Alguien las incitó a trastear

Programadoras e ingenieras recuerdan que sus familiares las animaron a iniciarse con las máquinas Campañas en redes sociales quieren hacer visible su presencia en empresas

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C. J.
BARCELONA

El debate sobre por qué no hay más mujeres en tecnología sigue muy vivo y con cada vez más iniciativas para incentivar a las niñas a seguir carreras relacionadas con la ingeniería y la programación. Mientras en Catalunya hay estímulos desde la iniciativa privada como los talleres de programación para niñas de Falling in Code o mentorías para alumnas en la UPC, en EEUU se lo han tomado mucho más en serio y desde la Casa Blanca promueven Hour of Code (la hora del código), un programa que permite tomar clases gratuitas de programación por internet y en cuyo vídeo introductorio aparece hasta Karlie Kloss, top model e ídolo juvenil del momento, que se ha matriculado en la universidad para estudiar programación y ha creado unas becas para que 20 niñas aprendan a programar.

También este verano en Twitter e Instagram corrieron las iniciativas #Weareengineers (somos ingenieras) y #Ilooklikeanengineer (parezco una ingeniera) en las que programadoras e ingenieras de todo el mundo ponían su foto para romper estereotipos machistas y dar visibilidad a su trabajo, tras la polémica por un anuncio en que buscaban programadores y aparecía una chica, Isis Wenger, informática en San Francisco pero que muchos criticaron pensando que solo era una modelo. Lograron más de 75.000 tuits de 50 países.

«La brecha digital es mucho más grande de lo que parece. Las estadísticas no reflejan la realidad, porque las mujeres tecnólogas apenas tienen presencia», opina Eva Cru-ells, investigadora social, cofundadora del colectivo Donestech y autora del documental Descifrando el código Lela, sobre cómo las mujeres adoptan la tecnología en su vida.

«Si las mujeres tenemos referentes próximos que usen la tecnología, entramos fácilmente. Ingenieras y programadoras recuerdan que siempre hubo alguien en su entorno que las impulsó a trastear con máquinas. Si no, hay un corte muy grande. Las mujeres usamos la tecnología en la infancia, pero luego parece que no hay referentes y lo dejamos. Para los niños, el proceso es más continuo. Se les compra la consola, el ordenador... parece parte de su identidad tener el último modelo tecnológico», señala.

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Una investigadora pionera en temas de género y tecnología como Cecilia Castaño, profesora de la Universidad Complutense de Madrid, habla de «la segunda brecha digital», que va más allá del acceso a los dispositivos y se centra en cómo se usan. «Los hombres saben hacer más cosas tecnológicas que las mujeres porque le dedican más tiempo. Acceden a internet con más frecuencia e intensidad. Las mujeres, por la división sexual del trabajo, la cultura social y los valores, no hacen lo mismo. En el deporte pasa igual. Los hombres dedican más horas a la semana a hacer deporte que las mujeres, y no es un tema de interés», afirma.

Castaño acepta que en ciertos ambientes supuestamente femeninos hay algo de tecnofobia, pero lo atribuye al miedo. «Hay gente que tiene miedo a la tecnología, pero eso existe en ambos sexos. Sí que es cierto que las mujeres seguimos aceptando el estereotipo de que los hombres son tecnológicamente habilidosos y socialmente patosos, y las mujeres, al revés. Todos tendemos a comportarnos como se espera de nosotros. Pero ya hay juguetes que promueven entre las niñas ser científicas en lugar de princesas. Hay que hacer esfuerzos en esa dirección».