hipoteca aunque se pasa el día trabajando. Si el 1% de la población acumula toda la riqueza del planeta, el 99% restante tiene la obligación de unirse y rebelarse.

-¿Qué medidas importaría de allí?

-Los impuestos se reinvierten en servicios: los colegios son gratuitos y la calefacción y el agua, casi. Además, el Gobierno ofrece ayudas a los más necesitados.

-Aun así, sus inicios no fueron fáciles.

-No hablaba islandés y necesitaba ganar algo de dinero, por lo que me puse a trabajar de mozo de almacén y camarero, con horarios demenciales de 12 días seguidos.

-De yuppie a currante. Debió de ser duro.

-En algún momento se te tambalea la  confianza. Te preguntas si te habrás equivocado, si los naysayers tenían razón. Pero, no.

-¿Lo peor en el proceso de adaptación?

-El idioma. Aprender islandés a los 41 años, con las declinaciones y todo eso, es como un martirio, pero sé que lo conseguiré. Tengo mucho tesón y soy correligionario de la cultura del esfuerzo.

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