09 abr 2020

Ir a contenido

Alba Fernández Pous: «Un agresor ha de asumir que sus hijos no quieran verle más»

«Aunque la violencia machista ya va aflorando, aún hay violencias invisibles, como la de hijos contra sus padres»

MARÍA JESÚS IBÁÑEZ / BARCELONA

Alba Fernández Pous (Barcelona, 1978) no se escandaliza con facilidad. Lleva más de un década escuchando historias de hombres, mujeres, adolescentes y niños que han sufrido o que han practicado la violencia, narraciones que muchos oídos no tolerarían pero que a ella le sirven para encontrar causas y tratar de hallar soluciones. Fernández Pous, que coordina los programas de la fundación IRES para personas que viven en entornos de violencia, describe como «estremecedor» el repunte que está habiendo estos días con la violencia machista.

-¿Cómo explica este nuevo brote de casos de violencia? Si es que aquí se puede hablar de brotes...

-No existe una explicación. Cada caso, cada crimen, suele ser el estallido final de una situación de conflicto hasta entonces larvada, que debía de llevar tiempo produciéndose. Es cierto, no obstante, que en periodos de vacaciones hay una mayor incidencia de casos. Pero suelen producirse en familias donde ya había conflictos previos.

-Entonces, ¿no se puede decir que la violencia machista genere un efecto de imitación?

-No, no lo creo. No hay efecto dominó ni con la violencia machista, ni con las otras violencias, que son quizás más invisibles, pero que cada vez salen más a la luz pública.

-¿Otras violencias invisibles? ¿De qué se trata?

-De la violencia filioparental [de los hijos contra sus padres], de la violencia contra la gente mayor, de la violencia entre dos hombres o entre dos mujeres... Y de una amplia gama de abusos. Son violencias que han estado muchos años silenciadas, que se han quedado en el ámbito doméstico, que no se denunciaban porque, sobre todo, las personas que las sufrían se sentían avergonzadas.

-¿Y eso ya no es así? ¿Ahora esas violencias ya se hacen públicas?

-Todavía no. Es cierto que la violencia de género está ya en todas partes, cualquier persona que haya sido víctima o que conozca algún caso sabe que hay teléfonos de denuncia y protocolos de asistencia. Las administraciones han trabajado mucho en ese ámbito. Hay otras violencias, como la filioparental, que empiezan a aflorar. Pero hay aún otras, como la que sufren los hombres, que cuesta mucho visibilizar.

-¿Y qué más se puede hacer?

-Pues se pueden revisar algunas leyes, se puede dar más peso en las escuelas a la coeducación o a la educación basada en las relaciones igualitarias, incorporar a educadores sociales en colegios e institutos, entrar en ámbitos donde ahora no se está... Pienso que sería bueno exportar a otros municipios el modelo de circuito que funciona en la ciudad de Barcelona.

-¿Cómo funciona ese circuito? ¿Cómo lo hacen por ejemplo ustedes?

-Bueno, de entrada, he de aclarar que las personas que están bajo un riesgo de violencia, las que necesitan de unas medidas específicas de seguridad son atendidas por los servicios públicos, de asistencia social o incluso policiales. Nosotros, en IRES, a través del programa Fils, atendemos ya a otras tipologías: trabajamos desde la prevención (entre adolescentes, por poner un caso) y desde la provención, es decir, desde la resolución de conflictos de un modo analítico, mediante actividades grupales, en la que se encuentran todos los actores de un conflicto.

-¿Cómo llega hasta aquí la gente?

-Todo el mundo viene de forma voluntaria. Es fundamental que la persona que desempeña un rol de agresor reconozca que eso le suscita un malestar, ya sea porque es extremadamente celoso o porque no tolera una respuesta negativa. Las causas son distintas. Aquí no le ayudaremos a ganar beneficios penitenciarios, por ejemplo. Quien viene aquí ha de tener el firme propósito de mejorar su convivencia familiar o su forma de relacionarse con otras personas. Con la ayuda de un equipo de psicólogos y de educadores sociales, esa persona acabará responsabilizándose de sus actos.

-¿Y lo consiguen?

-Todo aquel que se responsabiliza de lo que ha hecho y está dispuesto a reparar el daño que ha causado suele salir adelante. Eso sí, muchas veces ese proceso implica también renuncias importantes. Una persona que haya agredido, por ejemplo, ha de asumir que sus hijos podrían no querer volver a verle más.

-¿Cómo son esas personas?

-Bueno, nosotros trabajamos con todo el mundo y en todo tipo de lugares: con familias, en escuelas. Ahora, sin ir más lejos, hemos puesto en marcha un programa para evitar los micromachismos que se producen, cada vez más a menudo, entre los adolescentes. Es algo que nos preocupa mucho y que hay que reconducir lo antes posible.

-¿Gratifica este esfuerzo?

-Siempre digo que tengo el mejor trabajo del mundo. Trabajo con personas, no con etiquetas como serían la de víctima o la de maltratador. Siempre les digo, a unos y a otros, que piensen que seguro que en algún momento de su vida han debido de haber hecho algo bien. Y siempre sale algo. Esa es la base para superar los malos momentos.