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Maria Puig: «Son mujeres hechas para trabajar, casarse y tener hijos»

Mauricio Bernal

El Hogar de las niñas es al mismo tiempo el nombre de una pequeña oenegé barcelonesa que trabaja en la India, en la región de Bengala, con niñas de la discriminada tribu shantal, y el título del documental que han rodado los cineastas Marcel Cifré y Raúl Roda sobre el día a día de la organización humanitaria. Hace un par de semanas lo presentaron en una sala de los cines Girona, en Barcelona, que estaba llena para la ocasión. Allí, entre el público, se encontraba Maria Puig, una sabadellense de 25 años que podía ver el documental con los ojos del que sabe algo más de todo eso: acababa de llegar de Bengala tras pasar tres meses en el hogar.

-Yo quería conocer un país desde dentro, desde la perspectiva de las personas que viven allí. Era un anhelo que tenía desde hace tiempo, y me parecía que hacer un voluntariado era la mejor manera de conseguirlo.

-Siendo específicos, el país lo vio a través de los ojos de unas niñas.

-Sí. Me fui al Hogar de las niñas porque quería ver con sus ojos qué es vivir en la India para una mujer. Todos sabemos que ser mujer en la India no es fácil. Lo primero que descubrí es que para ellas todo eso es normal.

-¿Adónde viajó, exactamente?

-Estaba a tres horas de Calcuta. El Hogar de las niñas es una residencia escuela que está en medio de la selva, rodeada de chabolas. El pueblo más cercano está a cinco kilómetros.

-Explíqueme cuál era su cometido.

-Acompañar. Estar para ellas en su día a día. Lo que me dijeron fue: «Vas a dar amor».

-Leí que se les llama «intocables», «¿niñas intocables?»

-Sí, se les dice así porque son niñas que pertenecen a una casta inferior. Los miembros de la tribu shantal viven en aldeas apartadas, las niñas prácticamente no tienen derechos y su vida consiste en ayudar en las labores domésticas hasta que cumplen 12 o 14 años, que es cuando normalmente las casan. Son mujeres que están hechas para trabajar, casarse y tener hijos. A la residencia acuden a recibir la educación que no les pueden dar en sus aldeas, simplemente porque no hay.

-¿En qué consistía exactamente su acompañamiento? ¿Cómo era un día suyo en la residencia?

-Me levantaba a las cuatro y media y lo primero que hacía era repartir la pasta dental entre las niñas. Luego las acompañaba durante toda su jornada: a rezar, a jugar, a comer… Pero casi siempre eran detalles, cosas del día a día. Por ejemplo, yo tenía que asegurarme de que todas se ducharan. Me pasó algo bonito con el tema de la ducha.

-Cuénteme.

-Un día me encontré a una niña junto a las duchas. Estaba paralizada. No podía entrar ni salir, no se movía. Yo la cogí, la tranquilicé, la metí en la ducha y la duché. Bueno, pues al día siguiente todas estaban haciendo fila para que las duchara.

-¿Era una novedad para ellas?

-Es que el hecho de que las traten bien para ellas no es normal. No es que en sus casas haya maltrato, pero son mujeres, y una mujer en la India no es nada.

-En cualquier caso, si sus familias las envían allí, si las dejan ir… es por algo.

-Sus madres. Sus madres las envían allí con la idea de que tengan un futuro. Lo cual no impide que muchas veces las casen durante las vacaciones y ya nunca vuelvan.

-Me decía al principio que iba con la intención de ver la India con los ojos de esas niñas. ¿Cuál fue esa visión, al final?

-Ser mujer en la India es trabajar, que te impongan un hombre, que en muchos casos tu primera experiencia sexual sea obligada. Ellas son esa cosa que el hombre va a penetrar el día que se casen, y por eso no se quieren mucho a sí mismas. Y a la vez tienen mucho amor para dar. Fue lo que yo me traje. El amor de esas niñas.