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Amadeu Barbany: «Si te centras en la persona, ser 'botiguer' es un regalo»

El 'botiguer' que citaba a Gandhi. Protagonizó la revolución de las sillas que transformó Granollers.

Amadeu Barbany: «Si te centras en la persona, ser 'botiguer' es un regalo»

ANNA MAS

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¿Se puede hacer la revolución con una humilde silla de madera y enea? Sí, se puede. Ocurrió en Granollers hace casi 20 años, cuando un grupo de ciudadanos entre los que se encontraba Amadeu Barbany -que entonces presidía la asociación de comerciantes locales Gran Centre y era miembro del colectivo Petits Però Ciutadans de l'Associació Cultural- resucitó el hábito de sacar sillas a la calle con el fin de recuperar la ciudad para las personas. Gracias a esta y otras acciones, en 15 años se pasó de 300 metros peatonalizados a cinco kilómetros de calles y plazas sin coches, entre ellas la céntrica vía Anselm Clavé donde el bisabuelo Barbany empezó vendiendo camisas para marchantes de ganado. Ahora Granollers reedita la histórica campaña Seu, guaita i fes-la petar.

-Ustedes fueron unos visionarios.

-Cuando tenía 18 años soñé que la carretera N-152 por donde cada día pasaban miles de vehículos se convertiría un día en un paseo donde los niños jugarían y la gente mayor tomaría el fresco en sillas de enea.

-Su sueño se hizo realidad en el 2010 y las sillas se han convertido en un símbolo.

-Al principio el ayuntamiento nos advirtió de que no cumplían la normativa. Decían que la gente las robaría y terminaría tirándoselas a la cabeza. Pero en lugar de eso, la gente las cuida, las mima, las enseña a sus amigos, se hacen fotos... [Se emociona] Ahora las sillas son patrimonio de la ciudad.

-¿Por qué no se cumplió el mal augurio?

-Solo se me ocurre una explicación: es una iniciativa que salió desde abajo, desde la absoluta confianza en el ciudadano, y cuando las cosas se hacen así, funcionan.

-Decenas de alcaldes extranjeros se acercaron a ver qué pasaba en Granollers. ¡Incluso se estudiaba en la universidad!

-Al principio éramos una serie de gente filosofando sobre la ciudad ideal, pero lo hacíamos con pasión  y supimos tejer complicidades con muchas entidades. Era un proyecto pequeño pero con alma y conseguimos casi todo lo que nos propusimos.

-¿Casi todo?

-La propuesta de Gran Centre era que Granollers fuera una ciudad libre de multinacionales. Hay estudios que prueban que comprar en la tienda del barrio es cuatro veces más rentable porque beneficia a más personas y contribuye a la cohesión social, pero tenemos 150 multinacionales y nos han convertido en un clon de cualquier otra ciudad europea.

-Muchos comercios locales han cerrado. Usted mismo tuvo que reducir la superficie comercial de su tienda por la crisis.

-Convertimos la parte de tienda que ya no usábamos en el Espai Tranquil y la gente se lo apropió como espacio ciudadano para leer, escuchar música, hacer exposiciones o meditar. Hemos perdido a nivel económico pero hemos ganado a nivel humano. En confianza, nunca habíamos estado tan mal y nos lo habíamos pasado tan bien.

-¡Qué dice!

-El diccionario conserva una acepción de la palabra comercio como un «espacio de intercambio de ideas y de sentimientos entre personas». Para mí, lo mejor de abrir la tienda cada mañana es que entra una persona que es todo un mundo; si centras tu atención en ella, ser botiguer es un regalo.

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-En 20 años Granollers se ha transformado. ¿Y usted? ¿Cómo ha cambiado?

-En 1995 yo me creía con la capacidad de cambiar Granollers; era, en parte, una cuestión de ego. No me planteaba por qué hacía las cosas y desde dónde. ¿Lo hacía para demostrar que yo era mejor o para empoderar al otro? Hoy mi gran éxito es conseguir cambiar yo. Como dijo Gandhi: «Sé el cambio que quieres para el mundo». Por eso, cada vez que le digo a una persona «que pase un buen día» intento que, si de mí depende, realmente lo tenga.