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MURIÓ HACE DOS AÑOS

La vida de Juan Andrés Benítez

Varios actos recuerdan al empresario fallecido tras una paliza de los Mossos -- Los excesos de los agentes que lo detuvieron siguen pendientes de juicio

IOSU DE LA TORRE / BARCELONA

Uno de sus tíos le llamaba Chispita. De chaval, Juan Andrés Benítez Álvarez intuyó que iba para bajito y decidió mejorar el físico con el deporte. Los años de gimnasio le otorgaron un cuerpo atlético, culturista, un escudo de músculos, una fortaleza que no era incompatible con la afición a la lectura, la pintura, el cine y la música.

Disfrutaba de la vida. Su risa aún suena entre los amigos reunidos para repasar la biografía de un personaje inquieto. El rastro conduce a tres ciudades -Sevilla, Londres, Barcelona- y a cuatro idiomas, inglés, francés, italiano y castellano.

LA MOVIDA SEVILLANA

Nació en Jerez de la Frontera el 7 de abril de 1963, aunque se sentía más sevillano que las calles del barrio de Los Remedios y Triana donde se crió. No le fue fácil en un ambiente conservador y de apariencias, tan típico en la sociedad hispalense. De entonces y ahora.

Sus padres nunca asumieron que el niño saliera distinto. Creció entre tebeos y balones de baloncesto. Se convirtió en un excelente dibujante de cómic fantástico. Jugó de base en el equipo del Círculo Mercantil mientras se machacaba en el gimnasio en pos de una musculatura que supliera los 163 centímetros de altura. Qué bien le vino tanto esfuerzo para sobrevivir a la mili en Infantería de Marina, donde lo pasó mal, muy mal.Al muchacho que no creía en las procesiones de Semana Santa y que no sentía los colores del Betis ni de su máximo rival, la movida sevillana -que la hubo, como la madrileña-, le pilló en plena efervescencia. Primeros años 80: Juan Andrés era el encargado del bar Lamentable, un equivalente del Rock- Ola o del Studio 54.

En el ambiente se mezclaban universitarios ansiosos por aprender, por experimentar con esa posmodernidad dictada por una generación nueva de galeristas, fotógrafos, músicos y artistas cargados de inquietudes. Les tocó vivir de cerca la muerte de algunos amigos en las garras del sida, pero también disfrutaron de la juerga y el combate. El activista Benítez, desde la plataforma Somos, hizo famosos los miércoles del Lamentable en que se recogían dinero para enfermos del VIH.

LONDRES, PRIMEROS 90

También en Sevilla abrió el bar La Goleta, estrenó una boutique en la famosa calle de Sierpes. Siempre en marcha. Reinventándose. Pero llegó un momento en que Sevilla, Triana y Los Remedios estrangulaban.

Londres, primeros 90. Juan Andrés Benítez consiguió trabajo en Virgin Records, en pleno centro comercial de la ciudad, muy cerca de Piccadilly Circus y Oxford Street. Vendiendo música conoció al enfermero Ernie Mason, con quien vivirá el romance con la huella más profunda. Fue una época imborrable en Page Street (Pimlico). Casi 10 años en los que Benítez apenas regresó a España y mantuvo escaso contacto con los colegas que dejó en Sevilla.

El VIH torpedeó aquella década tan feliz. Ernie, portador del virus del sida, agonizó en una clínica sin apenas asistencia médica la noche de un 24 de diciembre. El viudo recobró el pulso con un nuevo novio, Chris. Hasta que un día la pareja desplegó un mapa de Europa y, como quien dirige un dardo, eligieron destino para huir de los inviernos londinenses: Benalmádena, por marbellí, por británico. La estancia en la Costa del Sol duró poco. Los numerosos viajes de Chris a Londres desgastaron la relación. Se despidieron como unos novios que asumen que el tiempo no lo cura todo.

LA TOLERANTE BARCELONA

¿Volver a la hipocresía sevillana? No. Benítez eligió Barcelona confiado en que se instalaba en una ciudad cosmopolita, abierta, tolerante. Y encajó en ella rápidamente. Durante nueve años consolidó un grupo de amigos, reducido pero auténtico. Lo describen defendiendo el carácter de los catalanes, tan distinto de los andaluces. ¿Le sorprendían las estelades en los balcones del Eixample? "Que voten, que se expresen, que no pasa nada", ponen en boca de un personaje al que le repelía la imagen más casposa de España.

Antes de lanzarse al negocio textil con tres tiendas en el Gaixample, trabaja como recepcionista en el Hard Rock café, en la plaza de Catalunya. Siempre le gustó el mundo de la moda y el diseño.

Para vivir eligió el Raval porque era el barrio que más se aproximaba al Londres donde tanto disfrutó y sufrió. El Raval era Candem Town. Así lo llamaba por la diversidad de sus gentes. Se hipotecó para comprar un piso en la calle del Hospital y otro, donde residía, en Aurora, 20. Las tiendas iban bien hasta que, como a tantos, le sacudió la crisis. El último verano lo pasó calibrando cómo sortear el agujero. Cerró una tienda y estaba decidido a vender la vivienda de la calle Aurora. En el gremio de los comerciantes del GayEixample pervive la huella de este emprendedor solidario con sus empleados. "Cuando hay, hay para todos", dijo en una cena de empresa.

Y LE ESTALLÓ LA VIDA

Lucía tatuado el brazo izquierdo con un dragón y cuatro letras, A, E, C, J, las iniciales de los cuatro novios a los que más amó. Ángel, canario de Lanzarote; Ernie, eternamente Ernie; Chris y Jerome. Le dolía no tener una pareja estable y daba todo el cariño a su bóxer, Pepe. Los perros, los que le aproximaron a los jubilados del barrio, con los que compartía tertulia callejera sobre las injusticias del mundo. El lamento de los ancianos lo convertía en alegría con mucho humor.

"Si hubiera asistido a su funeral se hubiera ido alegando que era una fiesta muy aburrida", murmura su prima Asun. Juan Andrés Benítez Álvarez era un hombre corriente, no era ningún héroe. Un buen amigo, protector, tierno. Consecuente con la ciondición de ser emigrante, andaluz, gay. Devorador de libros, fanático de David Bowie, de la teleserie Monk, los documentales históricos y la figura de Alejandro Magno.

Hasta que el pasado 6 de octubre la vida le estalló.

POSDATA

Benítez Álvarez falleció aquella noche en el Clínic. Una juez aclarará qué sucedió. Una pelea con un vecino de escalera iniciada por el comerciante del Eixample acabó con una violenta detención policial. Según la autopsia, murió por los múltiples golpes que recibió en la zona craneoencefálica y que le provocaron un fallo cardiaco. Los forenses no aclararon qué golpes pudieron matarlo: los de la pelea, los que se infligió él mismo o los que recibió de los policías. Hay testigos que aseguran que Benítez se había tranquilizado antes de que llegasen los mossos y que estos, al encontrar resistencia, lo redujeron a golpes durante varios minutos.