01 oct 2020

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Gente corriente

Mari Chordà: «No teníamos nada, solo el sentimiento de ser mujeres»

Gemma Tramullas

En Estados Unidos aún no habían juntado las palabras arte y feminista cuando Mari Chordà (Amposta, 1942) ya pintaba vulvas y úteros habitados ante la estupefacción general. Pero más allá de las Terres de l'Ebre y de los círculos feministas, la obra de esta pintora, poeta y activista es muy poco conocida. Solo el Centre de Cultura de Dones Francesca Bonnemaison le ha dedicado una exposición en Barcelona. Ahora la Tate Modern de Londres ha elegido dos obras suyas para la muestra colectiva The world goes pop. Son La gran vagina (1966) y Coitus pop (1968). La primera es propiedad de un coleccionista; la segunda debería ir directa al Museu d'Art Contemporani de Barcelona (Macba).

-En 1955 pintó una Anunciación en la que aparece una mujer barriendo. ¿La fecha es correcta? ¡Si apenas tenía 13 años! 

-Es correcta, sí. Mi madre me pidió que le pintara una virgen para su santo y me salió una mujer barriendo el serrín y las virutas del taller de san José bajo la mirada atenta de un ángel con carita de demonio.

-Más que la maternidad de María, este cuadro anunciaba el feminismo de la diferencia. ¿Cómo pudo hacerlo? En pleno franquismo, en un pueblo, ¿con qué referentes?

-No teníamos nada, solo el sentimiento de ser mujeres. Yo creo que esto se siente, se nace con ello.

-Era hija de botiguers, de la famosa Casa Chordà, y estudió en un internado.

-Pero mis padres eran especiales, no eran castradores, y al internado le encontré la gracia enseguida. Mi primera maestra de vida fue una mujer mayor que yo que se llamaba Marisol Panisello. Cogía el autobús sola para ir a pintar y a bañarse a la playa. Decían que era más moderna que las mujeres de pueblo y yo me pegué a ella.

-Estudió Bellas Artes en Barcelona y aquí tampoco se quedó callada.

-Un grupo de chicas nos plantamos porque en clase de anatomía las modelos mujeres iban desnudas pero los hombres se cubrían con un taparrabos. Hasta que ellos no se lo quitaran, no volveríamos a entrar en clase. Al final, el profesor decidió que no destaparía a los señores pero taparía a las señoras. ¿Es que los hombres se avergüenzan de su sexo?

-Convirtió el cuerpo femenino en paisaje y el sexo en inspiración. ¿Qué reacción provocaban sus obras?

-Hace poco he encontrado en casa de mis padres una vagina hecha con cartulina y ceras ¡de 1964! Aquello no lo entendía nadie, pero yo pasaba.

-En 1965 se marchó al París prerrevolucionario. ¿Allí mejor, no?

-Fue una experiencia decepcionante. Colaboraba con la célula del Quartier Latin del Partido Comunista de España. Aquellos tíos no tenían ni idea de la España real, no nos daban la palabra a las mujeres y no dejaban espacio para disentir. Teníamos un grupo de teatro y, cuando me quedé embarazada, la directora (¡una mujer!) me echó. Allí terminó mi colaboración con el PCE.

-A finales de los años 70 cofunda en Barcelona dos espacios feministas: el bar-biblioteca LaSal y la editorial de mujeres.

-Aquello fue sensacional. La fuerza que da la unión de mujeres, ese tejer relaciones para sacar proyectos adelante y transformar las cosas es, junto al nacimiento de mi hija, una de las experiencias más importantes de mi vida.

-El reconocimiento le ha llegado finalmente vía Londres. ¿Qué importancia tiene para usted ver sus obras en la Tate Modern?

-A lo largo de mi vida me he preocupado muy poco por estas cosas, la verdad es que pensaba que no era importante. Pero con el tiempo he ido entendiendo lo importante que es para las mujeres y las niñas tener una historia y unas modelos en las que poder reflejar  sus deseos y posibilidades.