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Gente corriente

José Antonio Caparrós: "Si no tengo el mar cerca, casi siento claustrofobia"

Núria Navarro

La Barceloneta está de fiesta mayor. Y en ese barrio marinero y peleón como pocos todos conocen a José Antonio Caparrós (Barcelona, 1950), el Hijo del Niño. Nació en el número 15 de Guitert, a los 11 años ya pescaba bajo las órdenes de su legendario padre, y hoy sus dos embarcaciones de arrastre, L'Òstia y Nus, siguen saliendo sin excusas a por gambas, cigalas, merluzas, calamares y rapes.

-El primer sonido que recuerdo es el de los motores semi-diésel. Sabías que eran las seis y pico de la mañana porque hasta el quart de casa, en el que nos amontonábamos seis, llegaba el martilleo de las embarcaciones que pasaban hacia Levante. Pum, pum, pum. Aislado por el tren, el barrio olía a pieles de bovino de Argentina y patatas podridas de Holanda. No conocía a nadie que tuviera una bicicleta. Casi no había zona de playa libre...

-Su padre, Miguel Caparrós, El Niño, fue un ídolo para los pescadores de toda la costa.

-Un ídolo. Mi padre, andaluz de Castell de Ferro, hijo de pescador, vino a la Barceloneta a los 7 años y antes de los 9 ya salió a la mar. Era valiente y muy trabajador, y su bodega siempre iba hasta los topes. Junto a él hice mi primera salida, a Andratx; aunque el que me metió la droga en el cuerpo fue el segundo de a bordo, Antonio Canana, un día de mal tiempo de 1962, en Menorca.

-Le convirtió en un... ¿adicto?

-De los más graves. Casi siento claustrofobia si no tengo el mar cerca. Allá donde viajo, busco el puerto.

-No es oficio para flojos. 

-El pescador es un sufridor. Lucha contra las inclemencias del tiempo, las decisiones de terceros, los precios... Se trabaja mucho. Al principio de patronear L'Òstia, llegaba a las seis de la tarde a tierra y hasta las diez remendaba las artes. Los siete días de la semana. Sin vacaciones. Saliendo cuando no salía nadie. No puedes ir con miedo ni a mear.

-Cuente una aventura, va.

-En 1981, al llegar a Ciutadella supimos que Tejero había asaltado el Congreso. El comandante había cambiado y nos dijo que no nos quería allí. Decidimos fondear cerca de Fornells, y al amanecer levar y pescar. Pero empezó a entrar tramontana, con el acantilado ahí mismo. Suerte que no teníamos radar, porque se nos habrían puesto por corbata. Al llegar a tierra, perdimos a dos marineros. No lo soportaron.

-¿Vale la pena arriesgar el pellejo?

-Yo me he realizado. Y eso que crecer a la sombra de una leyenda no fue fácil. Al principio hubo gente de la misma embarcación que me decía: «Estás aquí por tu padre, porque tú eres una mierda». Me lo comí. Más tarde cogí el General Aranda, mi primer barco, e hice lo imposible por ser su digno sucesor.

-La Barceloneta se lo reconoce.

-La Barceloneta siempre ha sido de otro planeta. Por eso decimos que es L'Òstia. Antes había estraperlistas, chorizos, navegantes, anarquistas, calafates. Gente de todas partes. Hoy hay pakis, pues muy bien. Todos compartimos el espíritu de supervivencia.

-¿Y un mar vacío?

-La zona cercana al litoral está muerta. Cuando en el agua flotaban ratas, gatos y alquitrán, estaba lleno de peces. Y a base de los hipocloritos que hacen el agua tan transparente, ya no hay. Pero la palabra del pescador no cuaja como las de ciertos biólogos mercenarios que obedecen a intereses comerciales. Más allá sí hay pesca. Nunca habíamos visto tanto atún rojo como ahora.

-O sea, la captura está asegurada.

-Sí. Solo que ahora nos dicen que hay que reinventarse, así que, aparte de salir a la mar, mi hija ultima una línea de pescaturismo, para que la gente conozca la actividad marinera, pero también para explicar la historia del puerto, las redes de cerco y arrastre, la forma de limpiar el pescado. Estamos en el ombligo del turismo y no queremos que nuestro trozo de pastel se lo coman otros.